El momento jamás deseado (Parte II y última) Rafael Cienfuegos Calderón Lo menos que se me ocurrió pensar cuándo me enteré que estabas escribiendo, fue que la historia versara sobre tu fracasada vida amorosa de casado y que en la trama el único culpable seas tú. Creo que tu enfoque está equivocado porque una relación de pareja es de dos y, voy a parafrasear a un célebre presidente panista “haiga sido como haiga sido” quién cometió más errores que el otro, la ruptura la ocasionan ambos. Eso es aquí y en China. ¿O acaso quieres ser el criminal del amor que por lealtad no delata a sus cómplices y prefiere ser el único culpable al que habrá de condenarse a la soledad perpetua? Tu auto culpa en nada te ayuda, como tampoco que exoneres a la que afirmas es el amor de tu vida, aunque ya no seas nada en la de ella. La realidad es que tú le hiciste tanto daño a ella como ella a ti, que la quisiste igual o más de lo que ella a ti, que enamorado como ella de ti propusiste y aceptaste el compromiso de vivir juntos, que con el mismo propósito de formar una familia crecieron y maduraron como personas. Acepta que posiblemente también ella considere un fracaso la ruptura de su relación como pareja después de los años que pasaron juntos, pues será dura de carácter, pero creo que tiene sentimientos. Todas las mujeres son sentimentales y cursis, aunque ello no quita que lleguen a ser cabronas e insensibles. La lectura de tu texto me llenó de culpas, porque qué hombre no se ha comportado como un completo y cínico cabrón con su mujer, amante o novia. No hay nada extraordinario o fuera de la realidad. Pero claro, en tu caso estás particularizando y eso es lo que me lleva a concluir que estás exagerando y te autocastigas de manera extrema. Es posible que así te sientas mejor, que de esa manera te infringes el castigo que crees merecer por no haber sabido ser el mejor amigo, esposo y amante de la mujer que afirmas cambió tu vida, pero lo hecho, hecho está y no hay nada que lo pueda cambiar. A mi entender el arrepentimiento es bueno porque reconforta y ennoblece, pero no sirve de nada ni recompone nada, ya que los padecimientos de hoy son consecuencias de los errores del ayer, y hay que enfrentarlas con ánimo, con sabiduría, y con la mejor actitud ante los avatares de la vida, evitando cometer los errores de antes o adoptar actitudes negativas. Dime algo. Acaso crees que exagero o que mis opiniones están fuera de lugar. Haber. Te voy a preguntar, ¿serías capaz de mostrar el escrito a tu mujer y pedirle que tras haberlo leído lo analice y, a partir de ahí, tengan una plática seria, sin aspavientos, sin molestias y sin hipocresías sobre la causa del fracaso de su relación? Sabía que la respuesta sería no. No porque no quieras confrontarla, sino porque en lo de la auto culpabilidad quieres ganar. Así de simple, mi querido amigo. O, ¿me equivoco? Escribiste: “a pesar de quererla mucho no fui capaz de demostrárselo abiertamente por el temor a que se aproveche, me imponga condiciones y me pida que haga lo que ella quiera; que no obstante estar enamorado de ella por su forma cariñosa de ser, por sus ojos y labios que tanto me gusta ver y besar, fui poco abierto a expresarlo; que aunque sabía de comportamientos que no le gustaban de mí los seguías adoptando, porque en mi machismo cambiar sería debilidad; que aunque me agrada estar en su compañía y oler su aroma, cientos de veces preferí a mis amigos y amigas; que aunque se oponía a que bebiera, me excedía y emborrachaba aun sabiendo que eso provocaría disgustos; y que a pesar de saber que para ella la relación sexual era amorosa y no carnal, nunca me esforcé por hacerle sentir lo mismo, porque concibo que el amor es cosa del corazón y el sexo necesidad del cuerpo”. Pura auto culpabilidad. Pura auto compasión. Entiendo a qué te refieres, pero no lo acepto. Me consuela saber que hubo años felices, no obstante que sacando cuentas, tus dichos indican que fueron más los de dificultades. Igualmente que al mencionar cómo inició la relación lo haces con tono festivo, lo que me lleva a concluir que tanto tú como ella estaban realmente enamorados, pues de otra forma no entendería como la convenciste de que se fueran a vivir juntos cuando ella era hija de familia y no tenía otro motivo para dejar lo que tenía por ti. Leo que no fue fácil que te diera el sí para ser novios. Que inclusive rogaste y te arrastraste como vil reptil. No te enojes. Acepto que lo de arrastrarte es de mi cosecha. Lo que dices es que pasó tiempo para que aceptara, pero insististe y que te aferraste porque te decías ¿cómo que no va a ser mi novia? Fuiste atento con ella como nunca antes con otra mujer, procuraste parecerle siempre un tipo interesante y divertido a través de tú plática y los chistes que la hacían reír, te afanaste por tener buen aspecto en tu persona y por mostrar que eras una persona decente. La cortejaste cantándole canciones cursis y diciendo muchas mentiras. Aceptas que hiciste muchos méritos que valoras valieron la pena porque lograste que una mujer diferente a las que habías conocido y tratado hasta entonces, y con las que llegaste a tener intimidad, se arriesgara contigo y decidiera iniciar una vida de pareja a sabiendas de que lo que conocía de ti no era suficiente para dar tan importante paso. Pero lo que no admites es que ella, la que te inspiró a escribir canciones y poemas, ya no te quiera, ya no tenga más interés por ti y te rechace. Creo que las dos cosas que más te duelen son no haber sido capaz de demostrarle el amor que dices tenerle, y acreditar que, en efecto, el amor no es para siempre. Por otra parte, no haces mención en tu historia de las infidelidades en que hayas incurrido a lo largo de los tantos años que llevas viviendo con ella. Hubo aventurillas. O ¿no? Aunque si no incluyes nada de eso, seguramente es porque no tuviste problema alguno por ello. Fuiste lo suficientemente cuidadoso para no provocar sospechas y, mucho menos, que te cacharan en la movida. Ya sé. Tomaste en cuenta y aplicaste las cualidades que, según nosotros, tiene que tener todo aquel que se considere un buen infiel. ¿Cómo era? Corrígeme si me equivoco. Discreto: ser sumamente cuidadoso, no tener ligues cerca de donde se vive ni ir a los lugares frecuentados con la esposa. Mentiroso: para exponer escusas creíbles de por qué se llega tarde e inventar algo creíble y aceptable para ausentarte. Cínico: para negar cualquier acusación una y otra vez e inclusive tener la capacidad de alcanzar tal grado de indignación para, de esta manera, revertir la situación y hacer sentir culpable a la acusadora por desconfiar, y lograr que termine pidiendo disculpas. Además, carecer de remordimientos y sentimientos de culpabilidad, y no hablar dormido. Carecer de una sola de estas cualidades es razón suficiente para ni siquiera intentar tener una aventura extramarital. Aunque, sin embargo, y lo sabemos, hay quienes se aventuran a lo pendejo y como es de esperarse, son descubiertos fácilmente. Afortunadamente tú no eres de esos. A lo anterior tendré que añadir lo que muchas veces comentamos en cuanto a lo importante que es tener bien en cuenta el motivo por el que se es infiel, ya que de ello depende que no tengas problemas o que encuentres alguna solución si los hay. Un motivo puede ser la casualidad. Que en alguna fiesta, reunión, comida, coctel o cualquier acontecimiento social, conozcas a alguien que te guste, platiquen y se diviertan, le eches los perros y acepte ir al cuatro letras y, después de eso, dejar el próximo encuentro a la casualidad. Otra causa de traición amorosa puede ser por un reto. Que de antemano te propongas, para comprobar si aún tienes pegue, alimentar tu ego y tener un pasatiempo, ligar a la mujer de la que te gustan sus formas y manera de ser para tener una relación pasajera, por un periodo de tiempo predeterminado para evitar que el largo plazo implique compromiso alguno. Esta infidelidad, estarás de acuerdo, es la de más peligro ya que si te agrada la relación y te clavas, las ausencias y el desapego a la pareja se convierten en las principales delatoras. Una más, sería la infidelidad con propósito. La que buscas con la firme intención de encontrar y tener una mujer con quien vivir o hasta para casarte, porque ya determinaste separarte o divorciarte. Aquí la discreción es lo que menos se cuida y eso es mala onda, porque es cuando por decepción o fastidio, o ambas causas, ofendes a la que será tu ex. En este caso, me parece, lo mejor es ser sincero y hacer saber a la que vive contigo que ya no quieres estar con ella. Ahora, quiero insistir en mi interés por conocer tus infidelidades. Soy de los que cree, igual que tú, que tener un ligue fuera del matrimonio es saludable y necesario de vez en cuando para tener equilibrio y variedad. Si no fuera así, ¡imagínate lo difícil que sería sobrellevar la vida conyugal o de pareja de tiempo completo! La rutina, la falta de diversidad, la pérdida de atracción y el desinterés son causales de separación. De ahí que física, mental y emotivamente, la infidelidad tiene excusa. Es sana y necesaria para mantener una relación estable entre hombres y mujeres. Pero, a ver, qué piensas de esto. Si para nosotros la infidelidad resulta necesaria, ¿también la tiene que ser para la mujer? ¿O en este caso, se justifica imponer el criterio machista? Si los hombres fuéramos justos, no tendríamos derecho de recriminarles a las mujeres que sean infieles, de seguro tendrán los mismos motivos para serlo. Pero para su mala suerte, no lo somos. El complejo de machismo que heredamos nos sega y por eso les negamos algunos comportamientos a los que tendrían que tener derecho. Somos machines y nunca vamos a aguantar que nos sean infieles, por muy en su derecho que estén, pues además de considerarlo una ofensa y una humillación, lo condenamos como si fuera un acto de prostitución. Nuestra mujer encamada, empernada y gozada por un gañan. Te imaginas ser un cornudo. Estaría cabrón. ¿Verdad? Y más, si el amante te conoce, pues cada vez que te vea va a decir, ahí está ese pendejo. Mejor cambiemos de tema. Una omisión más que encuentro, es que no involucras a tus hijos. Lamentablemente, y lo digo por experiencia y tú lo sabes también, ellos llegan a ser causa de que la relación de pareja se enfríe y deteriore, y que uno pase a segundo o tercer término. Que dejes de tener la atención de antes. Claro que culpa no tienen ellos, pues nacen porque la pareja lo decide y anhela con el propósito de formar una familia, que para aquellos que forman parte de la sociedad católica, apostólica y romana, como la mexicana, es la mayor y más importante institución que existe. Los hijos no escogen a sus padres y familiares, tienen los que les tocaron, buenos o malos, responsables e irresponsable, cariñosos y amorosos o fríos y hoscos, educados o mal educados, ricos o pobres, y no les queda más que soportarlo. Es decir, se suman y son acogidos por personas a las cuales irán conociendo poco a poco y su forma de ser, irremediablemente, va a estar determinada por todo lo que reciban. Lo siento, estoy divagando. A lo que me refiero es a que, con la justificación de que son seres indefensos cuando están pequeños, la madre se desvive por cuidarlos y atenderlos, y así siguen en su juventud y aun siendo adultos, y a ti como pareja te relega, ya no eres su principal interés. Toda su atención es para el hijo o la hija, lo mismo que el tiempo que le queda después del trabajo y, sin pretenderlo, provoca poco a poco el distanciamiento. A los hijos los colocamos en medio y con frecuencia, de manera equivocada, los llegamos a considerar contrincantes. Insisto. Ellos no tienen culpa de nada y mucho menos son los causantes del deterioro de la relación entre uno y la pareja. Quiero pensar que a pesar de tu situación de desolación, nostalgia y arrepentimiento dejas fuera a tus hijos de la decisión que tomó tu mujer de no tener ya nada contigo, y lo respeto, pero no únicamente tú fallaste. Quédate con la parte de responsabilidad que te toca y no te mortifiques de más. Aprovecha la oportunidad que se presenta para que recompongas tu vida sentimental y busca con quien hacerlo, al fin y al cabo con la mujer con la que te casaste únicamente compartes ya casa. Ahora recuerdo, por otra parte, que me comentaste alguna ocasión que sobreviviste a más de cinco amenazas de divorcio, y si hasta ahora no se ha presentado otra, posiblemente sea, déjame especular, porque aún te quieren. De seguro no como antes, porque lo que se rompe, ya no es posible recomponerlo, lo que termina, no tiene reinicio, lo que fue no volverá a ser. Pero creo que si algo. A pesar de todo lo que han pasado juntos, en las buenas y en las malas, si no se han separado para hacer cada quien su vida, es porque no quieren, no lo desean ni esperan que pase. Así es que tienes tres opciones: Una, insistir en la reconciliación, quien quita y la consigues. Dos, seguirte culpando, lamentando y vivir una vida de perro. Tres, encontrar una pareja permanente pero sin que vivan juntos. En esta vida todo tiene solución, menos la muerte, como dicen los clásicos, pero eso dependen de la actitud con que afrontes los problemas. Si tienen solución, la que sea, para que preocuparse. Si no tienen solución, menos caso tiene preocuparse. Por otra parte, sobre el escrito, debo decirte que me gusta la exposición que haces sobre el tema del desamor y que reconozco el valor que tienes para aceptar los errores que cometiste. Sin embargo, no estoy de acuerdo con que asumas toda la culpa por el fracaso de la relación, posiblemente seas el mayormente responsable, pero ella, tu esposa, también lo es. Hazla participe del reparto de culpas, pues la relación es de dos y el éxito o fracaso de la misma depende de ambos. El amor dura lo que tiene que durar, ni un minuto más ni un minuto menos.
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El momento jamás deseado Rafael Cienfuegos Calderón No te hagas el sorprendido de que te eche en cara que te contradices, que no sostienes tus dichos y que no eres congruente. Tu falsedad ha quedado al descubierto Ahora que eres un mal querido y te has dado cuenta de ello porque en los últimos años te lo han dicho y demostrado cientos de veces, te niegas a aceptar que en efecto, como afirmabas, el amor no es para siempre y que dura lo que tiene que durar, ni un minuto más, ni un minuto menos. Hoy después de tantos errores que cometiste y no valorar lo que te daban y tenías, y de creer que te iban a querer y a aguantar para siempre, no admites que te equivocaste. Estiraste hasta el límite, no una sino muchas veces, según me confiaste, la liga de la paciencia y la convivencia entre pareja y, lo más deplorable, que tampoco quieres padecer las consecuencias. Estas dolido, aunque digas que no, porque la mujer que por mucho tiempo te demostró con afecto, atenciones y compañía el amor incondicional que te tenía, hoy te desdeña, te rechaza y te dice “ya no me interesas ni como pareja ni como hombre”. Y esto sí que cala. Aunque con ello, déjame decirte, y es lo mejor de todo, ya hay un hecho real y contundente con el que puedes demostrar que no te equivocabas al afirmar que el amor es temporal, que no dura para siempre, que no es eterno porque se desgasta, se desinteresa y muere. Que todo tiene su final. Eso decías y sostenías. Ahora te podrás poner de ejemplo para rebatir a quien diga lo contrario. ¿Que por qué te hablo así? Porque te veo acongojado y, aunque no lo aceptes, también arrepentido, porque quisieras que las cosas volvieran a ser como antes. Como si eso, acaso, fuera posible. Pero no es así. Echaste todo a perder. Tu vida y quizá también la de ella, que tal parece así es, ya que no quiere volver a tener nada contigo. Anhelas sentir la cercanía del cuerpo de la mujer a la que sabes que siempre has querido porque hizo que recompusieras tu extraviada vida de juventud, porque con ella te divertiste, pasaste buenos momentos y sostenías prolongadas pláticas interesantes y amenas, porque se arriesgó contigo que no tenías nada para ofrecerle, porque soportó innumerables ocasiones tus ausencias, tu irresponsabilidad y quizá hasta tu falta de compromiso, porque con ella creciste y te hiciste adulto, y porque es la madre de tus hijos. Quisieras que sintiera otra vez la protección, confianza y alegría, que en muchas ocasiones te confesó sentía cuando la abrazabas. Que retomaran la relación de pareja. Relación que el tiempo, la intolerancia, el orgullo, el poco interés y la cotidianidad deterioró hasta no dejar nada. ¿Hace qué? Diez, doce años, a tus cincuenta. Seguro que ahora quisieras que no fuera así, que el amor hacia ti aún existiera y perdurara para que en el proceso de la vejes no te sientas solo, para no estar como los perros en espera de que alguien se acerque y por lastima te haga un gesto y una caricia, para que tengas con quien ir a escuchar música, al cine, a tomar la copa, y aunque eso lo puedas hacer con otra, no te interesa porque lo que quieres es que sea con ella, la mujer que ha dedicado más de la mitad de su vida a vivir contigo. La situación en que te encuentras es lamentable, y por supuesto que duele. Pero ya nada puedes hacer. Las veces que has propuesto la reconciliación, te han bateado. Y a pesar de ello, insistes, aunque a sabiendas de la improbable posibilidad de que te den el sí. Es mejor que te resignes y que por el bien de los dos, trates de tener un comportamiento adecuado y no propicies discusiones. Busca la forma de conseguir su amistad, que sería mucha ganancia para ti. Aunque me has dicho que te es sumamente difícil dejar de pensar en la soledad y el abandono en que te encuentras y en lo que estarías dispuesto a hacer para recuperar lo que está ya perdido, lo mejor es que te mantengas ocupado, que te distraigas y estimules en tu mente otras cosas. Te gusta leer, dedícate a ello, te gusta escribir, pues invéntate historias que te interesen o mejor, busca a otra persona. En ti está la solución a tu congoja. No te hagas más daño. Si el arrepentimiento, la recapacitación y la valoración de lo que tenías hubiera sido antes y no ahora que todo lo tienes perdido, posiblemente otro gallo te cantara, pero él hubiera no existe y por lo tanto, ya te chingaste. Podrás gritar, chillar y lamentarte, pero eso no importa. Sigue mi consejo de amigo, búscate una novia. Ha de haber alguna mujer que te guste, acércate a ella y proponle salir. No pierdes nada, salvo que te diga que no. No busques a una jovencita. Una de edad adulta que ya haya vivido y que esté en una situación de soledad como tú, para que se reconforten mutuamente y se cojan cariño. Ja ja ja. Vas a muchos lugares solo y quiero pensar que también van mujeres solas. Tienes facilidad de palabra y temas de plática. No te propongo que sea alguien para que vivas con ella ni mucho menos que te cases. Simplemente creo que hay muchos y muchas que forman parte del Club de la Banda de los Corazones Solitarios. Tampoco que acudas al internet para hacer una cita a ciegas o que consigas a una sexo servidora, los cuales serían actos de desesperación. Una novia con la que puedas tener una relación de pareja, pero que cada uno viva en su casa, pues de lo contrario sería como salir de guatemala para entrar a guatepeor. Así podrías recomponer tu vida y dejarías de andar, como dices, de perro. Hazme caso. Te puedo presentar a una amiga del trabajo que se separó hace más de dos años, no anda con nadie, hasta donde sé, no es guapa ni fea, sí atractiva, como de tu estatura, un poco llenita, sólo un poco y para los 49 o 52 años de edad que calculo tiene, no está nada mal; es buena gente y alegre, baila bien, y no tiene compromiso con sus hijos porque ya son grandes y están casados. Vive en la Santa María la Rivera, en una casa grande y vieja, pero en buenas condiciones, que heredó de sus padres, cerca del Eje Uno Norte, y tiene coche. Dime para cuándo y armo una reunión en algún bar con su mejor amiga, que son uña y mugre, y otros dos amigos, que somos los que jalamos a cotorrear, y acudes como mi invitado. La ves y decides. Se llama Mari. No creo que no te guste. Tú dices. ¿Qué tal el viernes de la próxima semana, por la noche? A penas escuchaste, en medio del traqueteo de la máquina Olivetti en la que escribías y la música soul que escuchabas a buen nivel de volumen, los golpes en la puerta. Voy, voy, alcance a oír que decías. Un momento después, abriste la puerta y te encontraste de frente conmigo, tu amigo, a quien no veías desde el viernes, 20 días atrás, en que conociste a Mari, pues no te has hecho presente en el bar de costumbre. ¿Cómo estás? ¿Qué pasa contigo? –Pregunté-. Te pierdes. Pensaba que a lo mejor te habías suicidado, o que estarías en una profunda crisis existencial, o sumido en una insalvable depresión, pues no has dado señales de vida. Pero mírate. Me equivoque. Vivito y colando, y en tu juicio. Me enteré que estás escribiendo quien sabe qué, y que diario en las noches te clavas en la máquina a teclear hasta entrada la madrugada. Eso me agradó, ya que mantiene tu mente ocupada. ¿Quién me dijo? No te lo diré. Tú has de saber. A alguien se lo debes haber contado. ¿De qué se trata? No creo que sea algún reportaje para una publicación. Me parece que es algo distinto. Dime. Muéstrame las cuartillas. Mira, si compartiste conmigo tu situación de mal querido y de perro solitario, porque no contarme de que se trata tu escrito o escritos. ¡Bueno! ¡Está bien! No me mires así. No voy a insistir. Si no quieres decirme está bien, ya será después. Pero antes que nada, invítame una cerveza y sentémonos a platicar. Ya que estás en la cocina trae unas servilletas y un cenicero, voy a fumar. ¿Y qué tal Mari? Sé que se han visto. Ella no suelta prenda, la he sondeado y solo se ríe y me llama metiche. Pero, la verdad, se ve contenta, aunque siempre ha sido alegre, pero ahora como que más y de otra manera. Me enteré que ya saliste con ella por Estela, su mugre, en cuatro ocasiones y entre semana, excluyendo viernes, sábado y domingo, que porque los ocupas para hacer las cosas que no haces los demás días. Puros pretextos. O me vas a decir que no es así. Acaso tratas de hacerte el interesante, de darte tu importancia, cuando tú eres el que necesita que lo rescaten. Sin temor a equivocarme, estoy seguro que es por prudencia, porque no quieres involucrarte más de lo que consideres necesario. Y está bien, porque en tu estado de hombre rechazado por la mujer de su vida, dolido y derrotado por no lograr la reconciliación propuesta a pesar de que rogaste y le confesaste que la quieres, lo menos que has de querer es involucrarte sentimentalmente de más. Tienes miedo de llegar a enamorarte. Porque te gusta Mari. ¿O no es así? De otra forma no la estarías viendo. También entiendo que necesitas tu espacio para convivir con tus amigos y familiares, aunque hayas dejado de ir al bar, pero no pongas de pretexto que tienes un millón de cosas pendientes por hacer. Muestra interés y arriésgate, no mucho, solo un poco, o difícilmente vas a dejar de ser un solitario. Entiende que en Mari tendrías un consuelo, pero la tienes que atender. Dale el mayor tiempo que te sea posible y, algo muy importante, confía en ella y logra que ella confíe en ti. Acuérdate de cuándo tenías una nueva novia, no olvidabas a la anterior, pero a esta la alagabas y tratabas de llamar lo más posible su atención para que se convenciera de que lo mejor que le podía pasar era andar contigo. De eso se trata si quieres seguir adelante con tu vida. Deja atrás las causas por las que te dejaron de querer y te rechazan, y no te culpes más. Arriésgate, cabrón. Aprovecha la oportunidad que tienes con Mari. Si crees que es verdad lo que dicen, que amar es vivir ¿qué esperas? ¿Por qué te resistes? ¿Por qué te aferras a tu mujer? Nadie se muere de amor, ni por falta de amor. Más bien al amor se le toma como pretexto para justificar las cobardes actitudes que adoptan algunos mortales cuando ya no quieren vivir. Cuando tienes amor te declaras infinitamente feliz, y cuando lo pierdes eres desdichado y te sientes miserable y desdichado. Acuérdate de la poetisa y cantautora chilena Violeta Parra, quien cuando vivió con el gran amor de su vida, compuso Gracias a la Vida, y cuando éste la abandonó, descargó su ira, resentimiento y desconsuelo en Maldigo del alto cielo. Ella es el mejor ejemplo, pues su muerte fue por suicidio a causa de una profunda depresión, más no de amor. En nombre del amor, para justificar la falta de fortaleza para enfrentar un desamor, hay quienes violentan su cuerpo cortándose las venas y hasta los que se suicidan, pero estos lo que revelan más que nada es su cobardía ante la vida. Otros recurren al alcohol para disque olvidar y tener consuelo, cuando lo mejor que pueden hacer es buscar una mujer de nombre Consuelo. Te pido disculpes por mis simplicidades y la risa que estas me provocan, pero lo que quiero es que reacciones y no te dejes avasallar por no tener ya más el amor de tu mujer. No creas que soy un sabelotodo Rafael Cienfuegos Calderón A Patricio Te pido pongas atención y escuches lo que te voy a decir. Es muy importante que lo tengas en cuenta para que tu vida sea placentera. Tengo experiencia suficiente para darte un buen consejo con la esperanza de que lo sigas hasta donde te sea posible, pues todos necesitamos conocer las experiencias de vida de los mayores en cuanto a los riesgos que conllevan las relaciones entre hombres y mujeres, de los placeres que derivan de ellas, de los amores y desamores, de las lealtades y las traiciones, de los enamoramientos a primera vista y de los platónicos, de los que nos son imposibles, de los que se pretenden sin importar que tengan dueño, y de las cosas de ellas que nos hacen comportarnos como unos verdaderos idiotas. Lo que te voy a decir son puras verdades exentas de falsedad e interpretaciones que podrías pensar, tienen la finalidad de hacer más creíbles mis experiencias o menos penosas las circunstancias en que se dieron a lo largo de mi vida. Escucha muy bien, a las mujeres hay que admirarlas, respetarlas y quererlas. Esa es la primera premisa. Ellas son la razón de existir de los hombres. Nosotros no sabríamos qué hacer sin ellas ni podríamos vivir sin ellas, no porque sean nuestras almas gemelas o la media naranja que nos complementa, sino porque simple y sencillamente nos son indispensables para sentirnos completos. Sea sexualmente, amadamente, protegidamente o cariñosamente. No te dijo que hay que idolatrarlas, aunque en muchísimos casos, convencidos o no, así lo hagamos, tampoco que hay que dar la vida por ellas, aunque estemos dispuestos a ello, o que hagamos lo que ellas dicen, nos comportemos como quieran, o estemos a su lado cuando lo pidan, aunque así sea. Para nada. Eso pondría en entredicho nuestra dignidad, nos colocaría en una situación de indefensión ante el voluntarismo de quienes a pesar de ejercer en la práctica un matriarcado, que en teoría no existe en nuestro régimen social machista, no saben qué hacer con ese poder, como conducirlo y aplicarlo para obtener de nosotros todo. Sin embargo, a ellas que son el ombligo del mundo, que tienen una fortaleza mayor a la nuestra, que son más dedicadas, responsables, honradas y trabajadoras, más humanas, tiernas y amorosas, los hombres las tenemos que cuidar y proteger, aunque no las entendamos. ¡Vaya ironía! No te parece. Esa es la segunda premisa. Pero la vida es así, la realidad así lo demanda, y nosotros que viviríamos perdidos y vagaríamos como un barco sin brújula sin ellas, tenemos el mandato natural de admirarlas, respetarlas y quererlas, como te dije en un principio, además de atenderlas y protegerlas para así, recibir de ellas, sus cuidados y bondades. Has de saber que cuando existió el Paraíso, la mujer, representada por Eva, ejerció sobre el hombre, personificado en Adán, su poder de persuasión y lo condujo a probar el “fruto prohibido”, motivo por el cual fueron desterrados del Paraíso y la humanidad fue condenada a vivir en este inmundo Mundo. Esta es la historia que cuenta la fábula sobre el origen de la vida, pero la realidad es que desde que hay vida humana, no sé si primero fue el hombre o la mujer o si fueron ambos al mismo tiempo, la fraternidad entre ella y él tiene sus asegunes, pues han habido, hay y habrán, obligaciones, compromisos, acuerdos y desacuerdos. La primera, relacionarse físicamente para dar placer al cuerpo y, en su caso, procrear, lo que implica para ella amamantar y propiciar el sano crecimiento del progenitor, al tiempo de atender y alimentar a la pareja, y mantener confortable la morada; él, por su parte, tiene que proveer los víveres y satisfactores mediante el producto del trabajo y todo lo necesario para que vivan de la mejor manera. Podría decirse que es mucho, pero eso puede ser relativo si se toma en cuenta que ambos lo tienen que hacer por el bien común. Por otra parte, tanto la mujer como el hombre pueden subsistir solos, cada uno por su lado, sin depender el uno del otro, siempre y cuando no se involucren, lo cual llega a ocurrir. Pero para mí, esa es una falacia porque la necesidad de tener a alguien, la atracción visual, física y hasta espiritual que desde siempre está presente y juega un papel importante en la vida de ellas y ellos, es lo que conduce indefectiblemente a una relación. El acercamiento y el contacto son una necesidad de los géneros, nosotros las buscamos como ellas a nosotros, pero cuando se contraen compromisos como casarse o hacer vida de pareja en unión libre, ahí está el pero, porque inicia una guerra no declarada por el control del uno sobre el otro. Se quiera o no eso ocurre y es en esos encontronazos y escarceos donde salen a flote las debilidades y fortalezas de uno y otro, y empieza a quedar claro quien depende más de quien. Puede haber mucho amor, tolerancia, comprensión, unión, lealtad y pasión, entre otras muchas cosas que hacen que dos desconocidos unan sus vidas, pero siempre está presente el dilema de quién va a ceder primero y hasta dónde cuando se presente el momento de tomar decisiones compartidas, que al final de cuentas afectan la relación y resultan menos favorables para uno que para otro. Las mujeres son voluntariosas y los hombres necios, ellas son sinceras y ellos hipócritas, ellas dóciles y ellos hoscos, ellas más maduras y ellos abstraídos, pero lo que ellas y ellos tienen en común, es que son rencorosos, vengativos, infieles, inflexibles, orgullosos, egoístas, dictatoriales, groseros, abusivos, ofensivos y un tanto cuanto maquiavélicos. No te cuento esto para espantarte o porque, como te dije antes, yo sepa mucho. Más que nada es para que tengas una idea de lo complicado que son las relaciones hombre-mujer o más bien mujer-hombre, por aquello de la cortesía, porque ante todo, las mujeres son primero. Antes que ellas, nada. Tercera premisa. ¿Ya te canse o sigo hablando? Está bien, continúo. Tal vez te parezca que exagero cuando digo que la mujer es el ombligo del Mundo. Y creo que vas a pensar que es metafísico que se considere, inclusive, que es el centro del universo en torno al cual giramos los hombres. Pero a ese grado llega la idolatría que cultivamos por la mujer, misma que se ha evidenciado mediante todas las expresiones del arte. Inspiradas por ella se han compuesto canciones cursis como Mujer, mujer divina, tienes el perfume de un naranjo en flor, escrito los poemas más amorosos como Porque me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste, y te siento lejana… esculpido su cuerpo en mármol como la Venus de Milo, pintado un rostro enigmático como el de La Mona Lisa, impreso la figura de una sex simbol como Marilyn Monroe, filmado Diez la Mujer Perfecta con Bo Derek, y creado personajes literarios inolvidables como Ana Karenina. Por una mujer –Eva-, el hombre fue desterrado del paraíso. Por una mujer -María Magdalena-, Jesús el Nazareno confrontó a Judas. Por una mujer –Elena-, se generó una guerra. Por una mujer –Evita-, un presidente argentino tuvo la simpatía del pueblo. Por una mujer –Yoko-, los Beatles se separaron. Por una mujer –Mónica-, un presidente de Estados Unidos fue infiel. Por una mujer -la que sea-, se dice la más mentirosa de las mentiras: voy a cambiar. Por una mujer –la elegida-, un hombre recompone su vida. Y por las mujeres –todas-, te estoy contando esto. Pero date cuenta que te hablo de la mujer en abstracto, del ser humano de sexo femenino dotado anatómicamente de senos, vagina, vulva, útero, ovarios y trompas de Falopio, de la que su opuesto es el hombre, y de la que se dice a partir de los 21 años de edad entra en etapa de madurez tanto física como mental. No me refiero a la mujer que nos dio el ser, nos cuidó y nos vio crecer, ni a la que llena al hombre de besos y embelesos y al terminar le cobra 500 pesos. No, sino a aquella que ilumina la vista, ocupa la mente y vulnera. La que trastoca vidas, la que arranca lágrimas, la que doblega, la que enloquece, la que motiva sueños, la que incita a matar o a quitarse la vida. Por eso te repito y óyelo bien. A la mujer hay que admirarla, quererla y respetarla, sin excepción alguna. No hay que hacerla esperar ni dejarla plantada. Mucho menos ofenderla o violentarla de cualquier forma. Eso es de cobardes y enfermos mentales, como los que las violan o asesinan, o los que las agreden física y psicológicamente. A una mujer nunca hay que decirle no, porque no hay mujeres feas, solo unas menos agraciadas que otras, hay que escucharla y tratar, siempre tratar, de comprenderla. Esta es la cuarta premisa. Por lo que veo y lo inquieto que te estas poniendo, creo que ya no quieres escuchar tanto rollo. Está bien y lo entiendo. Ya nada más otra cosa. Lo mejor para ti en este momento, es no pensar en las mujeres ni interesarte por ellas. A tu corta edad estás a salvo de sus encantos, salvo los de tu madre. Lo cual celebro. Todo a su tiempo. Ya te llegará el día. Sin embrago, desde ahora te digo que cuando eso ocurra, no busques a una mujer que sea muy bonita, porque con el paso del tiempo se le quita. Busca amor, nada más que amor. Esta sería la quinta premisa. Agradezco que me hayas escuchado con atención y sin interrumpirme. Y sábelo, siempre que necesites un consejo en relación a las mujeres, estaré dispuesto. Considérame alguien con experiencia. Alguien que sabe, está convencido y acepta que las mujeres son, para bien o para mal, la razón de vivir del hombre. Más negro que la noche Rafael Cienfuegos Calderón Abrí los ojos y todo estaba obscuro. Mi primera reacción fue de sorpresa ante la ausencia total de luz. Según mi reloj biológico ya era de día o si acaso empezaba a amanecer, cuando menos habría una tenue claridad. Pero al contrario, lo que imperaba era obscuridad. Que digo obscuridad, todo estaba negro. El ambiente se encontraba cargado de una negrura espesa que impedía ver nada. ¿Qué pasa? Lo que sea me inquieta, me estremece y produce escalofrío desde la cabeza hasta la punta de los pies. Moví la cabeza de un lado a otro y con los ojos echados hasta el límite de los parpados, busqué, detrás de mí cabeza, el ventanal de la habitación, pero no lo vi no obstante que ocupa casi todo el muro. No había un solo asomo de luz. Anhelaba con desesperación ver los rayos del sol, sus colores en tonos amarillos y naranjas de las mañanas frías, pero brillantes, de los días de inverno, que traspasan los vidrios e iluminar el lugar. Pero todo era negrura. Era una obscuridad que nunca había percibido. A lo mucho, una más espesa que otra, en alguna noche o madrugada de los meses de lluvia, cuando se interrumpe la luz eléctrica, pero nunca una tan fuliginosa como esta, que impide toda visibilidad. Me empecé a sentir inquieto y nervioso, y el cuerpo me pareció tenerlo tenso. No sabía qué pensar en busca de una respuesta a la extraña situación en que me encontraba. En mi desesperación comencé a elucubrar. ¿Será que aún estoy dormido y sueño que desperté? ¿O que quizá en mi memoria está presente una de esas ocasiones en que estando en una sala antigua de cine, grande y de techos muy altos, cuando niño, desaparecían de la pantalla las imágenes de los cortos y durante el tiempo que tardaban en cambiar el carrete del proyector y colocar el correspondiente a la película, era imposible ver nada? ¿O alguna de las ocasiones en que alguien me tapó los ojos con la palma de las manos, aplicando fuerte presión, y se tardaba en decir, adivina quién soy? Lo más lógico es que sea lo primero. Sí. Un sueño de pesadilla. Y es que, aun cuando uno tiene los ojos cerrados, la obscuridad no llega a ser tan densa. Y de eso se llega uno a dar cuente, colocando la palma de la mano encima, lo que hace que la obscuridad sea mayor. Pero en estos momentos la negrura es tal que pareciera que estoy en una cueva, en un lugar sellado, sin fisuras que permitan cualquier filtración luminosa. Mi inquietud aumenta. Empiezo a sentir como me recorre un escalofrío el cuerpo. Primero calores y luego fríos repentinos, seguidos de un estremecimiento que hacen temblar mis manos. ¿Qué me está pasando? Ahora todo mi cuerpo vibra y mis dientes chocan los de abajo con los de arriba de manera frenética. Asustado, impulsivamente llevo ambas manos a la boca para taparla y presionar para mantener cerrada la mandíbula. A la vez, los latidos acelerados del corazón retumbaban en las sienes y me horroriza pensar que en cualquier momento la cabeza pueda estallarme. La situación es aterradora. Mi mente se precipita, al borde de la esquizofrenia, a una fantasmagórica irrealidad. La desesperación me extenúa y siento sofocación. Inesperadamente aparecen vértigos, como si estuviera dando vueltas en un obscuro túnel y cayera en un profundo pozo. Voy a desfallecer o quizá hasta vaya a morir. Emití un quejido seguido de un grito aterrador, que no escuche. Un gemido ahogo mi voz cuando intenté hablar para pedir ayuda y que alguien acudiera en mi auxilio y me rescatara de la siniestra situación en que me encuentro. Al silencio imperante, nada lo perturbó. No. No. No. No puede estar pasando. Necesito calmarme y controlar mis ánimos. Ya sé, me concentraré en algo que me aplaque. En el mar, el bosque, las mariposas, el ocaso. Evocaré la canción más amorosa que haya escuchado o la imagen de la chava que me flechó por primera vez. Rezaré o diré una oración, pero no sé. Pues lo que sea, pero algo tengo que hacer para librarme de la desesperación que me invade porque, la desesperación, recuerdo que leí que dice la sicología, no es posible controlarla como sí ocurre con el miedo. En eso estaba cuando me percaté de que la temblorina había pasado, que ya no sentía ni frio ni calor y mis manos ya no era necesario que embozaran mi boca. Ya está. Eso es todo. ¿Y, ahora, qué? Ya sé. Voy a hacer una retrospectiva de lo que hice en las horas previas a que me durmiera. Si es posible, de lo ocurrido desde la mañana de ayer en que me desperté y me levanté de la cama para iniciar mis actividades. Antes de dormirme me metí a la cama, acomodé las almohadas y doble la sábana, prendí el radio, pasé al baño a orinar y defecar, y lavarme los dientes y la cara, tomé leche caliente con chocolate y comí un pan de dulce, vi la televisión, fui a tomar unas cervezas y a leer, lavé los trastos, platos y utensilios, preparé lo que comí, trabajé en la computadora, medio hice la limpieza y lavé el patio, guise y almorcé, dejé la cama, aprecié el día soleado que se mostraba en el ventanal de mi recamara iluminada, abrí los ojos. Las horas anteriores transcurrieron de manera normal sin incidentes o preocupaciones. Inclusive me sentía relajado y de buen ánimo. Creo que los ojos se me cerraron a los 35 o 40 minutos después de que me acosté a eso de las 12 horas con 10 minutos, arrullado por la melodiosa I’m sorry, que sonaba en el radio. Y de ahí, hasta el momento en que abrí los ojos y me topé con esta negrura tan densa como nunca antes había percibido. ¿Y si hago el intento de dormir? ¿Podría ser que esté soñando despierto? ¿Qué tal que al despertar todo vuelve a la normalidad? Contemplaría los resplandecientes colores amarillos y anaranjados del sol que ilumina el día y con su calor combate al aire fresco de la época invernal, hasta hacer agradable y disfrutable el clima. Saldría de esta situación en la que insoportablemente me encuentro. En tanto, giro la cabeza a la derecha, a la izquierda, la dejó fija de frente y no logro ver nada, todo sigue igual. Sé que en la pared de la izquierda está colgado el cuadro del paisaje de campo, que frente a la cama están las puertas del closet y a su lado la de la recámara, que pegado a la otra pared, la de la derecha, está el tocador y que, a su costado pende de un clavo una pintura futurista que muestra el paisaje de la tierra devastada y en el espacio, la luna y más arriba, el poderoso astro sol, y que del techo cuelga la pantalla del foco en forma de globo. Estas son las imágenes que tengo grabadas en mi mente, pero mis ojos no ven nada. Nadita de nada. Me estremezco. Siento frio y calor otra vez. Presiento que estoy al borde de la desesperación y eso me aterra. Siento que nuevamente seré presa de temblores y que mi situación será peor porque estoy imposibilitado para hacer algo y evitarla. Ni siquiera estoy seguro de tener los ojos abiertos a causa de la negra obscuridad, y aunque no lo he intentado, no sé si el cuerpo responda al impulso de incorporarme, sentarme, bajar los pies y ponerme de pie. Mi voz la escucho en mi interior, pero los gritos que lanzo son sordos. Cómo saber si me encuentro despierto o si aún estoy dormido, si se trata de un sueño y que éste se transformó en pesadilla. ¿Soñando? ¡Claro! Si ya me ha ocurrido que al dormir sueño que me duermo y a la vez sueño que hago tal o cual cosa, que me pasa tal o cual cosa, que quiero correr y no puedo o lo hago en cámara lenta, que quiero golpear y los brazos no responden, que quiero hablar, llamar a alguien y no me sale la voz, pero nunca, que entre despierto y dormido y soñando, me encuentro en una completa obscuridad en la que la vida está ausente. Mi problema es no saber si mi situación se debe a un sueño dentro de otro sueño y cómo y en qué momento se va a acabar o a romper éste, sino de qué manera puedo salir de él. Pero, ¿de los sueños se sale o se deja de estar en ellos a voluntad? Porque uno no dice, hoy quiero soñar con florecitas o que estoy en la playa o que tengo un ligue con Sofía Vergara o que mi vida es un ensueño o que quiero presenciar un concierto de los Beatles o que estoy bien dotado y tengo sexo con una y con otra o que me veo volar como el superratón de las caricaturas de la infancia. Eso no es posible. Los sueños llegan y ya. Ellos nos escogen y colocan en una u otra situaciones. Juegan a su antojo con la mente, como con la mía, que hoy es su víctima y está indefensa. Se presentan otra vez los escalofríos y las sacudidas. A lo largo de la columna vertebral siento subir y bajar ese calor y frío combinados como un torrente que cala en la espalda, y me predispongo a padecer todos y cada uno de los síntomas anteriores. La desesperación es a lo que más temo. No sé si podré enfrentarla nuevamente porque me siento abatido mentalmente y me amedrenta pensar que al no lograrlo se arrojen en tropel el miedo, el sacudimiento del cuerpo, el tiritar de dientes, las punzadas en las sienes, los vaguidos y que, finalmente, me hagan perecer. Eso, si es que no estoy muerto ya en el sueño o fuera de él. Y ese pensamiento recurrente me aproxima como un rayo al desfallecimiento. Me incita al abandono de mente, cuerpo y alma, y me desesperanza en cuanto a que lo que estoy experimentando sea una mala jugada en un mal sueño, si es que es un sueño o de una pesadilla, si es que lo es. Ya sé. Voy a tratar de no pensar más en nada. Pondré la mente en blanco. ¿En blanco? Pero cómo, si soy de los que afirman que eso es imposible, aunque quienes practican yoga digan lo contrario. Mejor, voy a contar borreguitos hasta que el cansancio me venza y provoque tal modorra que me haga dormir profunda y placenteramente, y desvanezca la negra obscuridad de pesadilla en que me encuentro. El caso es que tengo la urgente necesidad de tener paz interior para confrontar la desesperación y el miedo que me acechan, estar sereno para no entrar en pánico y, finalmente, ver la luz que en estos momentos me es negada. Pero el problema es que no logro encontrar la tranquilidad deseada. No sé qué hacer. La negra obscuridad nubla mi mente. Me siento rendido y a punto del desfallecimiento. Cierro los ojos o creo hacerlo, pues a ciencia cierta no sé si los tengo abiertos. Me dejo envolver, me entrego a ese manto de obscuridad. Siento sopor, como que voy a decaer, como que floto y me dejo ir. Como que estoy en un estado de inconciencia. Como que no se de mí. Quisiera no tener que luchar contra la obscuridad. Quisiera no pensar ni creer ya nada. Quisiera no tener miedo. Quisiera no temer por mi vida. Quisiera no… Quisiera… Quisie… Parte V y última Magda dio un sorbo a su café y, tras ello, adoptó un gesto serio y su voz sonó firme cuando me preguntó qué tan amigos somos Héctor y yo. El tono se suavizó un poco cuando inquirió desde cuándo y cómo nos conocimos. Si somos amigos solidarios e incondicionales o sólo de farra. Vaya cambio de plática –pensé para mis adentros-. ¿Para qué quieres saber eso? Tú también lo conoces. Es tu enamorado. Eres su amor platónico. Ya lo sé, pero me interesa saber qué tan su amigo eres, si lo estimas, si meterías las manos al fuego por él, si te interesa su vida, porque de ello depende que te haga o no una confesión. –Comencé a hablar- Es la persona más cercana que tengo. Confío en él, es mi confidente y cómplice. Nos conocemos desde jóvenes, vivíamos en la misma zona de la colonia, crecimos juntos con otros amigos y teníamos gusto por la música y el baile. Éramos novieros e intercambiábamos chamacas. Nos iniciamos juntos en la fumada y la bebida e íbamos al billar. No fuimos a la misma secundaria, él estudió en la prepa y yo en el CCH. En el tiempo del último año de bachillerato fue cuando nos dejamos de ver con frecuencia, disque por estudiar, pero más bien porque nuestras novias vivían en rumbos diferentes. Me enteré después que había entrado a la universidad a estudiar contaduría y por una de sus hermanas, que se había casado y que rentaba un departamento en la delegación Iztapalapa. Algunas ocasiones nos vimos y platicamos brevemente cuando estaba de visita con sus papás, pero cada quien estaba ya en lo suyo y aunque intercambiamos números telefónicos, no nos comunicábamos. Pero un día nos encontramos en el Metro, yo ya estaba en el vagón y él se subió en la estación Isabel la Católica. El gusto que nos dio vernos se plasmó en nuestros rostros con una gran sonrisa, un saludo de manos y un afectuoso abrazo, aunque no lo creas Magda, en un reducido espacio. Luego del cómo estás, que tal te ha ido, para dónde vas y otras cosas, acordamos en menos de cinco segundos bajarnos y salir a la calle en busca de un bar, lo que en Insurgentes no nos costó nada de trabajo. A partir de esa media borrachera en la que rememoramos muchas anécdotas, nos volvimos inseparables. Mínimo una vez a la semana nos empezamos a ver. Si se podía íbamos a la botana a la hora de la comida, a conciertos, a la presentación de libros, a cabaretear y a fiestas de conocidos suyos o míos. A su esposa y sus dos hijas las conocí como al año del reencuentro y sí, sí metería las manos al fuego por él. Es muy buena onda, solidario y leal. Estoy seguro que él tiene la misma estima por mí. Aunque, aun así, he de decirte, es reservado. Hay cosas de las que no habla, de su familia se muy poco, lo mismo que de su situación de casado, del trabajo más que nada aborda la relación con sus compañeros, de ti yo no sabía nada. Sabía de su gusto por el Lolita’s, que hizo su antro favorito, pero no por qué, jamás te mencionó a pesar de estar enamorado. De eso me di cuenta hasta la primera vez que accedí a acompañarlo ahí, por la forma en que hablaba de ti antes de tu llegada, por cómo te miraba y por el disgusto que mostró cuando le hice un comentario burlón de su situación. La verdad es que no me extraña que esté clavado contigo aunque sepa que no tienes mayor interés en él, esté casado y tenga familia. Desconozco si es feliz, si tiene buena relación con su esposa, pero lo que si te aseguro es que es una gran persona, decente, amable y educado. Es todo. ¿Tienes con eso para decirme tu misteriosa confesión? Ahora es tu turno de hablar. Quiero saber de qué se trata. Pues se trata precisamente de Héctor. No te equivocas en lo último que acabas de decir sobre su persona, decencia y educación. Desde que lo conocí en un restaurante en el que trabajé mostró ser amable, pero me molestaba e inquietaba la manera en que me miraba. No porque fuera lujurioso, sino porque me veía como si fuera una mujer de otro planeta, distinta, sin igual, y no te vayas a reír por lo que voy a decir, pero así lo siento, como una deidad a la que se contempla con sumisión. No creas que estoy alucinada. Lo que pasa es que no sé cómo explicarlo. Yo me cohibía como indiecita e inclusive llegué a sentirme ofendida y como bicho raro. Me preguntaba ¿qué tanto me mira? Y como siempre, diario y durante mucho tiempo se sentaba en la sección del restaurante que yo atendía. Un día le reclamé y dije que no me gustaba la manera en que me mira, que dejara de hacerlo o lo acusaría con el dueño para que le pidiera que se fuera y no volviera. En respuesta contestó: te veo con ojos de amor porque me gustas mucho. Estoy enamorado de ti. Vengo a comer aquí por verte, saludarte y comentar cualquier bobada contigo. Me quedó las dos horas que tengo antes de volver a la oficina para combinar el deleite de un vodka con tu presencia. No te molestes, no quiero ofenderte ni molestarte, y ahora que sabes que estoy enamorado espero entiendas porque te miro como te miro. Me quedé muda, no supe qué decir y mejor me retiré lo más aprisa posible. Jamás me habían hecho una declaración tan directa y sentida. Estaba turbada y, tiempo después, me sentía alagada. El problema es que no es mi tipo. A mí me gustan los hombres corpulentos, más altos que yo y de piel morena. Héctor es delgado, casi de mi estatura y blanco, sin llegar a ser güero. Luego me confesó que era casado y que sus hijas eran pequeñas aún, que no le gustaba el despacho en el que trabajaba a pesar de que sus compañeros son amables, porque los jefes no valoran su desempeño y que esperaba independizarse. Hasta ese momento todo estaba bien, pero cuando me pidió que saliera con él para conocernos con la firme intención de pedirme que nos casáramos o nos fuéramos a vivir juntos, eso ya no me gustó. El insistía e insistía y yo rechazaba y rechazaba. Le hice saber que no me interesaba y que no quería relacionarme con nadie, menos si estaban de por medio otras personas y la disolución de una familia. Que se olvidara de su propósito porque insistir de nada serviría y que en ningún momento quería ser responsable de su infelicidad. Trato de hacerme cambiar de parecer al decirme que se iba a divorciar, que buscaría un departamento para vivir y que se haría cargo de mis gastos. Eso era mucho para mí, no soportaba su presión, pero como todo era pura palabrería, me hice el propósito de no hacerle caso hasta que su presencia se hizo rutinaria y sus propuestas dejaron de llamar mi atención. Pero me mortificaba verlo tan desvalido ante mí, tan devoto y tan fiel a su propósito, que inclusive llegue a sentir lastima, pues ha de estar del carajo que estés enamorado locamente por alguien y que ese alguien no te corresponda. Y no lo hago porque sea mala persona o carezca de sentimientos, lo que pasa es que creo que el amor es sincero o no es amor, y no puedes fingir querer a alguien cuando en realidad no te interesa. ¿Qué crees tú? ¿Estoy mal? No. Creo que has sido muy sincera con Héctor y que su problema es no querer aceptar su situación, convencerse de que no tiene ninguna posibilidad contigo y que su único consuelo será amarte platónicamente. O posiblemente, sí está consciente de ello y se sienta a gusto y satisfecho sabiendo que en el bar te puede ver cuando quiera, que va a tener la oportunidad de estrechar tu mano y besarte en la mejilla, y que cada vez que lo veas le prestes atención. Pero, a fin de cuentas ¿a qué viene esta confesión? Si es cierto, soy el mejor amigo de Héctor pero para ti soy un desconocido. ¿Qué interés tienes en que sepa lo que me contaste? Puedes no creerlo –aclaró Magda- pero le tengo estima a Héctor. Lo respeto como persona y lo admiro como hombre por tener el valor de confesar su amor aunque lo tenga perdido. Me dolería causarle dolor. Y pensé que tal vez tú podrías hablarle y hacerle entender que ni siquiera es posible que lleguemos a ser amigos, si acaso conocidos. No creo que acepte ningún comentario de mi parte al respecto. No creo que lo que le pueda decir cambie su preferencia hacia ti y mucho menos que deje de ir al bar, pues tú y el lugar, creo que le significan el mejor momento de la semana. Te ve y está feliz, contento, sonriente, en sus ojos hay destellos de regocijo, y si no acepta la compañía de mujeres, no es porque no le gusten, sino porque estás presente. Y sí, en serio, no te gusta Héctor. No es un adonis pero tampoco está para llorar. Viste bien y tiene porte, es responsable y chambeador. Qué más puede pedirle una mujer a la vida. Sus únicos vicios son el trabajo, el vodka y tú. Es que el inconveniente soy yo. ¿Cómo que tú? A que te refieres. ¿Acaso eres casada? Le prometiste a la Virgen de Guadalupe que jamás perderías la virginidad o ¿qué? -Me miró fijamente a los ojos y unos segundos después, expresó con firme voz-. Soy lesbiana. Hice un gesto de extrañeza –primero- y de exasperación –después- e impulsivamente solté un ¡no me jodas! -que sonó agresivo-. Mejor cuéntame una de vaqueros. Si tú eres lesbiana, yo soy el latin lover de la ciudad. ¿Cómo pretendes que crea eso si trabajas en un tugurio, atiendes a clientes exclusivos como dama de compañía y tienes encuentros privados con ellos en los lugares que te indican? No irás a rezar. ¿Verdad? La indignación de Magdalena se hizo presente con un rictus en su cara. Disculpa –me apresuré a decir-. No quise cuestionarte ni quiero entrometerme en tu vida, Menos juzgarte, Solo que me tomo por sorpresa lo que mencionaste. ¿Cómo que eres lesbiana? Qué desperdicio –murmuré-. Te oí. ¿Tienes algo contra eso? Es algo natural cuando te das cuenta que no eres capaz de tener una relación heterosexual duradera y, a la vez, una decisión importante cuando no estás dispuesta a soportar malos tratos, humillaciones y violencia de parte del hombre con quien esperabas vivir parte de tu vida. Eres un machín misógino –me acusó-. No lo soy –me defendí-. Te equivocas, soy de mente abierta y lo suficientemente tolerante como para convivir con cualquier integrante de la diversidad sexual. Soy respetuoso de su forma de ser. Si susurré qué desperdicio, fue en alusión a que eras una mujer guapa y de cuerpo muy bien formado. Tienes todo por lo que un hombre haría hasta lo imposible por conquistar, lucir y disfrutar. -Ella tomó la palabra-. Hasta hace no mucho tiempo no tenía la menor idea de que mi preferencia sexual, que desde joven fue a favor del sexo masculino, pudiera cambiar por el femenino, pero varias circunstancias que se me presentaron lo propiciaron. Primero, mi ex pareja con la que viví ocho años y con la que procree a una niña, se apareció de repente un día, después de tres años, para pedirme que nos reconciliáramos y nos diéramos una oportunidad para vivir juntos. Como hubo un rechazo, él se molestó y amenazó con quitarme a mi hija. Me empezó a hostigar, a vigilar, a seguir y en una ocasión, cuando iba a salir del departamento para hacer unas compras, él estaba afuera e impidió el paso, con un empujón me hizo retroceder y caer de espalda, se abalanzó sobre de mí, me agarró del cabello y dio dos cachetadas. Te voy a dar una buena cogida para que te convenzas de que me necesitas, me decía con su aliento alcohólico, rompió la blusa al oprimir los senos y rasgó la falta con el propósito de desprender las pantaletas, penetrarme y violarme. Al defenderme le rasgue la cara con las uñas y trataba de morderlo, pero me dio un fuerte golpe en el abdomen y perdí fuerzas. Lloraba y gritaba. Un vecino y su esposa, que me ayuda llevando a la escuela a mi hija y cuidándola, aparecieron; ella lo golpeo en la nuca con un bate y él me lo quitó de encima y lo golpeó y pateó en el suelo. Fue una pesadilla. Nunca había sufrido una agresión de ese tipo. Luego, conocí a Marisol. Esa fue otra circunstancia. Nos presentó en una fiesta mi tía Esther. Yo no sabía que era lesbiana, siempre se comporta de manera natural, sin exteriorizarse en ese aspecto. Nos hicimos amigas y empezamos a frecuentarnos, a salir durante el día, pues ya ves que de noche y madrugada trabajo, íbamos al parque, al cine, a tomar un café, a algún concierto, como el de hoy, de jazz, y la pasábamos muy agradablemente. Después de sus clases en la Facultad de Sociología, diario llagaba al departamento con algo para comer y beber o probaba lo que yo guisaba. A las cuatro de la tarde nos quedábamos solas porque mi hija se iba a clases de danza y poco a popo, de manera sutil, pero con un firme propósito, Marisol propiciaba la plática sobre la soledad, la necesidad de tener a alguien junto a ti, no necesariamente un hombre, que sería mi caso, sino una persona que se interesara por ti, que te cuide, te quiera y con quien disfrutaras del sexo sin ser agredida. En un principio me sentí incomoda, pero ella hablaba desinhibida con tanta fluidez y delicadeza que pronto superé el inconveniente. Atenta siempre de mis comentarios, quiso saber sobre mis preferencias sexuales y de manera directa preguntó si había pensado en una mujer. Dije que no, ella, por qué no, y de repente ya hablábamos de las relaciones lésbico-gay que, me aseguró, es lo mejor que puede experimentar una mujer que se considera heterosexual. En esas relaciones todo es sutil, sensual y placentero porque no hay la agresividad que implica ser penetrada. Marisol me daba explicaciones lógicas, pero yo le decía que no sabría cuál sería mi reacción en caso de encontrarme íntimamente con una mujer, que no sabría cómo propiciar un encuentro de ese tipo y que, tampoco, si llegaría a sentirme satisfecha. Mis dudas tuvieron respuesta cuando ella propuso que lo hiciéramos, y me confesó que estaba enamorada de mí. Me tomo las manos, las acaricio con suavidad con las suyas, me abrazó, me besó y yo, poco a poco cedi, correspondiendo sus besos. Me siento como una mujer normal, amada, deseada, respetada y complementada al lado de Marisol. Quiere y trata muy bien a la niña, quien la llama tía, y en nada ha cambiado mi forma de ser y comportarme con las personas que convivo en el trabajo, con los vecinos y amistades. Hacia el exterior soy la mujer hecha y derecha que siempre han conocido, y en lo interior, soy la mujer que encontró en una de sus iguales, lo que antes jamás había tenido. En el Lolita’s hago una gran actuación. En mi papel de mujer soy compañía de clientes que, por supuesto, siempre proponen el encuentro sexual con el compromiso de recompensarlo con alhajas, un departamento, viajes y dinero. Sin embargo, yo dejo bien en claro que soy dama de compañía no una prostituta, y que por ese servicio en el bar o fuera cobro una tarifa. Si están de acuerdo bien, sino, no hay nada perdido. Acudo a fiestas a las que las esposas de los asistentes no van. Están presentes las amantes, damas de compañía, como yo, y una que otra sexo servidora de las llamadas de lujo. Hay ocasiones entre semana o algún fin de semana que solicitan mi compañía a comidas, cocteles o cenas que se celebran al término de reuniones de negocios aquí en la ciudad de México, en Cocoyoc, en Valle de Bravo o en Juriquilla. No mezclo los negocios con el placer, aunque esa sea una frase muy trillada. Sé que muchas personas entre los trabajadores del bar y la clientela piensan que soy una prostituta de lujo, pero están lejos de la realidad y como no me interesa lo que digan, tampoco me interesa aclarar nada. Cuento con el apoyo y protección de alguien a quien le debo mucho, y como la mayoría de los clientes a quienes acompañó lo conocen o han oído hablar de él o saben que trabaja en la procuraduría de la ciudad, no se propasan ni intentan pasarse de listos. Por eso digo que soy muy suertuda al haber llegado a este trabajo en el que me divierto, gano buen dinero, me tratan bien y respetan. Cuánto tiempo va a durar. No lo sé. Eso dependerá del tiempo que viva mi protector, quien por ciento está muy bien de salud –dice-, pues se checa medicamente dos veces al año y le hacen todos los estudios habidos y por haber. A él está amarrada mi gratitud. Pero no creas que me estoy durmiendo en mis laureles. Fuera de la renta, las colegiaturas y el gasto de la despensa, ropa y maquillajes, no tengo compromisos de dinero ni deudas, el coche ya lo acabé de pagar. La mayor parte de lo que gano lo ahorro. Quiero comprar una propiedad para construir una casa y poner un restaurante en la ciudad de León, en Guanajuato, donde tengo familia. Me gustaría un bar como el Lolita’s. Presentable, agradable, con buena atención a la clientela, damas de compañía y nada de prostitución. Pero allá la gente es muy mocha. No creo que funcione. Hay, además, muchos machines. ¿Te suena a sueño guajiro? Quizá lo sea, pero estoy empeñada en ello. Esta es mi confesión. Pues si es así, me da gusto por ti Magda. Agradezco tú confianza y sugiero mejor no decirle nada de nada a Héctor. Dejarlo como está. Feliz y contento viéndote cada jueves o quizá cambié de día al viernes para que vayamos juntos. Después de lo que me confió Magdalena-Natalia, sentí admiración por ella, pues la franqueza con que confesó su lesbianismo me sorprendió. Ni se ruborizó, ni se turbó al hablar ni mostró tener remordimientos o arrepentimientos. Por el contrario, en su voz había un dejo de alegría. Bien por ella –pensé-. Sí que es mujer de decisiones firmes, pues no ha de ser sencillo –creo- cambiar de preferencia sexual por el hecho de que el hombre con quien pensó viviría por siempre, le falló y resultó ser un patán con instinto de violador sexual. Como Héctor, me hice asiduo al Lolita´s, el bar que no deje de calificar de tugurio, ya que además de contar con la compañía de Natalia y Mía, también Magdalena-Natalia -la buenerrima estrella del bar- me complacía con su presencia. A Héctor le sorprendió que en nuestras visitas ella acudiera más frecuentemente a la mesa que ocupáramos e, incluso, ocupara una silla -lo que antes no hacía-, se sumara a la plática y bromeara. Eso lo hacía feliz aunque más allá de tomarle la mano, besarla en la mejilla y recibir una sonrisa, no tendría nada de ella. Sobre la confesión del lesbianismo, nunca le hice mención alguna. Preferí ver contento a mi amigo, a quien últimamente recuerdo mucho. Parte IV Un martes de tarde nublada en la que parecía que de un momento a otro comenzaría a llover, me dirigía caminando al lugar donde acudiría a escuchar un concierto de la Big Band Jazz México en homenaje a Frank Sinatra. Éramos varios los que íbamos y veníamos por ambas aceras de la calle rumbo a las avenidas Cuauhtémoc o Universidad. De entre las personas que veía, me llamó la atención una mujer que distinguí a cierta distancia. Primero fue su cabello rizado suelto que le caía debajo de los hombros, luego fue su cuerpo envuelto en un suéter de cuello alto color beige y unos jeans rectos azul marino y, finalmente, su rostro, que aunque con un tenue toque de maquillaje y lápiz labial, me pareció conocido. Estaba parada frente a un vehículo del que descendían otras dos mujeres, una joven delgada de unos 27 años y otra adulta de cuerpo grueso. ¿Es Magdalena-Natalia o estoy confundido? Se encontraba a unos 20 metros delante de mí. Sí. Si es ella –corroboré-. Detuve el paso sin saber por qué. ¿Qué hago? Me acerco o no, la saludo o no. Me sentí confuso, pues no era lo mismo verla y saludarla en el Lolita’s que en la vía pública y acompañada. ¡Claro que la voy a abordar! Qué chingados –decidí- al tiempo que comencé a caminar para cruzar la calle hacia la acera en la que se encontraba y me detuve frente a ella. ¡Hola! Magdalena. ¿Me reconoces? ¿Te acuerdas de mí? Soy Ligorio Buenrostro Galán, amigo de Héctor. Vi en su cara un signo de contrariedad. No quiero molestar. Únicamente me acerque para saludarte. Disculpa y, con permiso. No había dado cuatro pasos, cuando tras de mí oí su voz decir: espera. ¡Ah! Sí. ¡Claro! Nos hemos visto en el bar. Di media vuelta y ya frente a ella, me dijo que si se acordaba de mí. Discúlpame, me confundí. Vaya coincidencia –agregó-. Encontrarnos por estos rumbos. Vives por aquí o trabajas por aquí –preguntó-. No. Me dirijo a escuchar un concierto de jazz –contesté-. ¿Y tú? ¡Caray! También voy al concierto con mis amigas. Ella es Marisol y ella es Esther. ¡Hola! –Dijeron al mismo tiempo-. Mucho gusto –respondí-. Así es que gustan del jazz, de la buena música y en vivo. Yo de ser posible no me pierdo los conciertos, aunque el horario no sea tan adecuado y aunque haya amenaza de lluvia, como ahorita –dije como una forma de propiciar el acercamiento de los cuatro cuerpos-. Yo es la primera vez que acudo a este lugar –mencionó Magdalena-, pero ellas lo hacen con más frecuencia. ¿Hasta dónde queda el lugar? ¿Falta mucho para llegar? –Quiso saber- Ya está muy cerca –mencioné- al tiempo que le hice saber que encontraron buen lugar para dejar el coche, porque o lo estacionas en la Plaza Coyoacán o en la Cineteca, pero se camina más. Vamos –invité con el brazo medio extendido y la palma de la mano hacia arriba-. Las acompañantes de Magdalena se adelantaron y ella y yo quedamos atrás, lo que aproveché para pedirle una disculpa por la manera en que la abordé, y hacerle notar, que en un principio pensé que estaba equivocado, que no era ella, pero que al darme cuenta de que sí, no sabía si acercarme o no, si saludarla o no. Y que, al decidirme por el sí, no pensé que le fuera a causar algún problema. Lo hice instintivamente. Bueno, no mucho. Más bien, con un poco de propósito. Está bien. No hay problema, solo que no me ocurre encontrar en la calle a clientes del bar. Es la primera vez que me pasa y de entrada sí me saque de onda. No por Marisol y Esther, pues ellas saben de mi trabajo, sino porque no sabía si ignorarte o negar que te conociera para evitar que habláramos. Pues el que no me hayas ni ignorado ni desconocido me parece una buena onda de tu parte, porque por naturaleza soy tímido. ¿Tú tímido? –me interrumpió-. Sí y a pesar de ello me arriesgue a un desplante tuyo, que aunque no nos conozcamos más allá de vernos y saludarnos en el bar, me hubiera dado vergüenza verte después de este día. Seguramente dejaría de ir. No seas trágico –me dijo-. Si vas al bar es porque te gusta el ambiente, además de mis amigas. He visto como tratas a Nadia y a Mía. Te ves a gusto cuando estas con una y con otra. Más a gusto cuando estoy con las dos –expresé-. Y también te gusta admirar al resto de las chicas, lo cual me agrada porque todas son atractivas. Esa es una distinción del Lolita’s. No te equivocas, por supuesto, pero también me gusta verte a ti. No mientas. ¿Acaso pretendes alagarme? No miento y sí pretendo alagarte porque, como afirma mi amigo Héctor, eres una mujer guapa, atractiva y seductora. Y lo sabes. Y te gusta ser el centro de atracción. Apenas dije la última palabra, me detuvo del brazo derecho con su mano izquierda y me dijo que si en lugar de ir al concierto prefería que fuéramos a tomar un café. Sí. Me parece bien, aunque nos vamos a perder de un buen concierto, estoy seguro de ello. Si no quieres, no. Sí, sí, ya habrá otros. Bueno –dijo-. Coste que es tu decisión. Llamó a Marisol y a Esther para que esperaran y, ya junto a ellas, les pidió que se adelantaran al concierto y que cuando concluyera llamarán a su celular para ponerse de acuerdo y nos alcanzaran. Reanudamos el paso los cuatro y al llegar a la puerta de acceso del IMER ellas se quedaron en la fila de los asistentes y nosotros seguimos adelante hasta que nos encontrarnos a un costado de la Cineteca Nacional, a la que ingresamos por el estacionamiento, junto con un puñado de hombres y mujeres jóvenes que en sus pláticas –escuché- hacían referencia a las películas que estaban en cartelera o a la exposición fotográfica de Stanley Kubrik. ¿Dónde vamos a tomar café? Este es un cine ¿verdad? Así es Magdalena, o te puedo llamar Magda. Nadie me dice así. No estoy acostumbrada. Siempre ha sido Magdalena completo. Imagínate, hasta mi mamá, mi papá y mi hermano lo pronuncian completo. Desde niña no hubo ni tía ni prima que me dijeran Magda y, por ende, todos mis conocidos me llaman Magdalena. Y no puedo ser yo la excepción. Me parece menos formal. Como quieras. Te da igual. Sí. O sea, te vale madres. ¿Por qué dices eso? ¡Claro que no! No soy tan simple. Quién te crees que soy. No te enojes Magda. No es para tanto. Lo que pasa -déjame explicarte-, es que entre mi círculo de amigos y amigas cuando se propone algo, se decide algo o se dice algo y se pide opinión y alguien comenta, me da igual, la interpretación que le damos es, entonces te vale madres. Por eso fue que lo mencione. Es como algo jocoso. Mira, allá –señalé con el dedo índice- está la cafetería y del otro lado hay bancas al aire libre. No creo que llueva, pues ahorita está menos nublado que hace una hora y si acaso llovizna, nos vamos al área que está techada. ¿Te parece bien? ¿Estás de acuerdo? o ¿Te da igual? Sí, es buena idea. En la barra de la cafetería pedimos un café americano y un descafeinado, ella no quiso ni pastel, panqué o galletas, cogimos unos sobres de sustituto de azúcar y mascabado, servilletas y unos removedores, y fuimos hacia una banca que localizamos vacía y tomamos asiento. Observé alrededor y le mencioné el gusto que sentía por estar en este lugar. Tiene mucho tiempo que no ingreso a alguna de las salas ni veo películas no comerciales, aunque tengo afición por el cine independiente y alternativo, pero, creo, no tanta como todos estos cinéfilos que están comprando sus entradas o como los que vienen a la exposición de Kubrik, la cual no conozco, a pesar de que me gustan las películas que dirigió, más que nada Naranja Mecánica, Apocalipsis Ahora, 2001 Odisea del Espacio, Lolita y Pelotón, y se me pasaba, la del Resplandor, con Jack Nicholson. Tú eres cinéfila. Haz visto alguna de las películas que mencioné. La del Resplandor, en la televisión de paga, completa. Es buena. Te pone los nervios de punta. Naranja Mecánica, nunca completa. Me parece muy violenta y no me gustan las escenas de violaciones o de sexo violento. Pero el acto sexual aunque sea tierno, me parece que tiene una carga de violencia, que me creo es natural porque se trata de la penetración del órgano masculino en el órgano femenino -expuse-. Tienes razón, pero la violencia física, la agresión, el sometimiento y el control es lo que marca la diferencia con el acto sexual sublime, lo cual entre la mayoría de hombres no existe, como si en las mujeres. Para ustedes lo que importa del sexo es mostrar su machismo, su virilidad y con ello hacer notar que son superiores a la mujer. Pero no lo son y están equivocados, porque en cuanto ustedes terminan, revelan lo débiles que son, mientras que nosotras mantenemos vitalidad. ¡Vaya! Esta sí que fue una reflexión profunda y sumamente freudiana. Estoy anonadado, que digo anonadado, perplejo, abrumado, sorprendido y de acuerdo con tu planteamiento. No había escuchado algo tan claro respecto el acto sexual de parte de una mujer, pues me parece que no son proclives a hablar de sexo sea por pudor, por la religión o porque son conservadoras. Yo no acepto a los violadores y abusadores, ni a los pedófilos y mucho menos a los pederastas. Si estuviera en mis manos, a todos los fusilaría, los llevaría a la cámara de gas o a la silla eléctrica, en lugar de encarcelarlos, , porque son una sabandijas que no merece vivir. Y ya vez, la mayoría están libres porque no se les aplica la ley. De lo que estoy bien seguro Magda, es que el amor y la plusvalía son los dos motores que mueven al Mundo, los más poderosos que existen y de los cuales no se puede prescindir, pues sin ellos la humanidad dejaría de existir. Sin el primero no habría reproducción ni placer y sin el segundo no habría riqueza, bienestar ni satisfactores personales. Qué tal –me interrumpió- ahora la sorprendida soy yo. Resultaste ser muy práctico y por eso me parece consideras vital para la vida tanto el sexo como el dinero. -Reí-. No vital, pero sí necesario. Y ¿por qué estamos hablando de todo esto? –le pregunté- Parecemos dos intelectuales filosofando, y eso me agrada porque no es fácil encontrar a alguien con quien abordar ciertos temas. Quiero pensar que estudiante psicología y que Freud te cautivó con sus teorías teorías sobre el comportamiento sexual Desafortunadamente no. Me quedé en el intento de estudiar en la facultad de Psicología de la UNAM. No pasé de la preparatoria, pero me gusta leer revistas y libros sobre esa temática. Tuve que trabajar y no hubo oportunidad para estudiar a la vez. En la prepa tomé la materia de psicología uno, dos y tres y las dos profesoras que la impartieron eran muy buenas e hicieron que me interesara. Qué bien. Qué bien –expresé-. A ello siguió un silencio incómodo, de esos en los que pareciera que ya no hay nada que decir, o que hacen dudar sobre cómo retomar la plática o que, sin saberlo, son necesarios para darse un respiro. Parte III Cuando Héctor se enteró de mi asistencia al Lolita’s ese viernes que él se encontraba en Aguascalientes, burlón me dijo: ¡qué tal! Ahora resulta que ya no quieres salir del que llamas tugurio y al que te resistías a ir. Tiene o no encanto. Aunque estoy seguro que regresaste para estar con Nadia y echarte de paso un taco de ojo con Natalia y todas las chavas del lugar. En verdad no hay chicas feas. Todas son atractivas, más guapas unas que otras, pero todas de muy bien ver. Estaba aburrido y no quise ir a otro lugar donde estaría sólo. Sí, fui por Nadia, pero conocí a Mía, que es amiga de ella y de Natalia. Es muy buena onda y alivianada. Tiene buna plática. Me gusta, igual que Nadia. Ambas me agradan. Me gustan sus formas. Como se carcajea Mía. La forma tan sugestiva que tiene Nadia al bailar. Lo bien que lucen y huelen ambas. Y lo mejor, que no se dan su taco, ni son creídas. En suma, no son mamonas. Y viste a Natalia –preguntó Héctor-. ¡Claro! ¿Cómo no verla? Es la atracción y la mujer más solicitada. La salude de lejos. Nos vimos cuando yo estaba con Nadia, se sonrió con ambos y yo levante la mano, la agité y le di un mudo ¡hola! Desde que se sentó en su mesa y hasta la hora que me retiré, la pasó con un ruco como de 70 años o más que tenía una cicatriz entre el pómulo y la oreja derecha que llegaba casi a la mandíbula. La vi porque era muy visible. Estaba como abultada y rosada, y como la tez del tipo es blanca, resaltaba. Lo acompañaban dos mastodontes de pelo corto con tipo de guaruras, que se sentaron en una mesa contigua. Seguramente era su protector –mencionó Héctor- Para ser su padrote ¿no crees que ya esté viejo? No dije que fuera su padrote, sino su protector. Ese ruco la cuida desde que trabajaba en el restaurante de la Zona Rosa. Él la ayudo para que se quitara de encima al dueño que la traía asoleada y la hostigaba sexualmente. Tiene un cargo importante en la procu de la Ciudad de México, y lo amenazó con cerrar el restaurante y meterlo a la cárcel bajo cualquier acusación, por venta de drogas o por estar ligado a un grupo de explotadores sexuales. ¿Y eso a cambio de qué o por qué? No lo sé a ciencia cierta. Parece ser que ella le hizo el paro a su hijo, un joven de unos 23 años que padece una discapacidad, cuando lo madrearon hasta dejarlo casi muerto en la calle, acabando de salir del restaurante, para llevarse 700 pesos que traía en su cartera. Natalia lo ayudo. Bueno, Magdalena. Al parecer se puso a gritar como loca para que lo dejaran de golpear cuando lo reconoció y vio que era su mejor cliente, le limpió la cara ensangrentada con una servilleta de tela, lo ayudó a levantarse y a subir a un taxi, lo alojó en su departamento con el auxilio de unos vecinos para subir las escaleras y lo atendió y alimento hasta que se alivianó y pudo hablar y moverse. Le reventaron la boca y le tiraron unos dientes. Le rompieron una botella de cerveza en la cabeza, lo patearon en el suelo y resultó con unas costillas rotas. Quién sabe cuántos días paso ella cuidándolo sin ir a trabajar, hasta que él pudo mencionar palabra, le dijo su nombre y le dio el número de teléfono de su papá para que le llamara y le hiciera saber dónde se encontraba. El ruco se hizo presente inmediatamente. Amenazó a Magdalena pensando que estaba involucrada en la agresión y la obligó a confesar lo que le había pasado a su hijo, unos agentes la interrogaron y la dejaron en paz hasta que el junior refirió a su padre lo que ocurrió. Ella expuso su situación como mesera hostigada por su patrón, al que describió como un degenerado sexual que la manoseaba y la explotaba haciéndola trabajar más horas sin pago extra, junto con sus compañeras, con un mísero salario. Por esos antecedentes y por ser el dueño del lugar donde con frecuencia comía y bebía unos tequilas el junior, fue amenazado con la clausura del establecimiento y la seguridad de ir a la cárcel si no dejaba de fastidiar a Magdalena y demás empleadas y si no colaboraba para dar con los agresores. Desde entonces el ruco estuvo y está al pendiente de Magdalena. Como agradecimiento, quiero pensar –indicó Héctor-. Exigió le aumentaran el salario y advirtió que a la primera queja de Magdalena le propinarían una madriza de la ni dios santo lo libraría. Seguro que el dueño del restaurante andaba en cosas no muy derechas o estaría involucrado con los asaltantes que pululan en la otrora glamurosa Zona Rosa o hasta metido en la trata de personas o el narcomenudeo, pues nada hizo para defenderse. Quedó a merced del funcionario de la Procuraduría de Justicia, y los agentes de manera frecuente acudían al lugar para saber cómo estaba Magdalena. Pero ella ya no duró mucho tiempo en ese trabajo. El ruco le pasaba una lana para la renta y sus gastos. Tres meses después me enteré que trabajaba en el Lolita’s Bar. Como de telenovela ¿no te parece? –Dijo Héctor tras concluir la reseña-. Y ¿qué tanto hay de cierto? Ella te lo contó. O simplemente es lo que tu supones o peor, lo estás inventando para que yo deje de pensar que el ruco con que estuvo Magdalena en la mesa del Lolita’s es quien la regentea. Como te mencioné lo que pasó no lo sé a ciencia cierta. Luego de que Magdalena desapareció del restaurante pregunté a Nadia por ella. Contestó que no sabía a donde se había ido. Luego me platicó que un día la llamó por teléfono y le dijo que ya no iba a trabajar ahí y que cuando se colocara en algún lugar se lo haría saber para que estuvieran en contacto. En otras llamadas Magdalena hizo saber a Nadia que estaba desempleada pero que el papá del joven al que habían golpeado le dio como una especie de gratificación económica por haberlo ayudado, y que le prometió buscar entre sus conocidos a alguien que la pudiera emplear. Pero que afirmaba estar bien por el momento. Además, que para su fortuna, le dijo que si acaso el dueño del restaurante se quiere pasar de listo con ella o con alguna de las otras cuatro meseras, que se lo haga saber para que se queje porque se exigió al acosador sexual que no se metiera con las trabajadoras en nada que no tuviera que ver con el trabajo. Todo cambió, cuando menos en ese aspecto –según Nadia- porque en lo que hace al horario y al salario, fue más estricto y nunca accedió a dar un aumento. La última llamada que recibió de Magdalena en ese tiempo, me compartió Nadia –informó Héctor- fue para decir que empezó a trabajar en un bar pero no de mesera, porque ahí hay meseros, sino de dama de compañía de los clientes y que como quedó muy bien recomendada con el dueño y el gerente por el papá del hijo golpeado, a quien ambos le deben favores, su posición es muy favorable y que si quería la podía ayudar a entrar ahí. ¿Qué dices? -Mencionó Nadia que le preguntó Magdalena-. Es que ser dama de compañía no es como prostituirse –dijo Nadia que le contestó-. Magdalena se carcajeó y luego, seria, le reprochó que si acaso la creía capaz de proponerle un trabajo indigno a ella, su mejor amiga, luego de que logró zafarse de un trabajo donde la hostigaban y lo que querían dueño y algunos clientes del restaurante era llevarla a la cama como si mesera fuera sinónimo de prostituta. Lo que quiero es sacarte también a ti de ese lugar. Acá en el bar es otro ambiente, la clientela es diferente, el personal te cuida, tienen un salario regular, comisión por el consumo de la mesa en la que estés y, a parte, la cuota que convengas con quien o quienes te soliciten. El horario es de noche y parte de la madrugada con descanso los domingos. Ya cumplí un mes diez días y estoy muy a gusto. Más que un trabajo es un divertimento Nadia. Hazme caso y decídete porque es un trabajo honrado que no denigra y estoy en posibilidades de influir para que te acepten. No sé qué les haya dicho mi protector, así llamo al papá del muchacho golpeado -le aclaró Magdalena-, que tipo de favor le deban o si les ofreció protección para que no los extorsionen, pero el dueño y el gerente del bar, están a raya conmigo. Son atentos, me presentan con sus mejores clientes y me proponen para que los acompañe, lo que se refleja en los ingresos que recibo. A los 22 días de esa plática telefónica, Nadia se reunió con Magdalena y tres después, iniciaba su primer día de trabajo. Al respecto, Héctor me pidió discreción. Con voz firme dijo: Solo te pido que esto quede entre tú y yo. No se lo comentes ni a Nadia ni a Mía, que son las mejores amigas de Magdalena, porque posiblemente haya falsedad en mis conjeturas y no quiero faltar el respeto a Magdalena ni poner en entre dicho sus acciones. No tienen que pedirme eso Héctor. Dalo por descontado. Y en efecto, nunca en las muchas veces que acudimos al Lolita’s y compartí tanto con Nadia como con Mía, hice comentario alguno o pregunte por el personaje de la tercera edad que de vez en vez tenía por compañía a Natalia-Magdalena, y al que ella llama mi protector y al que yo creí, cuando los vi juntos por primera vez, era su padrote. Era casi la una y media cuando abrí los ojos. La habitación estaba iluminada con la luz que desprende el sol al medio día y se sentía un poco de bochorno. Estaba un poco crudo por los vodkas ingeridos y pensé que con un buen baño de agua tibia, un consomé y tacos de barbacoa acompañados de una cerveza, me sentiría fresco y reconfortado. Ya en la ducha recordé que la pasé bien en el tugurio echando taco de ojo, con ganas de agarrar pierna y un poco arriba y un poco abajo, y dejándome atender por la morena que nos acompañó en la mesa y que dijo ser Nadia, quien más de una vez bromeó a Héctor por no acceder a que llamara a una de sus compañeras. Al revisar mi billetera me percaté que no gasté más de mil 200 pesos, lo cual no me pareció gravoso, considerando el pago de la compañía y la bebida. Fue una buena noche -me dije de nueva cuenta-. Después del comentario que hice al poco tiempo de que llegamos al tugurio, de que faltaba ambiente, que el lugar estaba aburrido, la cosa cambió. Magdalena, la amada de Héctor, cuyo nombre artístico resultó ser Natalia y la de sus acompañantes las moscovitas, fue presentada como la diva que abriría la pista para dar paso a los bailadores de salsa. La gallera se alborotó cuando las luces que iluminan la pista se apagaron y en los bafles retumbó el ritmo rumbero de Aguanile interpretada por Marc Antoni, provocando el movimiento frenético de los tres cuerpos que, ejecutando pasos de los que llaman en línea en las escuelas de baile, ocupaban los cuatro metros por cuatro que calcule tendría la pista. ¡Vaya movimiento de caderas el de Natalia! ¡Y qué piernas! que se traslucían entre su vestido color vino, cuya bastilla era más corta –a media pierna izquierda- que la de la derecha –debajo de la rodilla-. El rítmico movimiento de sus pies denotó que es una buena bailadora. Terminó Aguanile y la pista la llenamos en menos que canta un gallo, al ritmo de Quimbara, de Celia Cruz. Y de ahí, pal real, hasta no sé exactamente qué hora. Tenía mucho tiempo que no bailaba tanto y, bueno, Nadia resultó ser un trompo. Sus movimientos, ligeros, permitían la fácil conducción de su cuerpo y el adecuado acoplamiento, marcar y llevar el ritmo con pasos afines. El movimiento de los hombros iba acompañado del vaivén de sus senos, y la cadera se sacudía cuando la descarga de congas, bongo y timbal lo exigían. El movimiento de su cuerpo era grácil y sensual. Sí. No hay mejor descripción. Antes de salir del tugurio y tomar el taxi que nos llevó primero a la casa de Héctor y luego a la mía, Magdalena llegó a la mesa que ocupábamos a saludar a Héctor. Éste se levantó, le tomó la mano e inclinó su cuerpo hacia el frente para que el saludo fuera de beso en la mejilla. Dio un hola a Nadia y preguntó a Héctor ¿quién es tu amigo? Me extraña que venga acompañado. Siempre viene sólo –dijo dirigiéndose a mí-. Soy Ligorio Buenrostro Galán. Es un buen amigo –refirió Héctor-. Vaya nombre. Y seguramente te apodan el irresistible –se burló-. No, me llaman Galán, por mi apellido. Reímos los cuatro. Me retiro –anunció-. Nos dijimos mucho gusto y nos vemos pronto, y cuando emprendía la retirada, Héctor le recordó: Natalia, ya sabes que vengo el jueves. Hoy viernes fue una excepción. Sí, claro. Aquí nos vemos. Y ¿por qué no la llamaste por su nombre? Porque aquí se llama Natalia. ¡Ah! Está bien. Dos semanas después de aquella incursión nocturna al tugurio que bien comentó Héctor es un lugar que no es lo que aparenta ser, no sabía qué hacer. Héctor fue a Aguascalientes para atender un trabajo que a él no le correspondía, pero que consideró su jefe realizaría sin mayor problema entre jueves y viernes. Se negó, pero no se pudo zafar y partió el miércoles. Yo estaba aburrido. No me decidía a dónde ir, si a tomar unas cervezas y escuchar rock en vivo en un bar del Centro Histórico o al bar del Sanborns más cercano o quedarme en casa y escoger, para ver, alguno de los conciertos grabados en DVD que tengo pendientes de Santana, Amy Winehouse y Status Quo, deleitando un vodka. A las ocho de la noche ya estaba listo para salir. Mi decisión fue visitar el tugurio donde se refugia Héctor. Ese viernes no era quincena y pensé que estaría tranquilo, sin mucha gente. Me equivoqué. Llegué y me sorprendí cuando la hostess guapetona de la otra vez me dijo que no había lugar. Lo siento, hubo muchas reservaciones. Pero vengo sólo y no tengo inconveniente de acomodarme en la barra. En la barra no se da servicio. Y no puede haber excepción. ¿No? Sólo que se espere a ver si alguien sale. Mmm, eso sí que está en chino. Con el ambiente que hay. Comprendí que era inútil insistir y molesto por la mala decisión que tome estaba a punto de retirarme cuando, de repente, del otro lado de la puerta de entrada, en el lobby, vi a Nadia hablando con quien resultó ser el capitán de meseros. Alcé la voz y pronuncié su nombre dos veces seguidas y levanté el brazo derecho y agité la mano para llamar la atención. A la tercera, la hostess me preguntó si conocía a Nadia. Sí. También a Natalia. Espere –pidió-. Se volteó y abrió una de las dos hojas de la puerta de madera con relieves tallados y vidrios pulidos, y dirigiéndose a Nadia le dijo: Nadia te buscan. Esta dirigió la vista a donde se movía mi brazo y se acercó. Hola Nadia. Soy Ligorio Buenrostro, se me hizo tarde. Permítele pasar –dijo a la hostess-. Que ocupe mi mesa. Feliz y contento me introduje al salón detrás de Nadia, quien me llevó a una mesa casi pegada al tablado que ocupaban las bailarinas. Me instalé y Nadia me informó que esa zona la atiende un mesero buena onda y que no hay problema. Ahorita estoy ocupada pero voy a enviar a una compañera para que te acompañe y no estés solo. Es muy atenta. Pero no te olvides de mí. Quiero que bailemos –agregó-. No. ¿Cómo crees? Si vine por ti. Y gracias por el paro de la entrada. Le envié un beso con la punta de los dedos y se retiró con una sonrisa en el rostro. El bullicio que había en el local era demasiado. Los ocupantes de una larga hilera de mesas estaban eufóricos seguramente ya muy enfiestados –pensé- y para comunicarse alzaban la voz, se reían con estridencia y se oían desde chingaos hasta los no guey o no manches; sobresalían también las voces y risas de las acompañantes. También escandalizaban una quinteta de homosexuales que con voz atiplada cantaban a coro para acompañar la voz de Michael Jackson en Billie Jean y luego que terminó, a Ricky Martín con Vive la vida loca Y bueno, me pareció que había mucho escándalo. Llegó la enviada de Nadia. Supe que era ella porque sin decir más se sentó y preguntó ¿me esperabas? ¡Ya estoy aquí! ¡Ya no estarás sólo! –dijo- ¡Sí! ¡Claro! ¡Hola! ¡Bienvenida! Soy Mía. Tú eres ¿cómo me dijo Nadia que te haces llamar? No le entendí bien. Ligorio. No pues, nunca me iba a acordar –dijo-. Nunca había oído ese nombre -agregó. No es un nombre común –mencioné-. Te puedo afirmar que es único y debes saber que mis padres me lo pusieron para que fuera acorde a mi personalidad y apellidos. ¿Sí? Sí. Y ¿cuáles son tus apelativos? ¡Ah! pues, Buenrostro y Galán. Mi nombre completo es Ligorio Buenrostro Galán. No me cotorrees. No. Nada de eso. Tienes queja de la figura que tienes enfrente. Mmm. No. Mejor párale, así la dejamos. No. No. Estás bien. Pero ese no es tu nombre ¿verdad? Sí. ¿Por qué lo dudas? Nada más digo. Mira. Te voy a explicar. Ligorio es porque me gusta conquistar chicas. ¿Nada más chicas? No, también adultas y mujeres medias maduronas de edad. Cuando alguien me gusta la busco, la cortejo e insisto hasta que acepta andar conmigo. Y lo de Buenrostro y Galán vienen por añadidura. Así es que ya sabes. Qué dices ¿le entras? Así nada más. Pues sí. O ¿qué quieres? Eres de las que dicen primero hay que ser amigos para conocernos y ver si congeniamos y cosas de esas y después veremos. Eso es muy cursi, ya no se usa. Así es que ¿qué dices? Eres mía o no. Reí. Te diste cuenta como arme esa última frase, Mía. Y qué vamos a tomar –preguntó-. Para seguir con el mismo cotorreo contesté: si eres mía, lo que quieras, sino, Mía, lo que yo te invite. Crees que soy fácil. ¿No? Podemos pasarla bien ahorita aquí y ya veremos después qué pasa fuera de este antro. No acostumbro hacer citas. Yo tampoco acostumbro pedirlas. Antes de que dijera otra cosa le anuncié: yo tomo vodka. Aceptas que tómenos vodka. Sí. También me gusta el vodka con jugo de uva. A mí con agua quina y cascara de limón. Entonces vodka, aunque eso implica que no quieres ser mía, Mía. Me comentó Nadia que la vas a esperar. Yo te acompañó un rato. Me parece bien, pero mientras eres mía –mencioné-. Si hombre –contestó-. Las bebidas pedidas llegaron y la plática entre Mía y yo siguió en torno a mi gusto por el baile, desde música afroantillana y salsa, hasta rock de los 60’s y clásico, por escuchar rock sicodélico y progresivo, blues, jazz y baladas, y asistir a conciertos, y el disfrute de la lectura. Ella habló de su afición por el futbol de balón y patadas –más que nada el europeo y de Ronaldo, su ídolo-, al americano y a su equipo favorito, los Vaqueros de Dallas, su costumbre de ir al gimnasio y correr por las mañanas tres días de la semana, y su gusto, también, por el baile. Antes de que Nadia se uniera a la mesa que ocupábamos, hizo su arribo al salón Natalia, y como la ocasión anterior, la primera vez que fui con Héctor al tugurio, atrajo a su paso las miradas. No ocultó su satisfacción por el recibimiento. Segura de lo que tiene como mujer -buen cuerpo, guapura y elegancia-, avanzó hasta detenerse frente a su mesa, donde el capitán del lugar retiró la silla y la acomodó para que se sentara. La atención fue de inmediato. Un mesero depositó un vaso y sirvió el contenido de una botella de whisky Ballantines, tras agradecer el servicio, ella lo cogió y medio levantó el brazo para decir salud en un ademán de cordialidad, bebió e hizo un leve gesto en su rostro, de esos que provocan las bebidas fuertes en el primer trago. ¿Qué te parece Natalia? –preguntó Mía-. Una mujer muy guapa, atractiva y sugestiva. Sí. Y es muy buena amiga. Muy solidaria con todas. Siempre nos dice que no aceptemos ni ofensas ni abusos de nadie. Ni de nosotras mismas ni de clientes ni de meseros ni del capitán ni del gerente encargado. Que no aceptemos de nadie nada que no queramos, ni menos de lo que tienen que pagar los clientes por la compañía y el baile. Aconseja que no nos dejemos manosear porque eso provoca malos entendidos, ya que hay quienes creerían que porque pagan pueden meter mano y que eso es parte de la compañía. También se porta bien con todos los compañeros. Por eso es apreciada y respetada. Yo la quiero mucho -asentó Mía-. Nadia y yo somos sus mejores amigas. Nadia la conoció primero, trabajaron juntas en un restaurante donde padecían acoso sexual del dueño y los clientes. Aquí primero llegó Natalia y luego invitó a Nadia. Yo ya estaba aquí. Y cuando ella era como nosotras, chica de compañía, se hizo buena amiga, lo mismo que Nadia. Y aunque ella destacó, pues es la mayor atracción, no cambió su forma de ser. Es muy solidaria. Así es que ya tienes tiempo en este tugurio. Sí, más de dos años. Pero porque lo llamas tugurio –cuestionó- si es un bar. Afuera hay un letrero luminoso de buen tamaño que dice Lolita’s Bar. Pues porque en los tugurios es donde hay mujeres para que nos divirtamos los hombres y pasemos un buen rato. O ¿no? Si eso es cierto, pero aquí no hay prostitutas. Yo soy, nosotras somos, damas de compañía. No nos vamos al hotel con los clientes, no les hacemos desnudos o bailes privados. Este lugar es distinto. Por eso siempre está lleno todos los días y más los fines de semana. Aquí no se permite que los machines traten mal a las mujeres y las manoseen. No. Los echan a la calle. Por eso no estoy de acuerdo en que digas que es un tugurio. Pues así me refiero yo a este tipo de lugares, o los llamo antros o burdeles. Quizás no esté empleando la palabra adecuada, pero para mí es una forma de decir. Y has de saber que la vez pasada que vine, que fue la primera, le dije a mi amigo que este lugar, que este tugurio, me parecía diferente y le hice una lista de por qué. ¿No lo concias? No. Entonces cómo llegaste. Mi amigo Héctor…. ¿Héctor? –me interrumpió-. Un tipo alto, delgado, de barba de candado y medio moreno que viene sin falta cada semana. Sí –dije-. ¡Ah! El eterno enamorado de Natalia. ¡Ándale! Ese mismo. ¿Lo conoces? Claro. Natalia me ha hablado de él. Natalia y Nadia lo conocieron en el restaurante del que huyeron. Naty nunca deja de saludarlo cuando viene. Platican un rato, mejor dicho intercambian comentarios, porque ella no acepta sentarse en su mesa. Nos dice que no es porque le desagrade, sino porque no quiere que él interprete mal las cosas, ya que él a ella no le interesa, no es su tipo, aunque le gusta que desde siempre la trate con amabilidad, es muy correcto. Sabe que está enamorado de ella y prefiere no tener cercanía para no darle falsas esperanzas. Pues te decía, Mía. Héctor desde hace mucho tiempo me habló de este lugar. Dije lugar, no dije tugurio. ¿Está bien, Mía? Sí. Muy bien. Y que muy buen ambiente, mujeres atractivas, buena música, seguro y demás. Preguntaba que cuándo lo iba a acompañar y cuando proponíamos un lugar para ir a cotorrear, él siempre sacaba a relucir el Lolita’s. Yo lo convencía e íbamos al Centro Histórico, a la Condesa o a la Roma. Creo que por eso optó por venir los jueves. Pero me convenció. Y hoy aquí estoy sin él, por segunda ocasión. Lo que indica que si me gusta. Como la ocasión anterior, por el sonido anunciaron la apertura de baile para los salseros a cargo de Natalia que en esta ocasión estaba encuerada, quiero decir, vestida de pantalón, chamarra corta y botas de piel hasta la rodilla. Se escuchó el inicio de Para los Rumberos, de Tito Puente y Natalia mostro sus dotes de bailadora. Sus damas de compañía se incorporaron a la danza momentos después, primero una y luego la otra. Tenía los ojos puestos en el cuerpo de Natalia cuando hizo su aparición Nadia. Saludó con un ¡hola! Y anunció que ya estaba libre. Se sentó y Mía se levantó. Tú llegas y yo me voy –expresó-. No. Quédate aquí con nosotros –pedí-. Tengo que trabajar. Gracias por las bebidas. Quedas en buenas manos. Por supuesto que sí –afirmé-. Qué te pareció Mía. Es mi mejor amiga junto con Natalia. Eso me platico Mía. Me cayó bien. Es agradable. El lugar que no es lo que aparenta ser Rafael Cienfuegos Calderón De entrada, he de decir que este es un tugurio distinto a todos los que he conocido. ¡Que mira que no son pocos! Mis años los he vivido muy bien. La verdad, me he divertido mucho. ¡Y vaya que si he conocido lugares! ¿Quieres saber por qué me parece distinto? Primero, porque tiene un toque de elegancia con su puerta de entrada de madera sólida, relieves tallados y vidrios bien pulidos: no la clásica cortina obscura de tela de tapicería. Segundo, porque al llegar te recibe una hostess de aspecto agradable y hasta elegante -bien peinada y maquillada, vestida con blusa blanca de manga larga que oculta unos atractivos senos, falda negra corta que permite admirar las piernas y zapatillas que la hacen más alta: no el clásico “garrotero” de traje negro, camisa blanca y corbata o un ridículo moño. Tercero, porque antes que nada ingresas a un pequeño lobby -adornado con dos espejos de cuerpo entero pegados a las paredes laterales y una mesa de pedestal colocada al centro y en cuya base hay un jarrón largo de talavera-, donde dos mujeres igualmente guapas -como la hostess-, son las encargadas de pasarte a báscula tras pedirte amablemente que levantes los brazos y abras las piernas para checar qué armas portas: no entras directamente al establecimiento ni padeces el manoseo de los “garroteros”. Cuarto, porque el salón luce adecuadamente decorado y con una luz interior de baja intensidad; no es lúgubre ni nebuloso. Quinto, porque huele bien: no a la desagradable combinación de humedad de alfombra vieja polvorienta y aromatizante. Sexto, porque su iluminación de luz cálida y tenue a lo largo y ancho del local le da cierto toque de intimidad; no hay luces que te encandilen ni focos que se prenden y apagan intermitentemente ni de luz roja. Séptimo, porque las mujeres que dan el toque visual a la clientela no son de aspecto vulgar, visten minifalda con blusas anudadas de las puntas en la parte baja de los senos para dejar libres las curvas de la cintura y el ombligo o vestido largo entallado con escote pronunciado y abertura al costado de una de las piernas que da a las que lo portan un aspecto cachondo: no medio encueradas o con bikini o short o ropajes extravagantes. Ocho, porque la música que suena es rock-pop, el volumen es adecuado, no molesta y el sonido está bien ecualizado: no cumbias o canciones nacas que por ser moda retumban en otros antros. Nueve, porque el que estén distribuidos a lo largo del local la barra, la pista de baile y la tarima donde se exhiben las bailarinas, y ser los espacios más iluminados, crea un ambiente de confort acorde con las mesas y los sillones color pistache, crema y negros: no como esos sitios donde hay mesitas a diestra y siniestra y todo el ambiente es confuso. Diez, porque en apariencia, parece que entre la concurrencia no hay nacos y, si los hay, estarán camuflados en sus trajes y vestimentas casuales: no como cuando al entrar a algún otro tugurio de inmediato te topas con una docena de ellos. Qué te parece mi decálogo Héctor. Muy sesudo. Me cae que sí. Te quemaste el coco para describir un lugar que no es lo que aparenta ser. Tus observaciones son acertadas. Pues éste no es un tugurio, aunque pareciera que sí. Este lugar es distinto, no obstante que en apariencia lo parezca por el hecho de que hay mujeres para bailar y beber, pero a diferencia de un tugurio, no se ejerce la prostitución. Aunque, he de decirte Héctor, lo que he referido de este lugar contradice la esencia del tugurio que se caracteriza por ser un cuchitril, un antro, una bohardilla de mala muerte, de mal aspecto e inseguro que se improvisa para dar cabida a prostitutas, padrotes, nacos, chavos y rucos, drogadictos, alcohólicos, lesbianas y gays, y también a quienes como tú y yo andan de calientes. Pero aun así, lo considero un tugurio. Dame ese gusto. Por consiguiente, este tugurio al que me trajiste, podría decir que es un tanto cuanto de lujo, sin llegarle a alguno como el Men’s Club, donde todo está muy acorde para agradar a la supuesta refinada clientela de lana que los visita y donde, mamonamente, más que por prestigio, se reservan el derecho de admisión. Aunque, seguro, igual asisten todo tipo de malandrines a cortejar, billetes en mano, a las damas de la vida galante que anuncian como provenientes de Europa, del gabacho o de Brasil, y que hacen bailes privados. El inconveniente que encuentro aquí, es que está aburrido. Falta ambiente a pesar de la hora que es, de que hay clientela y un bien número de damas. Espera –mencionó Héctor-. La noche es joven y falta que aparezca la estrella del lugar. Vas a ver qué mujer. No le falta nada. Medio madura de edad, pero guapa. Cabello castaño rizado, tez apiñonada, ojos claros trigueños, labios carnosos, como de uno setenta de alto. Unos senos, unas caderas y unas piernas que ¡nombre! Que cuerpazo. No exagero. Es de esas mujeres que te dejan con la boca abierta. Ella es la razón por la que soy asiduo a este que tú llamas tugurio. Y ¿qué? ¿Ya te la echaste al plato? ¡Nombre! Qué más quisiera. Solamente en sueños. Así es que te masturbas mentalmente con ella. Por la detallada descripción que hiciste pensé que ya habías tenido oportunidad de observarla con detenimiento, lo que se logra únicamente después del encuentro sexual. ¿Te hace falta billete? ¿Es muy cara? Creo que más bien es selectiva. ¿Qué, la invitaste a tomar una copa y te dijo que no o rechazó ir a la cama contigo, Héctor? No. No. No me ha dicho ni sí, ni no. Le he dicho que me gustaría que aceptara salir conmigo, pero su respuesta es siempre una sonrisa. No un sí ni un no. Pero sin falta, todos los jueves, siempre vengo a verla y la saludo y platicamos, aunque sea sólo un rato, por su trabajo, ya sabes. ¿Entonces? Mira –me dijo-. Se sabe entre las chicas, los meseros y los bartenders, que no acepta invitaciones de cualquiera. Aquí vienen, dicen, inversionistas, comerciantes y pequeños empresarios, hasta jugadores de futbol, que beben coñac o whisky y son conocidos porque dejan muy buenas propinas. De ellos sí acepta invitaciones y hasta se comenta, tiene encuentros privados fuera de aquí y que inclusive, sin que nadie lo pueda confirmar, acaban en sexo por la simple lógica de que quién va a gastar en una mujer que no acepta ir a la cama. Y tiene una característica, que nunca se va de aquí acompañada por nadie de quienes la cortejan. Es difícil saber si se acuesta con sus clientes, aunque si no fuera así, me pesa admitirlo –recalcó- no traería el Seat León último modelo que maneja ni viviría en un departamento de la Nápoles. No pues sí, Héctor. De eso no hay duda. ¡Imagínate! Si fuera maestra, menos. Así es que esto se ambienta hasta que llega ella. ¿Acaso es la reina de la fiesta? Aunque no lo creas, así parece ser. A su llegada llama la atención. Las miradas se depositan en ella y sus acompañantes, que regularmente son dos chicas, también de buen ver. Cómo las que están ahí enfrente, junto a la barra –pregunte-. Mejores –contestó Héctor-. Aunque, tienes que aceptar –me dijo-, aquí no hay mujeres feas. Te diré Héctor, si a éstas las vemos guapas y buenas, con haber tomado apenas dos copas, ¡imagínate! a la quinta, las vamos a ver mucho mejor que a la susodicha y, a ésta, mejor que la Diana Cazadora. Ambos reímos con entusiasmo. Antes de las 10 el local estaba lleno, apenas unas mesas vacías, y en la barra -cuyo espacio estaba bien iluminado- la chica y los dos chavos que la hacen de bartenders, andaban en chinga loca. Era un ir y venir, también, de los meseros. Algunas de las mujeres –jóvenes todas- que atienden a la clientela y aún no recibían invitación para sentarse en una mesa, recorrían el lugar y otras permanecían en algún lugar visible -como lo es todo el salón- moviéndose al ritmo de la rola de Prince que sonaba en las bocinas, a la que siguió la que grabaron a dúo Bowie (David) y Jagger (Mick), cuyo video se proyectaba en las pantallas y yo veía de reojo. De repente se oyó una voz decir en tono alto y jubiloso: ¡“Y llegó la gran puta”! Al instante, como un chispazo, llegó a mi mente la ves que leí, hace muchos años en una columna de la sección de cultura de un periódico de la capital, la misma frase: ¡“Y llegó la gran puta”! En ella se comentaba el error que se cometió en la crónica que publicó la gaceta o revista del Instituto Nacional de Bellas Artes, no recuerdo exactamente el tipo de publicación, sobre la llegada de la Primera Dama de México a un evento sociocultural, cuando corría el sexenio de 1976-1982. Error o mala leche -había la duda de que alguien le pudo haber metido mano al texto en momentos previos a la impresión-, el caso es que al titular de esa dependencia del gobierno federal le costó la chamba y, según se rumoró y especuló, una madriza de parte del hijo de la mujer ofendida, quien gozaba de total impunidad por ser vástago del presidente de la República. Héctor me sacó de mis cavilaciones. Con un aleteo de su brazo, que con el codo golpeó el mío, llamó mi atención para que viera hacia la puerta. Se oyeron cuchicheos y comentarios sobre los atributos físicos de la mujer que hacia su entrada al salón perfilando una amable sonrisa. No únicamente mis ojos y los de Héctor, sino los de muchos se clavaron en la figura femenina que con paso pausado caminaba hacia el interior del salón luciendo un vestido color vino de cuello redondo sin mangas, un collar de perlas falsas de diferente tamaño que iban de las más pequeñas que rodeaban el cuello debajo de la nuca, a las más grandes que se posaban sobre la curvatura de los senos. Su cabellera ensortijada color castaño que caía en sus hombros le daba un aire jovial y su sonrisa mostraba unos labios carnosos. A su paso ofrecía saludos con una leve inclinación de la cabeza que giraba a la izquierda, a la derecha o permanecía recta hacia el frente. Más de diez se levantaron para hacerle una caravana, saludarla de mano y ofrecer un gesto de cortesía, o invitarla a seguir adelante con un movimiento de mano, como le hacen los toreros. Entre el alboroto se escuchaba la voz de Madonna cantando Como una Virgen. Unos instantes después, la recién llegada y dos mujeres más jóvenes que ella, vestidas de chamarra corta y pantalones de cuero, ya ocupaban una mesa instalada entre la barra y la pista de baile, a la que seguía el tablado donde las bailarinas que lucían atrevidos bikinis, pelucas de colores verdes, morados y rubio, y zapatillas de plataforma, retorcían sus delgados cuerpos. He de decirte Héctor que no te equivocaste al describirla. A reserva de corroborarlo de cerca, parece que, en efecto, es una mujer muy guapa y de porte elegante, atributos por los que le rinden pleitesía. Y ella lo disfruta. Se sabe admirada y deseada por esos perros que se la comen con la mirada y que, como tú Héctor, hasta se masturban recordando su cuerpo. Te equivocas –replicó-. Yo no soy un libidinoso. Yo la admiro no únicamente por su belleza o por su cuerpo bien formado, que quisieran tener muchas mujeres, sino también porque cuando me acerco a saludarla es atenta, me regala una sonrisa y me da la mano, porque me pregunta cómo estoy y cómo me va, porque agradece mi cumplido cuando le digo que cada vez la veo más guapa y, porque, aunque de seguro sabe que me gusta, aunque yo no se lo he dicho, no me ignora. Es amable. Estás cabrón Hectorcito. Qué digo cabrón. Estás jodido Hectorcito. Güey, estás enamorado de ella. No sólo te gusta. Estás embelesado, encariñado, prendado, seducido, apendejado. Te das cuenta cuantos sinónimos utilicé para decirte lo que te pasa. Con razón no sales de este tugurio. No es tanto que sea un lugar agradable, sino que es donde está ella todas las noches. ¿Cada cuándo bienes? Todos los jueves. Y ¿desde cuándo? Desde hace más de un año. Unos cinco o seis meses después de que empezó a trabajar aquí, como las mayoría de las chavas, atendiendo a los clientes, fichando y bailando con ellos. Y haciéndoles bailes privados –inquirí- Aquí no hay eso. ¿Y a ti ya te atendió así? No. ¿Por qué no? Porque como ya nos conocíamos, de cuando era mesera en un restaurante-bar de la Zona Rosa, cuando me vio aquí se sorprendió, y aunque yo pedía que ella me atendiera, siempre se negó, enviaban a otra. A si es que ya la conocías. Sí. Y ¿cuánto tiempo hace de eso? Unos cuatro años. No chingues Héctor. O sea que desde que la conociste te gustó. Cambio de trabajo y la seguiste. Y ni antes ni ahora, mucho menos ahora, que sabe que le puede sacar mucho provecho económico a su cuerpo, dejará que la cortejes o aceptará ir a la cama contigo. No tanto por mantener ante ti una imagen de decencia o porque piense que no puede obtener de ti gran cosa. Más que nada, creo, porque sabe que estás enamorado de ella y porque te considera una buena persona. Porque no te quiere joder más de lo que estás. Ahora hasta psicólogo me resultaste. Me juzgas y me hablas como si supieras todo de todo. Si estoy enamorado o no, ese es mi problema. Si piensas que es una pendejada lo que hago, no me importa. Te insistí por mucho tiempo para que aceptaras acompañarme a este lugar porque está bien, hay buen ambiente, buena música y mujeres de buen ver, que es lo que a ti te gusta, y para que conocieras a Magdalena, que así se llama, pero no esperaba que me analizaras. Ya lo hiciste. No hay bronca. Nada más no sigas. Héctor mi intención fue hacerte un comentario de amigo. Hemos andado en muchos cotorreos, nos hemos corrido borracheras de antología, y pasado momentos a toda madre en cantinas, bares, tugurios, prostíbulos y cabarets, que lo menos que quise fue llamarte la atención sobre tu comportamiento. Te pido disculpas Héctor. Vamos a divertirnos. Llamemos a unas muchachonas. Yo no. Estoy bien. Tú jálate una. Y qué Héctor, ¿vas a estar como el chinito nomas mil ‘ando? Reí amistosamente y Héctor movió la cabeza negando, pero sin decir nada. |
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Rafael CienfuegosRafael Cienfuegos Calderón cursó la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y se inició como reportero en 1978. Se ha desempeñado como tal en el periodismo escrito, principalmente, y ha incursionado en medios electrónicos (Canal Once Tv) y en noticieros de radio como colaborador. Archives
August 2025
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