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CAPITULO SEIS
Desde que me hizo la recomendación un gran ex amigo, he tenido la intensión de leer la Biblia -la que sea, dijo, pues tengo entendido que hay varias versiones y creo que cualquier puede ser buena-. La verdad, yo no tengo ni la más remota idea de cuál es la mejor y creo que la que sea me daría igual –le hice saber-. El caso es que después de muchos años no lo he hecho, no porque se trate de un escrito religioso, sino porque no me ha interesado. Léela –insistió en otras ocasiones- simplemente como lo harías con un libro de historia universal, aunque la Biblia tiene el atractivo de que está muy bien escrita –argumentó-. A ti que te gustan las novelas y los relatos históricos, los cuentos, estoy seguro que te van a llamar la atención los pasajes de la Biblia sin peligro de que pierdas tu ateísmo. Si por convencimiento, a pesar de que eres católico, no te interesa profesar ninguna religión, la lectura de la Biblia no te va a hacer cambiar. Poco tiempo después me hizo saber que hay 39 libros que en versión protestante numera el Antiguo Testamento, 46 en la versión de la iglesia católica y 51 de la ortodoxa. Puedes comenzar con cualquiera de las tantas que hay. Es cosa de que te animes y lo abordes con una visión meramente literaria. En mi casa familiar de soltero nunca hubo una Biblia y tampoco se habló de ella. Íbamos, sí, cada domingo a misa por decisión de mis padres, por cuyo interés hice la primera comunión, pero de ahí no pasó nada conmigo. Tampoco recuerdo a la abuela materna -que fue con la que conviví hasta los seis años de edad antes de que nos mudáramos a la casa que mi papá construyó y le regaló a mi mamá en uno de sus cumpleaños- o a alguna de las tías leyéndola, no obstante que eran creyentes de la religión católica. Recuerdo que años más adelante, ya casado, cuando viajaba a algún estado del país en cumplimiento de alguna actividad de trabajo, en varios hoteles había biblias con la leyenda “ejemplar gratuito” dispuestas en el cajón de algunos de los buros para que los huéspedes se las llevaran si querían. Nunca tomé una ni para ojearla. Pero he de decir que he puesto atención a algunas de las historias que cuentan sobre Dios y el Diablo -mi prospecto de entrevista- personas que han leído alguna de las tantas versiones de la Biblia y que, en mi opinión, porque las conozco y las he tratado, no son fanáticas, sino devotas. Alguien relató que el Diablo es un ángel expulsado del Paraíso que se convirtió en un espíritu maligno enemigo de Dios y que es representado como una figura humana deformada con cuernos, cola y, a veces alas. Pero que también hay la idea de que es un ser magnífico, sobre el que el profeta Ezequiel destaca la belleza y perfección con que fue creado y hace una defensa de él al escribir que la simplista vinculación con el macho cabrío, cuernos y rabo incluidos, deriva probablemente de que la cabra solía ser un símbolo de fertilidad y perversión en la antigüedad. Supe además que la versión o la imagen que de él se tiene como Diablo, de que es un monarca infernal, se basa en gran medida en diversos escritos literarios, en especial los de Dante de Alighieri y John Milton, y que en muchas creencias y mitologías está presente la figura del Diablo o Lucifer o Satanás o Belcebú o Leviatán o Demonio, mostrándose siempre como contrario a la divinidad. Aunque la Divina Comedia la leí en mi tiempo de estudiante de bachillerato en el CCH-Oriente, me di a la tarea de consultar información ya analizada y digerible sobre la obra de Dante, porque, debo admitir, me parece que la historia es compleja y difícil de digerir. Y me sorprendió la bastedad de ofertas que hay al respecto. De entre los portales de internet que consulté, está La voz del medievo que ofrece el texto Lucifer en La Divina Comedia, en el que se dice que Dante describe que es guiado por Virgilio a través del Infierno y el Purgatorio. Qué en la primera instancia, debe atravesar lugares tenebrosos y llenos de maldad, donde cada pecado tiene su lugar. Que luego de recorrer los ocho primeros círculos, llegan a la residencia de los traidores, que es el noveno y está subdividido en La Caina (aludiendo a Caín, traidor y asesino de su hermano Abel), La Antenora (aludiendo a Antenor, traidor troyano), La Tolomea (aludiendo al rey egipcio Tolomeo, traidor de su huésped, Sexto Pompeyo), y por último, La Judeca (aludiendo al más grande traidor, Judas Iscariote). Que en esta última zona reside Lucifer, el principio de todo mal y que es él quien castiga a los felones de las más altas instituciones creadas bajo la mano de Dios para el bien del hombre. Que son tres y están apresados en las tres bocas de Lucifer: Judas Iscariote en el medio, traidor de Cristo y por tanto de la religión cristiana. Y en las bocas laterales están Marco Julio Bruto y Cayo Casio Longino, que conspiraron contra Julio Cesar y por ello, son considerados traidores del Imperio, que en ese tiempo se pensaba como la representación terrenal de lo divino. Que Dante, a su llegada al noveno círculo, queda sin habla y se siente sin vida y sin muerte, como en una especie de trance. Virgilio lo guía más cerca de la criatura y Dante lo describe como un ser de dimensiones ciclópeas que posee tres rostros (uno rojo, uno blanco-amarillo y otro negro) y tres pares de alas sin plumas, más semejantes a alas de murciélago, que con sus aleteos prolongan el perenne invierno que rodea al lago Cocito. A los tres rostros corresponden seis ojos lagrimosos y tres bocas de las que descienden llanto y una baba sangrienta, proveniente de los tres traidores. Luego de lo anterior, mi desconocimiento sobre la obra de John Milton me llevó a buscar y dar con La Biblioteca del Diablo, lo que me hizo exclamar ¡ay güey, qué mello! Blog de Diablologia y Demonología que analiza al Diablo Trágico del que se habla en El Paraíso Perdido, “Reinar vale la pena, aunque sea en el Infierno: mejor es reinar aquí que servir en el Cielo”. Esta frase es destacada por ser una de las primeras intervenciones que el escritor inglés pone en boca del Diablo, cuya caracterización en el poema trágico que más páginas ha dedicado al Diablo, es un verdadero compendium infernale en el que genialidad poética y erudición teológica se dan la mano, que supone una revolución en la forma de ver y pensar al rey del infierno. El Paraíso Perdido narra –según el blog- el relato bíblico del Génesis de la creación de Adán y Eva y su posterior expulsión del Paraíso por quebrantar la prohibición interpuesta por Dios de no comer el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Pero a pesar de que dicho relato sea el eje argumental de la obra, uno de los grandes protagonistas es el personaje de Satanás, el cual aparece prácticamente en los doce libros de que consta el poema y en torno al cual Milton desarrolla una mitología diablológica como nunca antes se había hecho en la historia de la literatura. Y aquí está lo que me interesó mucho. El poema comienza con Satán y su hueste de ángeles rebeldes yaciendo derrotados y humillados en un lago de fuego. Dicha derrota es producto de una segunda y definitiva guerra en el Cielo frente a los ángeles leales a Dios. Pero esa humillación es rápidamente sustituida por un sentimiento de venganza, presentando a un Diablo soberbio y altivo que se crece en la adversidad, tanto que consigue con sus palabras elevar el ánimo de sus legiones para emprender su vengativa misión de hacer caer a los primeros padres de la humanidad. Aquí comienza Milton a desarrollar esa mitología diablológica. En los primeros libros, presenta con detalle ese lugar en el que se hayan los ángeles rebeldes, un abismo ardiente cuyas lenguas de fuego envuelven a los caídos, pero sobre el cual Satanás hará surgir un palacio, el Pandemónium, que será la nueva morada de su ejército y lugar de reunión para debatir sobre sus futuras acciones. En dicho consejo infernal, Milton hace desfilar toda una panoplia de nombres de ángeles al mando de Satán cuya inmensa mayoría son divinidades paganas demonizadas siguiendo la tradición iniciada en los primeros siglos del cristianismo. Casi ocho horas continuas de uno de los cientos de días que ya duraba el encierro, fue lo que calcule había dedicado a la búsqueda y lectura de información sobre el Diablo que me permitiera, llegado el momento, estar a la altura de tan ilustre entrevistado, al cual no podía mostrarle desconocimiento sobre lo mucho que se dice y se ha escrito sobre él, y mucho menos permitirme ser irresponsable en el ejercicio de mi profesión. Y como tengo por costumbre leer y escribir acompañado de sonidos musicales de fondo, busqué durante varios días y escuché canciones relativas al personaje al que más tiempo he dedicado en el desempeño de mi profesión. Así, Simpatía por el Diablo, con Los Rolling Stones, The devil in your heart , con los Beatles, The devil in disguise, con Elvis Presley, Lucifer, con El Ritual, Diablo con vestido azul, con Los Rockin Devils, El diablito loco, con Leda Moreno, Mi amigo Satán, con Joaquín Sabina, y, entre otras, Laughing With, de Regina Spektor, Me and the Devil, de Soap & Skin, Devil's Dance, de Metallica, One of Us, de Joan Osborne, God Knows I'm Good, de David Bowie, Litle Devil, de Neil Sedaka. Además de las rolas de Van Halen, Running With The Devil, de Ohio Players, Runnin From The Devil, de Johnny Cash, Mean As Hell, de Primus, The Devil Went Down To Georgia, de Max Romeo, I Chase The Devil, de Jeff Beck, Devil’s Haircut, de Motley Crue, y de Iron Maiden, The Number Of The Beast, me deleitaron e hicieron compañía. O sea, yo clavado con el tema. Más que enajenado o más que casado con él. Y aunque me daba cuenta de ello, no me era posible parar, al grado de que a algunos de mis familiares y amigos les envié mensajes de Wattsap para pedirles que me hicieran saber ¿qué le preguntarían al Diablo? La mayoría no respondió. Me desconcerté. Le di vueltas al asunto, pero no fui capaz de dilucidar por qué razón, pues desde mi punto de vista la pregunta que les hice la podrían haber tomado como una chanza, algo para divertirse. Sin embargo, entre los que sí atendieron mi petición, hubo quienes se manifestaron sorprendidos -o así me lo pareció-, y lo hicieron notar a través de sus comentarios. –Me sentí molesto al terminar de leer sus mensajes, y al tiempo que dejaba de un salto la silla en la que estaba sentado, me llevé las palmas de las manos a la cabeza y expresé-. ¡Válgame! ¿Cómo es posible que salgan con esto? Más bien yo fui el sorprendido porque nunca imagine que la pregunta causara aversión, aunque, reflexioné, posiblemente para algunas personas, para muchas o muchísimas, hablar del Diablo es algo malévolo. ¿Perdón? ¿Qué te pasa güey? ¿Cómo crees? ¿Estás poseído? ¿Acaso sabes quién es el Diablo? ¿Lo has visto? ¿No tienes temor de Dios? ¿Te quieres ir al infierno? ¿Por qué se te ocurren esas cosas? ¿Yo, preguntarle algo? Esas reacciones me llevaron a hacerles saber que como estoy preparando una entrevista, precisamente con el Diablo, el mismísimo rey del averno, me interesó saber si habría algo en particular que los inquiete o llame la atención y le quisieran preguntar a tan mentado, temido, caricaturizado, vilipendiado, desacreditado, y hasta posiblemente difamado personaje, independientemente de si profesan alguna religión o no. Y sin que me lo esperara generé en el wattsap un intercambio de opiniones a través de preguntas-respuestas en torno al Diablo. Participante 1: Si el diablo no existe ¿cómo es que lo quieres entrevistar? Yo: ¿Por qué afirmas que no existe? Participante: Porque es un invento. ¿Quién lo ha visto? ¿Qué aspecto físico tiene? Yo: A Dios tampoco nadie lo ha visto ni se conoce su aspecto físico y, en cambio, se cree en él, se le rinde culto y hasta se le atribuyen milagros como el de la vida, por ejemplo. Participante 2: A mí se me hace que estas chiflado, ido, completamente loco, que ya te contagiaste del virus, que además de los pulmones te está secando el coco. Yo: Nada de eso. Estoy sano y salvo. ¿Por qué no hablar del Diablo como si se hablara de Dios, si a ambos se les tiene presentes y teme por igual? Porque si se presenta un temblor, por ejemplo, lo primero que expresan más que nada las mujeres, es algo relacionado con la protección que esperan del divino o se dicen palabras relacionadas con la intervención que tiene el maligno en las catástrofes naturales, las calamidades y el surgimiento de plagas que enferman y matan como la del virus que hoy nos tiene en jaque a todos en el mundo. Participante 3: ¡Dios te va a castigar por pensar en su peor enemigo, en quien lo traicionó! Yo: ¡Ah! ¿Entonces tú crees que el que castiga los pecados de las personas es Dios y no el Diablo, porque solo él tiene ese poder? Participante 4: ¿Qué, acaso te vas a parar frente a la carta del juego de lotería en la que aparece, lo vas a saludar ¡hola Diablo!, y le vas a hablar como si fueras un merolico? Yo: No lo sé. Aunque espero verlo, tenerlo frente a mí, observar sus gestos, estudiar sus movimientos y descubrir su fisonomía, por muy metafísico o loco que suene. Participante 5: Oye, pero si es como lo pintan, se te van a caer los calzones cuando lo veas. Yo: Es posible que sí, o peor, que hasta me cague. -¡Ja, ja, ja!- Participante 6: ¿Si es imposible hablar con Dios, más lo será con el Diablo? Yo: Te equivocas. Dicen que a Dios le puedes hablar a través de oraciones, de pensamientos, de agradecimientos, de pedimentos y de ruegos, y lo que sería un supermilagro, de Ripley, es que respondiera con palabras, porque según se dice la respuesta la percibe cada quien a su modo o la inventa. Con el Diablo a lo mejor es igual. Aunque espero que no. Participante 7: Para que sepas si verdaderamente es el Diablo, ¿le vas a pedir identificación? Yo: ¡No manches! Que pinche bobada la tuya. Participante 8: Suerte en tus satánicos sueños. Yo: Gracias, porque sí voy a necesitar mucha, mucha suerte. Me llamó la atención de los comentarios que la mayoría incrédulamente da por hecho que el Diablo no existe, que es una invención, aunque, todos sepamos algo de él y lo mencionemos sin rubor o temor alguno. Para documentarlos, como me documenté yo, les envié por partes la siguiente cronología que publicó en mayo de 2016 la BBC News Mundo para dar respuesta a la pregunta: ¿Si la mayoría de las personas en el mundo cree que el Diablo no existe, como se explica que al paso del tiempo, en diferentes épocas y bajo una óptica particular, religiones, teólogos, filósofos y especialistas, entre sacerdotes, pastores, teóricos, predicadores y académicos, además de escritores como Dante o Milton y otros, se ocupen de él, y que esté incluido en los pasajes bíblicos? Si alguien te pidiera que te imaginaras al Diablo, probablemente la imagen que te vendría a la mente sería la de un demonio con un tridente en la mano. Sin embargo, durante cientos de años, el Diablo cristiano no aparecía en el arte religioso. Cuando eventualmente hizo su aparición, era azul y no tenía ningún cuerno ni pezuñas. La familiar imagen que tenemos de él surgió a través de generaciones de artistas y escritores que tomaron lo que dice la Biblia sobre Satanás y lo fueron reinventando a lo largo del tiempo. - En la Biblia judía, el Diablo es otro agente de Dios haciendo su labor. Ese personaje fue desarrollado por los cristianos hasta tornarlo en la representación de la maldad suprema. - Satanás tomó la forma de una serpiente y tentó a Eva y Adán en el Jardín de Edén. No hay ninguna mención del Diablo o Satanás en el libro de Génesis. Fue sólo más tarde que los cristianos interpretaron que la serpiente era una encarnación de Satanás. - Satanás fue expulsado del cielo, tras desafiar la autoridad de Dios. En la Biblia, un personaje misterioso es expulsado del cielo por rebelarse contra Dios. La caracterización de Satanás como un ángel caído se deriva de esa tradición. - Satanás gobierna el infierno, y le inflige tortura y castigo a los pecadores. En el libro de las Revelaciones, se profetiza que Satanás será enviado al infierno. Sin embargo, no tiene un estatus especial y sufre las mismas torturas que los demás pecadores. - Las caras del Diablo. En los primeros siglos del cristianismo, no había mucha necesidad de representar la maldad en el arte religioso. Los cristianos creían que los dioses paganos rivales, como el egipcio Bes o el griego Pan, eran demonios responsables por las guerras, las enfermedades y los desastres naturales. Cientos de años más tarde, cuando el Diablo llegó al arte occidental, algunas representaciones incorporaron los atributos físicos de esos dioses, como el vello facial de Bes y las patas de cabra de Pan. - El diablo medieval. En la Edad Media surgió un retrato de Satanás más reconocible. Fue una época de inmenso sufrimiento, que se empeoró con el brote de peste bubónica, la pandemia más devastadora de la historia humana que mató a millones en toda Europa. Como la Iglesia no podía proteger a los creyentes de la enfermedad, las representaciones de Satanás se centraron en los horrores del infierno, reflejando el estado de ánimo del momento y recordándoles a los fieles que se abstuvieran de pecar. - Propaganda endiablada. Hay una larga tradición de asociar al Diablo con los enemigos del cristianismo dentro y fuera de la Iglesia. Cuando la Iglesia se dividió, tanto los católicos como los protestantes se acusaron mutuamente de estar bajo la influencia del Diablo. La propaganda utilizó imaginería juguetona y grotesca para mostrar la corrupción. - Hechizos y seducción. A principios del período moderno, se acusaba a personas de hacer pactos con el Diablo y practicar brujería. Satanás a menudo era representado como un seductor y se consideraba que las mujeres eran particularmente vulnerables a sus encantos. Las imágenes mostraban mujeres en confabulaciones sexuales con el Diablo, aprovechando la tradición de condenar a las mujeres a ser el sexo débil, más dadas a caer en el pecado por ser incapaces de dominar sus deseos carnales. - Un diablo iluminado. Los escritores y pensadores del movimiento de la Ilustración, durante el siglo de las luces, reinterpretaron la historia del Diablo para que se ajustara a las preocupaciones políticas de su época. John Milton describió un Lucifer psicológicamente complejo, mientras que los textos religiosos anteriores habían examinado la motivación de Satanás para condenarlo. El Lucifer de Milton es un personaje atractivo y solidario que encarna los sentimientos de rebeldía del republicanismo del siglo XVII. Para algunos artistas románticos y de la Ilustración, Satanás era un rebelde noble que libraba una batalla contra la tiránica autoridad de Dios. - Animal político. Cuando la ciencia pudo explicar la muerte, la enfermedad y los desastres naturales, el Diablo fue el más amenazado. Fue entonces cuando un Diablo urbano y sofisticado entró a la escena. Siguiendo una larga tradición de identificarlo con enemigos políticos y religiosos, el Diablo se usó para ilustrar a la oposición política en caricaturas y sátiras. Además, encontró su lugar en el mundo comercial, al convertirse en sinónimo de indulgencia pecaminosa, por lo que aparece en propagandas para vender desde chocolates y champaña hasta autos de lujo. Por otra parte, les hice saber, además, que se dice que Dios ha creado todo lo que siempre ha sido, lo que es o lo que será, que incluye seres físicos y la materia, así como seres espirituales. Que Dios es el único que tiene el poder de ser en sí y de sí mismo, entendiendo con ello que no tiene principio ni final, y que es autoexistente. Que, por lo tanto, todos los demás seres fueron creados por Dios y le pertenecen a Dios. Que los inicios de Satanás fueron en el cielo, que fue creado como uno de los querubines y que era perfecto hasta que se halló en él maldad. Que la Biblia describe el orgullo como la raíz del pecado de Satanás. Que antes de que Satanás fuera expulsado del cielo, debió haber sido muy hermoso por dentro y por fuera. Que Satanás fue creado "perfecto", y su pecado fue su propia culpa. Que sería un error creer que Dios creó a Satanás con el pecado que ya estaba presente en él. Que Dios es santo y no crea nada que sea contrario a su propia naturaleza. Que mientras es correcto decir que Dios creó a Satanás, nunca es correcto decir que Dios creó el pecado en Satanás. Que Satanás eligió su propio camino. Que Dios nunca puede tentar a nadie, aunque ha creado un mundo donde el pecado es posible. Y, que algún día, Dios va a poner fin a Satanás y a todo el pecado, mediante el confinamiento de él y sus seguidores al castigo eterno. Después de esto, quedé convencido de que, aunque no sé qué hayan pensado quienes lo leyeron porque no recibí comentario alguno, lo anteriormente disertado me pareció un gran breviario cultural.
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CAPITULO CINCO La ocurrencia de la entrevista surgió –debo admitir- como alternativa a mi casi convencimiento de que no tengo el felling para escribir algo más que no sean notas informativas, crónicas y reportajes. Y lo que he escrito y acumulado de eso que llamo relatos –según yo literarios, que me he atrevido a publicar en mi blog-, es solo vanidad. Y la elección del Diablo, también confieso, fue con el propósito de que la entrevista resulte única, original y de interés para todos los creyentes y no creyentes de todas las religiones porque ¿para quién es desconocido el Diablo? -Según yo, para nadie-. Sin embargo, a esto que podría considerar mi autojustificación, agrego otro motivo. Uno que yace muy en el fondo de mí y que emergió del subconsciente a partir de la ocurrencia de la entrevista. Un recuerdo de la niñez que a mis seis décadas y seis años de vida no logro desentrañar si ocurrió o si fue producto de la imaginación o si acaso mera sugestión causada por las historias de miedo que inventábamos, de acuerdo a nuestro grado infantil para fantasear, en uno de los cuartos de la casa de la abuela materna que formaba parte de la ampliación en construcción. Éramos uno de mis primos, dos amigos y yo; rondábamos los seis o siete años de edad; serían las siete y media de la noche de un día caluroso de mayo cuando ingresamos a la obra para husmear entre un montículo de tablas, polines y paneles de madera, entre las latas metálicas en las que los albañiles acarreaban la arena, la grava, el agua, y la mezcla de cal y la revoltura de cemento; movíamos los royos de alambre y lanzábamos de un lado a otro los cuadros y rectángulos de alambrón con los que se forma el esqueleto de las trabes y los castillos; había clavos de diferentes tamaños regados en el piso y metíamos mano en una caja rectangular de madera que contenía herramientas, de la que sacamos el estuche en el que la cinta metálica del metro de medir se enrolla, el martillo, un pesado mazo de regular tamaño que apenas lográbamos sostener en nuestras frágiles manos, y un hilo enredado en un pedazo de madera que asemejaba la forma de un bolillo, con los que empezamos a jugar adoptando los papeles del maestro albañil y los chalanes, que sabíamos mi primo y yo, porque así los veíamos diario, es la manera en que se diferencian los trabajadores, que ya habían construido dos largos cuartos cuyas paredes estaban listas para ser repellados con yeso, así como los techos, que mostraban hileritas de bordes que se formaron por el escurrimiento de concreto entre las rendijas de las tablas a la hora del colado. Tras alrededor de 40 o 50 minutos en los que además intentamos y logramos incrustar en una tabla no recuerdo cuantos clavos cada quien sin machucarnos los dedos, encuclillados, sucios de tierra y cal los pantalones de las rodillas para abajo, así como los zapatos, decidimos sentarnos a contar historias de fantasmas y de miedo, para lo cual colocamos encima de la caja de herramientas un polín largo a modo de sube y baja, y mediante dos rondas del juego De Tín Marín, de Do Pingüe, Cúcara, Mácara títere fue, yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, que ella fue, se decidió que nuestros amigos invitados se montaran cada uno en el extremo del madero y mi primo y yo nos sentamos en el fondo de unos botes que volteamos. Ya instalados dimos rienda suelta a la imaginación con la contadera de historias que iban de fantasmas y brujas, a dragones lanza fuego, duendes y figuras que veíamos en las caricaturas que pasaban en la televisión blanco y negro, que describíamos como espantosas porque distorsionábamos sus cuerpos, sus manos y dedos, la cara con ojos saltones, la boca chueca, con un tercer ojo en la frente, que asegurábamos aparecían en los rincones de nuestros curtos oscuros y salían de debajo de la cama o de atrás de la puerta. No había límite a la fantasía y la dejábamos volar. En momentos todos hablábamos a la vez, nos interrumpíamos y cada uno queríamos sobresalir con exageradas historias que acompañábamos con movimientos de brazos y manos, y gestos de la cara con los que intentábamos hacer una descripción gráfica de los personajes. En medio del vocerío, de repente, mi primo pidió con un grito: ¡Déjenme hablar! Los invitados y yo nos callamos. -Con voz pausada y queda dijo-: Es que el otro día, vi al Diablo. ¡Oooh! –Exclamamos-. En los rostros de los amigos vi el reflejó de la sorpresa. Yo me sobresalte y quedé con la boca abierta por haber escuchado mentar a quien dicen nuestras mamás se nos va a aparecer si seguimos portándonos mal y no obedecemos. En un reflejo, moví los hombros hacia arriba y la cabeza pareció sumirse, los brazos quedaron medio alzados con los dedos de las manos a medio cerrar, y pegados a las costillas los codos; los ojos los tenía abiertos más de lo normal. A excepción de mi primo, que ni sufría ni se acongojaba, pues se mantenía en estado calmo, los demás teníamos una expresión de estupefacción, más bien creo que de miedo. Nos quedamos mudos. Nadie decíamos nada. Los tres teníamos los ojos clavados en el rostro de mi primo. En medio de ese silencio, me di cuenta de que el efecto de turbación y angustia que nos produjo la palabra Diablo, en ese lugar, en ese momento de la noche y en medio de nuestra fantasiosa plática, era contrario a la reacción de burla e indiferencia que me causaba la advertencia de que el Diablo se aparece para asustar a los niños que son desobedientes con sus papás, que dicen groserías y mentiras, que no estudian y que son traviesos. Mi primo, seguía sereno y serio, imperturbable. Nos recorrió con la vista a los tres girando la cabeza de izquierda a derecha; con voz pausada, emulando a los contadores de cuentos, comenzó diciendo: El otro día, me fui a acostar antes que mis hermanos, y luego de que me dormí, me desperté y vi, aunque por la ventana casi no entraba la luz del foco del patio, una sombra en el cuarto, era la de alguien que no sé quién, pero no la de mi papá, esta era más grande. No me dio miedo. Estaba parado casi enfrente de la cama, pero a un lado, junto a la puerta, se reía quedito y se agarraba con una mano los pelos negros que tenía debajo de la boca, y su cara era roja, igual que el cuerpo, y se le veía una cola, como la de una rata, que se movía. No hablaba, solo se reía y enseñaba sus dientes. ¿Tú quién eres? -dijo mi primo que le preguntó cubriéndose con la cobija la mitad de la cara, dejando libres sus ojos-. ¡Habla!, ¿qué quieres?, ¿por qué entraste a mi cuarto? ¡Dime algo! ¡Ya deja de reírte! ¿Por qué estas pintado de rojo y tienes esos cuernos y esa cola?, ¿es un disfraz para una fiesta?, ¿eres el payaso? ¡Vete! ¡Si no te vas, voy a gritar! –recuerdo que nos contó, además, que su voz era tan queda, que le pareció que únicamente él la escuchaba-. ¿No lloraste? –Preguntó uno de nuestros amigos invitados, que sin esperar respuesta comenzó a contar: Es que dice mi tía Moni que el Diablo es malo, que está muy feo y que cuando se aparece espanta porque le brillan los ojos-. No me dio miedo, por eso no lloré –respondió mi primo-. ¿Y si te roba o te lleva para comerte? –Insistió el otro-. Me dijo que si me gustaban los dulces y los chicles y los algodones de azúcar y las paletas y los raspados de hielo y jugar a la guerra como soldados y apaches y los cochecitos y las canicas y mecerme en el columpio y la resbaladilla y los payasos. Yo le contesté que sí. Y él me dijo que si yo quería me llevaba al parque y que me compraría todo lo que quisiera y que me subiría al columpio, que ya no fuera a la escuela para no tener que estudiar y no ver a la maestra y a las niñas y niños que no me gustan y molestan, y no hacer tarea y pasar el día jugando. Y luego yo le dije que no, porque se enojan mis papás y entonces –ese entonces lo acompañó con la elevación de los brazos, mostrando las palmas de las manos y los dedos extendidos-, fue cuando el señor que estaba en mi cuarto se enojó y abrió la boca y sacó una lengua larga que movía de adentro para afuera y sus ojos echaban chispas de lumbre y levantaba el palo con tres picos que tenía en su mano. Lo primero que dijo fue yo soy el Diablo y no puedes decirme que no a nada. No hagas caso a tus papás. Pórtate mal. Hazlos enojar. Pégales a tus hermanos y a los niños más pequeños que tú. Si no me obedeces te voy a llevar conmigo muy lejos, te voy a echar al fuego para que te quemes y tu cuerpo se ponga rojo como el mío. Te quitaré tus juguetes, ya no iras al parque, ya no veras a tus hermanos ni amigos y tendrás que trabajar para que comas, para que te vistas, para que tengas una casa. Pero todo te lo puedo regalar si vienes conmigo. Entonces –siguió contando mi primo- le dije que no, no y no. ¡Vete! ¡Quiero a mi mamá! Papá aquí hay un monstruo que me quiere llevar. ¡Ven! Y agregó que empezó a llorar, y a gritar con miedo y desesperación. Que abrió los ojos tras sentir un rato en su cuerpo unos brazos calientitos que lo arropaban y que en ese momento se sintió contento al ver a su mamá y escuchar su voz que le decía, no pasa nada, ya estoy aquí, estabas soñando. Y le daba besos. Que eso pasó y que luego mi tía le dijo que el Diablo no existe. Tampoco las brujas y los fantasmas, que son dibujos y caricaturas de los cuentos que inventan para hacer historias de miedo. Cuando terminó mi primo, para no quedarse atrás, uno de los dos invitados -que he pasado por alto precisar eran hermanos-, comenzó a contar que hay muertos que se aparecen en la noche y andan recorriendo las casas sin que sus pies toquen el suelo y que lo que quieren es espantar a la gente, escondiéndose y jalando las cobijas de la cama. Que su prima, la grande, una vez cuando estaba acostada, sintió la mano del muerto y que por eso la llevaron a la Iglesia para que el padre le echara agua bendita. Y que otra vez escuchó a alguien decir que hay lugares en los pueblos de muy lejos en los que se ven sombras como de personas o animales con cuernos y alas que son negros y no les gusta la luz, que salen en la noche para buscar a la gente que es mala y que se emborracha y que dice malas palabras y que les pega a sus hijos y a su mamá. Y que quienes los llegan a ver, se pueden morir o que quedan como atontadas y con temblorina. Que los ojos se les ponen rojos rojos y que sacan espuma por la boca, igual que como los monstruos que llegan a ver. ¿Cómo ese que está allá arriba? –Interrumpió la voz quejumbrosa de mi primo, quien con el dedo índice de su mano derecha levantada y recta, como si fuera una flecha, señalaba hacia afuera del cuarto-. No recuerdo como fue la sensación que sentí al voltear y dirigir la vista hacia donde señalaba el dedo de mi primo, pero el sabor de la saliva que se acumuló en la boca y que tragué era amargo. Me pareció que tenía los pelos de punta y que un calor frió bajaba y subía de la cabeza a los pies. Quise gritar y no logre emitir sonido alguno. Sentí ganas de llorar pero mis ojos se mantuvieron secos. Estaba entumecido y el cuerpo no respondió al impulso de pararme. Lo que si me fue posible, fue orinarme, y de eso me di cuenta porque sentí el líquido que escurría por la entrepierna. Al trasponer con la vista el marco de la ventana, al que faltaba la estructura metálica, distinguí sobre la barda de casi tres metros de altura que dividía el patio de la casa de la abuela con el terreno contiguo, una figura negra negra que se diferenciaba del manto obscuro de la noche, que se encrestaba con las alas semiabiertas y dejaba al descubierto un rostro como el de una máscara no de algún animal que conociera pero sí con rasgos humanos, hocico o boca por la que salpicaba un líquido blancuzco, y sus ojos chispeantes de color rojo, eran los dos puntitos más llamativos de aquella figura que daba miedo y que después de quién sabe cuántos segundos, vi que se iba de espaldas hacia el otro lado de la barda. Todos lo vimos, no solamente yo. Y estoy convencido de ello, porque como resortes nos levantamos los cuatro y echamos a corres despavoridos fuera de los cuartos hacia el patio lanzando gritos de pánico. Dábamos zancadas de un lado a otro y llorábamos. Sorprendimos a nuestros familiares que sin saber lo que pasaba no atinaban qué hacer. Se alarmaron, y en su desesperación fueron tras de nosotros; al ser tomado yo por los brazos de uno de mis tíos, recibí dos o tres cachetadas y mi mamá me mojó la cabeza por la parte de la nuca con agua fría de la pileta, lo que me hizo volver en sí. Me sentía mareado, me dieron a oler alcohol y me sentaron en una silla. No supe cómo fue que calmaron a mi primo y a los hermanos, pero luego de que dejamos de llorar, comenzaron a preguntar. Les dijimos que estábamos jugando y que luego empezamos a contarnos historias de fantasmas para ver a quien le daba miedo, hasta que se apareció el Diablo allí, arriba de la barda. Al escucharnos, una de mis hermanas y mis primos mayores se empezaron a reír y burlándose dijeron que estábamos locos y nos llamaron mentirosos; los adultos nos explicaron que lo habíamos imaginado, que se trataba de algo así como un sueño, y nos recomendaron que lo olvidáramos. Que lo más importante –seguramente para ellos, porque para mí fue lo más lamentable- era que dejáramos de inventar y de contar historias de espanto ya que con ello hacemos que en nuestra imaginación de niños aparezcan figuras horripilantes. Los amigos, como consecuencia del suceso, dejaron de asistir a la casa bajo la estricta vigilancia de sus padres y la advertencia de ser castigados. Mi primo y yo, aunque tenemos presente ese pasaje como parte de nuestra vida infantil, nunca, sin saber por qué, hablamos de ello. Ahora, si me preguntan que si creo en la existencia del Diablo, la verdad, no sé qué responder. Hubo un momento en que me cuestioné sobre el motivo que me impulsa a tener un encuentro con el Diablo y sobre lo que espero obtener de él a través de la entrevista. Por supuesto que no el Pulitzer de periodismo. Quizá sea que busco satisfacer mi morbosidad sobre si hubo algo real en lo que vimos yo, mi primo y los dos hermanos amigos aquella noche o si fue una alucinación producto del ambiente fantasmagórico que habíamos creado con los cuentos que nos contamos. Y aunque tendría la oportunidad de preguntarle si se nos apareció, no sé si se lo hare. Lo que sí sé, es que creo tener la certeza de que lo que quisiera es que el Diablo ponga los puntos sobre las íes a través de sus dichos respecto a que si es cierto o falso que viviendo en el paraíso, lo que sea que eso sea, fue expulsado del mismo porque traicionó a Dios y como castigo fue condenado a vivir por siempre entre los mortales, como exhiben las religiones, por ejemplo, la católica o cristiana. Quiero aprovechar la entrevista para referirle historias que se han escrito sobre él y que he leído, para que exponga lo qué piense de ellas, pues me parece importante que se conozca su opinión. Por ejemplo, sobre eso de que en el judaísmo no hay un concepto esclarecedor acerca de su personificación, a eso de que el significado que el hebreo da a la palabra bíblica ha-Satán es la de “el adversario” o “el obstáculo” o “el perseguidor”, y a eso de que si el concepto de Diablo se tomó directamente del Libro de Job. Le haría saber que en ese relato ha-Satán no es un nombre propio, sino el título de un ángel subordinado a Yahveh; que en el judaísmo ha-Satán no hace mal, por el contrario, le indica a Yahveh las malas inclinaciones y acciones de la humanidad, y que en esencia, ha-Satán no tiene poder mientras que los humanos no hagan cosas malas y Dios no le dé permiso. Le mencionaría que se dice que el Libro de Job cuenta que después de que Yahveh señalara la piedad de Job, ha-Satán le pidió autorización para perseguirlo y probar su fe, que siendo un hombre justo es afligido con la pérdida de su familia, de sus propiedades, y más tarde, de su salud, más él sigue siendo fiel a Yahveh, y que como conclusión del libro, Dios aparece como un torbellino, explicándoles a los presentes que la justicia divina es inescrutable. Asimismo, que en la Torá, este perseguidor es mencionado varias veces. Una es en la que se presenta en el incidente del becerro de oro y en el que es el responsable de la inclinación al mal de todos los hombres, y otra, en la que él es también responsable de que los hebreos construyeran como ídolo el becerro de oro, mientras Moisés estaba en la cima del monte Sinaí recibiendo la Torá de parte de Yahveh. Y que los libros de Isaías, Job, Eclesiastés y Deoteronomio tienen pasajes en los que el dios Yahveh es mostrado como el creador del bien y del mal en el mundo. Po otra parte, que según el cristianismo, el Diablo, también conocido como Lucifer o Luzbel, es un ser sobrenatural maligno y tentador de los hombres, un demonio. Que en el Nuevo Testamento se le identifica con el Satán hebreo del libro de Job, con el Diablo del Evangelio de Mateo, con la serpiente del Génesis, y con el gran dragón del Apocalipsis, todos como un solo personaje. Que en Job el Diablo forma parte de los "hijos de Dios", denominación usada en el Antiguo Testamento para designar a los ángeles o emisarios divinos, entidades que tienen un origen pagano procedente de los cultos asirio-babilonios. Que sólo en los escritos judíos tardíos se confronta a Dios con Satán, pues se considera incapaz a la divinidad de producir los males humanos. Que en este sentido, hay teólogos que consideran una superstición la creencia en el Diablo como causante del mal, aunque cumpla una función. “El hombre ha inventado al Diablo para exculparse él”. Que en la fe Bahaí -religión monoteísta- no se cree que exista una entidad sobrehumana y malévola como el Diablo o Satanás. Sin embargo, estos términos aparecen en los escritos sagrados bahaís, donde se utilizan como metáforas de la naturaleza inferior del hombre. Que se considera que los seres humanos tienen libre albedrío y, por lo tanto, pueden volverse hacia Dios y desarrollar cualidades espirituales o alejarse de Dios y sumergirse en sus deseos egocéntricos. Que los individuos que siguen las tentaciones del ego y no desarrollan virtudes espirituales a menudo se describen en los escritos bahaís con la palabra satánico. Que los escritos bahaís también afirman que el Diablo es una metáfora del "yo insistente" o "yo inferior", que es una inclinación egoísta dentro de cada individuo. Y que se cuenta que aquellos que siguen su naturaleza inferior también son descritos como seguidores del "Maligno". ¿Pero, y si él ya sabe todo esto? ¿En qué papel voy a quedar? Me horrorizó pensar que como un idiota. ¡Y con toda razón! Me va a creer un engreído que osa competirle la exclusividad absoluta del engreimiento. Después pensé que otra cosa que también creo que busco, es que si al final consigo que el Diablo se sincere y hable largo y tendido, pero con las precisiones que necesariamente se requieren para lograr una buena entrevista, podría tener claro, de paso, porque los seres humanos vivimos con miedo a lo que desconocemos y a lo que no podemos darle una explicación lógica como: ¿Qué sigue a partir de que el cuerpo humano deja de existir? ¿Hay vida después de la muerte? ¿El destino de los bien portados y arrepentidos es el Cielo? ¿Es en el Infierno donde habremos de pagar las culpas por los males que ocasionamos en vida? CAPITULO CUATRO
Llegó el noveno mes de convivencia con la plaga que a diario suma enfermos por contagio y muertos, y el valemadrismo iba igualmente en aumento en todo el mundo. No se veía la luz al final del túnel. Pasaban los días las semanas y los meses y nada ocurría que pudiera apaciguar la angustia y el miedo afincado en muchos, más que nada en los creyentes que ruegan a Dios su protección para que los libre del contagio, pero también en aquellos que no dudan que lo que está ocurriendo es obra del poder maligno del Diablo, y surgen especulaciones sobre que mientras Dios se esfuerza por hacer que todos sintamos su protección y cubijo, seamos buenos, respetuosos y benévolos, nos veamos como hermanos, nos demos un trato cordial y nos cuidemos los unos a los otros, el Diablo hace lo posible por echarlo todo a perder, porque prevalezca la desgracia, la maldad, el encono, la envidia, la violencia, la desconfianza, el resentimiento, la indiferencia, el descuido y la despreocupación. Y aunque todo esto –pensaba primero de vez en vez y luego con regular frecuencia - se trata de creencias metafísicas y hasta esotéricas en estos tiempos de incertidumbre en los que la ciencia está a prueba y enfrenta el reto de vencer la naturaleza de un virus mortífero y desconocido que asecha en todas partes y se desconoce su origen, es posible que, sin embargo, tenga su razón de ser en el miedo. Afortunadamente, no nos hemos vuelto colectivamente paranoicos. Aunque, he de decirte, en las noticias es cada vez más frecuente encontrar reportes de los problemas de ansiedad, de depresión, de desesperación y de otros trastornos mentales que afectan ya a millones de personas a causa del encierro, la falta de convivencia social y de dinero por el desempleo –comenté a mi hija que radica en Estados Unidos, donde, por ciento, la gente se las está viendo igual o más negras que nosotros aquí, ¡vaya consuelo!, durante una conversación telefónica con la que nos pusimos al día-. Sí, es una cosa de locos –la escuché decir por el auricular-. Así es, pero, además, acá, no se allá en los unatesestates, el problema de la violencia intrafamiliar en la que mujeres e infantes son las víctimas está a la orden del día y va en aumento. Y para no asustarte mejor no te digo nada de la inseguridad pública que se vive en todo el país con masacres, homicidios de odio y los que se cometen con saña, en el caso particular de los feminicidios, y los miles de robos, como si con la peste no nos fuera suficiente; ni de la indiferencia del Presidente que ignorantemente compara la enfermedad de covid con una simple gripa y que dice irresponsablemente que el cubrebocas no sirve de nada; o de las deficiencias de la supuesta estrategia de salud para enfrentar la emergencia sanitaria, y de las burradas y mentiras que a diario dice el responsable de llevarla a cabo. No, ya párale pop´s. Por eso no me gusta oír ni ver las noticias de lo que ocurre en México. Eso está bien hija. Por salud mental. Oye, y cómo vez que tengo en mente realizar una entrevista con el Diablo. ¿Ya te lo había dicho? O ¿No? ¡No inventes! ¡No lo sabía! Pues sí. Y en eso estoy metido ahora. Ya te pondré al tanto de los avances. ¿Acaso estás ido? –Preguntó y soltó una risotada que me contagió, y a la que me sumé con agrado-. Puede ser. Pero estoy entusiasmado con el proyecto. Idearlo me permite abstraerme de las mentiras que a diario se dicen con insistencia sobre la situación en que nos encontramos a causa del virus y que nos quieren vender como verdades, como si fuéramos estúpidos y no viéramos la realidad, porque si aquí las cosas no están bien toda vez que al Día de Muertos de este 2020 la peste ya ha matado a 91 mil 895 personas, menos lo están en el mundo, con un conteo de más de un millón 200 mil fallecimientos. Por eso trato de inventarme cualquier cosa para hacer, pero ante las pocas opciones que encuentro, mi mente, casi en automático, recurre al tema de la entrevista y eso me empieza a preocupar porque el martes pasado en un tiempo que me di para meditar, llegué a la conclusión de que la pretendida entrevista con el Diablo me estaba obsesionando. Hay días, y es en serio, en los que me despierto pensando en ese encuentro, en cómo va a ser, en dónde y cuándo, en cuál será mi actitud, y la de él una vez que estemos frente a frente, en qué tendré que decir por saludo, si mucho gusto señor Diablo, o es un placer conocerlo señor Diablo, o si simplemente buenos días, buenas tardes o buenas noches, según sea la hora del encuentro. La cosa es que la entrevista la empiezo a asumir como el mayor reto de mi carrera profesional, y a causa de la presión, comencé a preocuparme y a impacientarme. He dejado de hacer cosas, como el poco ejercicio que por costumbre vengo haciendo desde hace tiempo por 20 o 30 minutos dos o tres veces a la semana. Pero es porque creo que el Diablo no es cualquier entrevistado y si como dicen hasta entre los perros hay razas, en este caso se trata de un ejemplar sin igual, de muy alta calidad, por lo que no puedo tomármelo a la ligera. Y, así las cosas, la mayor parte del tiempo lo ocupo en prepararme lo mejor posible para estar a la altura. Además de que a cualquier hora del día mentalmente trato de dar forma a algunas posibles preguntas, a las que ¿qué crees?, acabo dándoles respuesta yo mismo, de acuerdo a mi forma de pensar, pero que pongo en boca del Diablo. Como resultado de esa obsesión que me resistía a aceptar, hice búsquedas en internet de lo que hay sobre el Diablo, y encontré obras que se dice fueron atacadas y de las que se pedía inclusive su prohibición por ser nocivas a las buenas almas. De esa manera di con “Paraíso perdido”, poema narrativo de John Milton (1608-1674), publicado en 1667, al que se considera un clásico de la literatura inglesa que dio origen a un tópico literario que se ha difundido ampliamente en la literatura universal. La información indica que está dividido en doce libros y sobrepasa los 10 mil versos escritos sin rima. Que es una epopeya acerca del tema bíblico de la caída de Adán y Eva, y trata, fundamentalmente, sobre el problema del mal y el sufrimiento en el sentido de responder a la pregunta de por qué un Dios bueno y todo poderoso permite la maldad y el sufrimiento cuando le sería fácil evitarlos. Milton comienza por responder a través de una descripción psicológica de los principales protagonistas del poema, si Dios, Adán, Eva y el Diablo, revelan el mensaje esperanzador que se esconde tras la pérdida del paraíso original. En el poema, el cielo y el infierno representan estados de ánimo antes que espacios físicos. La obra comienza en el infierno, descrito mediante referencias a la permanente insatisfacción y desesperación de sus habitantes, desde donde Satanás, definido por el sufrimiento, decide vengarse de Dios de forma indirecta, esto es, a través de los seres recién creados que viven en un estado de felicidad permanente. Encontré que algunos estudiosos consideran a John Milton el primer literato que acaso reivindicara la majestad del ángel caído y que, posteriormente, tras de él hubo quienes se lanzaron a las inmensidades celestes o a las tenebrosas regiones de la tierra en búsqueda de lo que consideran una fuerza revolucionaria y libertaria, la quintaesencia de la rebeldía, en tanto que otros lo dignifican, lo acicalan, lo domestican casi, o lo reducen, aminorando su importancia, enclavándolo indistintamente entre ensoñaciones o neurosis de otros protagonistas, o lo alejan, dibujándolo como un ser indiferente a todas nuestras cotidianas miserias. Hay quienes se han ocupado de la idea de que los pobladores europeos del siglo XVI pensaban que Satanás (y no solo él sino los 7 mil 409 demonios a las órdenes de 72 príncipes infernales, calculados por Jean Wier en su “De praestigiis daemonum”), podía adquirir cualquier forma, convertirse en animal, en mujer o en hombre, en un ser tentador y horrible a la vez, en alguien que puede transformar los minerales en oro, destruir cosechas, asesinar, volar por los cielos, reptar en el subsuelo, hacer jóvenes los cuerpos decrépitos, adivinar el futuro, engañar, crear ilusiones, que entra en los cadáveres sepultados en tierra no consagrada, y que se esconde en toda clase de vicios como el alcoholismo, la usura o el sexo dentro o fuera del matrimonio. Otro, fue un tratado que aborda lo que ocurría tanto en el terreno religioso-político como en el campo de lo social. En el primero, bajo la influencia de una multiplicación de sectas heréticas y del Concilio de Basilea (1431-1445), se centra buena parte de la atención en el ríspido debate teológico de si el poder de la Iglesia debía residir en el Papa o si debía darse preeminencia al Concilio Ecuménico; en tanto que en el segundo se resalta que en medio de una población afectada por enfermedades y pestes cada vez más recurrentes, y que sufría, lo que imperaba era una visión siniestra del futuro. Ese turbulento escenario, donde facciones de hombres trataban de imponer su tipo de fe y donde entraban en conflicto las ideas más tradicionalistas con las más novedosas que ya respiraba el Renacimiento, serviría para que Satán o el Diablo y sus huestes infernales dejara de ser un enemigo borroso y se convirtiera en una fuerza irrefrenable que prometía los peores horrores en este y el otro mundo. De ahí que de ese torrencial maligno a que pasara a tomar posesión de los cuerpos de los hombres y de las mujeres, sobre todo, había naturalmente solo un paso. El miedo de la Iglesia a la herejía real y verdadera se metamorfosearía en el arquetipo del mal, en una febril construcción que obsesionaría durante toda la centuria siguiente a través de la invención de las brujas demoníacas. Por eso, no fue casualidad que en medio de ese creciente frenesí, el papa Sixto IV promulgara, en 1478, una bula en la cual se establecía el Santo Oficio, y que nueve años más tarde, los monjes dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger publicaran el célebre “Malleus Maleficarum” (El martillo de las brujas), obra de consulta obligada –se dice- para cualquier inquisidor que se considerara de respeto, y que versaba sobre la brujería, sus hechizos y las formas de detectar, enjuiciar y destruir a las brujas. Desde su año de aparición hasta 1669, el librito sumaría, según cálculos, 34 ediciones. Así, y en concordancia con las peores visiones infernales, para el final del siglo XVI, la lumbre de las hogueras ya se había regado por buena parte de Europa. El largo paréntesis demoníaco solo comenzaría a cerrarse hasta la segunda mitad del siglo XVII, no solo porque el dinamismo del comercio impulsaría una mayor prosperidad en el continente, lo que reduciría en buena medida la visión pesimista de los siglos anteriores, sino también porque otras esferas (la filosofía, la ciencia, la medicina) empezarían a disputar la hegemonía de la Iglesia. Bajo ese influjo, el Satán o Diablo totalizador y ubicuo volvería a fragmentarse y a difuminarse lentamente de la vida pública, quedando en manos de las iglesias o de círculos especializados como los ocultistas o esotéricos. Sin embargo, en muchos rincones del mundo, el daño de esa construcción religioso-cultural permanece como una mácula irremediable. Robert Muchembled, historiador y profesor en las universidades de Paris-Nord y de Michigan, antiguo miembro del Institute for Advanced Study, de Princenton, y autor de más de veinte obras traducidas a diversas lenguas, argumenta en “Una historia del Diablo”, que en el despertar de la cristiandad, la idea de Lucifer, fragmentada como estaba y obligada a disputar terreno con un sinfín de seres fantásticos y personajes de leyenda adscritos al folklor o a las creencias paganas que subsistieron durante largo tiempo en el Imperio Romano, permanecería prácticamente adormecida a lo largo de los primeros mil años de la historia de la Iglesia. Sin embargo, un personaje con tanto potencial no debería pasar desapercibido. Su impulso vendría por parte de las exégesis y de las élites eclesiales. En “Historia de la fealdad”, Umberto Eco señala que uno de esos primeros empujones lo daría el “Apocalypsin, Libri Duodecim” (776 d.C) del beato de Liébana, con un intrincado comentario al Apocalipsis de Juan, del cual se harían numerosas copias que empezarían a circular por Europa hacia el siglo X y XI. Su contenido y sus ilustraciones harían que el terror al fin del mundo permeara desde entonces en el imaginario de la época. Siguiendo a Jean Delumeau, en “El miedo en Occidente”, los estudiosos concluyen que otro de esos impulsos definitivos vendría del “Elucidarium”, una suerte de catecismo escrito a inicios del siglo XII por un sacerdote alemán de nombre Honorio de Autún en el que se sistematizaba por primera vez todos los elementos demonológicos, dispersos hasta entonces en los escritos cristianos y en otras fuentes, desde los inicios de la Iglesia. Hacia el siglo XIV, la espeluznante sombra del Diablo comenzaba a ser ya algo de lo que había que cuidarse. “La divina comedia” de Dante Alighieri, que murió en 1321, marcaría simbólicamente ese momento de transición. Contrario a lo que se ha fijado en el imaginario colectivo de nuestra época, la avasalladora presencia de la Bestia –el Diablo- irrumpiría con toda su fuerza no en la oscuridad de la Edad Media, sino justo cuando el occidente se disponía a entrar en la modernidad. Jean Muchembled argumentó que ese nuevo demonio, mucho más temible que el de cualquier otra época anterior del cristianismo comenzaría su angustiante y definitivo vuelo bajo ciertas condiciones precisas en el corredor de Europa central que une la península itálica con el norte de Europa, conformado entonces por el Sacro Imperio Romano Germánico (las actuales Holanda, Bélgica, Alemania, Suiza y partes de Francia e Italia), así como por los ducados de Borgoña y Savoya. Pasaban los días y yo en mi enajene. Como relojito despierto diario a las 10 y media de la mañana y paso los siguientes 30 minutos despabilándome en la cama, en poner el cuerpo recto y duro, estirando los brazos por encima de la cabeza con los dedos de las manos extendidos y las piernas con los dedos de los pies en punta, como haciendo la figura del número uno, como ejercicio de relajación, y luego me acurruco en posición fetal. La sensación que siento me conforta. Me levanto, me enfundo en una camiseta y un short para así dirigirme al baño, donde me lavo la boca, la cara y me peino para estar listo para bajar e ir a la cocina a prepararme el desayuno. Al terminar de degustar un pan de dulce con café recién molido, ya al final, me doy a la tarea de lavar plato, taza, cubiertos, sartén y tarja, limpiar la barra, barrer y trapear el piso, todo ello por la costumbre que nos inculcaron mis padres a mí, a mis hermanas y hermanos, mas no porque sea un mandilón, y porque desde siempre, mi esposa y yo nos hemos impuesto dividir el quehacer de la casa. Posteriormente inicio el ritual de adentrarme al estudio, prender el estéreo para escuchar música y la computadora, abrir el internet, checar los correos y revisar los portales de noticias que son de mi interés; después, me tomo el tiempo necesario para definir el tema de la columna que una vez redactada envío al periódico digital, publicó en mi cuenta de Facebook y la hago llegar a los amigos y conocidos vía correo electrónico. De las dos de la tarde a las siete con 45 minutos u ocho de la noche, me la paso leyendo todo lo que encuentre acerca del Diablo, ya por casualidad o porque se me ocurre algo en concreto. Así, las siguientes cinco crónicas breves llamaron mi atención porque –según sus autores- después de leer las obras, se llega a sentir la presencia del Maligno, el mismísimo Diablo. “Los cantos de Maldoror” (1869), Conde de Lautréamont. Este es para algunos críticos el texto más oscuro de la lista. Se supone que la advertencia lanzada en apenas las primeras líneas de la obra debería ser suficiente para disuadir de continuar adentrándonos en el: “No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos podrán saborear sin peligro ese fruto amargo”. Por lo tanto, se recomienda a las almas tímidas, antes de avanzar por semejantes caminos inexplorados, dirigir hacia atrás sus pasos. Se dice que quien se atreve, avanza y continúa ingresando en la oscuridad, como siguiendo una voz, escuchando la diabólica imprecación de ese vampiro en abierta oposición a Dios. Un macabro himno que solo empezaría a cobrar valor a principios del siglo XX, cuando las vanguardias artísticas y sobre todo el surrealismo lo descubrirían. “Las letanías de Satán” (1857), Charles Baudelaire. Es una de las más virulentas especies contenidas en el ramo de “Las flores del mal”. Esas letanías dan cierre al capítulo denominado Revuelta, donde el poeta se enfrenta a la divinidad y pretende echarla abajo. Dentro de la tradición iniciada por John Milton y continuada por una serie de autores de los movimientos románticos y decadentistas, Baudelaire describe un demonio majestuoso en su belleza y magnánimo en su piedad. “Los versos satánicos” (1988), Salman Rushdie. Tiene como protagonistas a dos personajes hindús: Gibreel Farishta, el actor más famoso de Bollywood, y Saladin Chamcha, conocido como el Hombre de las Mil Voces por su capacidad para el doblaje y amante de la cultura británica por encima de todas las cosas. Ambos personajes se conocen a bordo de una aeronave que vuela a Bostan, el cual explota sobre el Canal de la Mancha a causa de un atentado terrorista. Gibreel Farishta y Saladin Chamcha, abrazados el uno al otro, empiezan una demencial caída sobre las costas de Inglaterra y en el descenso, uno se transformaría en el arcángel Gabriel y el otro en Shaitan, el Diablo cristiano en clave islámica. Desde ahí, sus pasados y presentes se imbricarían con otras historias formando un excepcional mosaico armado de luces y sombras, colores, texturas, voces, ciudades, desiertos, y en los trasfondos del portentoso caleidoscopio aparece la imagen del profeta Mahoud (Mahoma) recibiendo la revelación coránica de Gabriel. Parte de los pasajes del libro condenaron a Rushdie a ocultarse luego de que el Ayatolá de Irán, Ruhollah Khomeini, lo condenara a muerte al ponerle precio a su cabeza. “Lo que el Diablo me dijo” (1906), Giovanni Papini. Escritor, polemista y filósofo italiano, Papini despoja al Diablo, en este pequeño relato, de todo su angustioso aspecto de los siglos anteriores para presentarlo como un burgués bien vestido, educado y sensible. El Demonio se presenta además como un ser más lejano, que pierde, la mayoría del tiempo, su interés en la humanidad. Aun así, en medio de su pedantería, ese pequeño Lucifer le revela al autor, en un rincón de Florencia, la clave de la caída y la pérdida del paraíso. El punto, argumenta Lucifer, fue haber comido solo una pequeña parte del fruto prohibido, cuando debimos haber comido absolutamente todos los frutos de ese árbol. De ahí su sugerente invitación a conquistar toda la sabiduría para transformarnos en dioses. “Un señor muy viejo con unas alas enormes” (1955), Gabriel García Márquez. Un ángel caído es siempre un demonio. ¿O no? Esa ambigüedad es lo que vuelve a este cuento una pieza interesante. Eso y la total abstracción del diablo-ángel, su indolencia, su postura como fuera de este mundo. Asistimos aquí a la antítesis del ángel caído de la exégesis cristiana. El lector llega a sentir conmoción al ver a ese ser recluido en un gallinero inmundo, empapado y asoleado, enfermo, exhibido como un vulgar monstruo de feria, pero también cierta simpatía cuando por fin alza vuelo y se convierte en un punto imaginario. Tras la agotadora consulta quedé convencido de la gran ignorancia que hay de mi parte sobre los temas del bien y del mal, de la existencia o no de Dios y del Diablo, mi entrevistado electo, y de cómo ha sido interpretada a través de los siglos tanto por creyentes como por no creyentes. Conforme iba leyendo reseñas y crónicas me sentía cada vez más flotar en el mar de la ignorancia, pues la historia de esos tópicos es antiquísima. Pero resultó didáctico saber que desde siglos atrás la imagen que se tenía del Diablo tendía a ser fantástica, grotesca y folklórica, igual que como lo imaginamos ahora en este siglo XXI. Pasaron varios días después en los que, contrario a mi estado de ánimo anterior, me sentí tranquilo y motivado a buscar nuevas distracciones. Me aleje de la computadora y, por ende, del internet y las búsquedas diabólicas, aunque no logré sacar de mi mente la entrevista. Opte por ver películas, pues aunque no empedernido, me considero un cinéfilo abierto a los dramas, la acción, las comedias, la ficción, los comics hechos películas, la violencia y la guerra, y hasta al cine infantil. Llegué a ver en un día hasta cuatro, atascándome de palomitas o papas o cacahuates, de refresco o cerveza, y café con pan de dulce por la noche. La variedad era amplia e iba de La caída del halcón negro a Una esposa de mentira a Quédate conmigo a El último de los Moycanos a Rambo a Los vengadores a China town a Las sufragistas a Olé a El infierno a Misión imposible a Volver al futuro a El vuelo a Lulú a Una propuesta indecorosa a Atracción fatal, y así por el estilo. Pero mi tendencia cambió cuando días después encontré en la cartelera de Tv por cable que estaba programada, para mi fortuna o desfortuna, El abogado del Diablo, que ya había visto varias veces, empero la repetí para disfrutar las actuaciones de Al Pacino, Keanu Revees y Charlize Theron. Al otro día, a eso de las 12 y media, entre al estudio con el firme propósito de buscar en internet información sobre el papel del Diablo en el cine y me encontré con que hay en abundancia reseñas y crónicas que dan cuenta de lo más destacado, de acuerdo –claro está- al gusto del que las escribió. Esta me gustó por breve y aleccionadora: La figura del Diablo en el cine. Al tratarse de un personaje icónico en la sociedad y para la cultura en general, y tomando en cuenta su importancia por todo lo que representa en realidad, el Diablo ha estado presente en el cine desde sus inicios. Con el paso de los años y las películas, el ser maligno ha tenido distintos nombres, ha hecho muchas cosas horribles y ha sido representado de múltiples maneras, las cuales van de un tipo rudo, un sujeto cínico, una mujer sexy, una animación, un hombre seductor, un rock star o alguna otra forma que se le ocurra a alguien, a la ya clásica e icónica imagen en la que se le presenta en color rojo y con cuernos, sin olvidar la mirada maldita, una figura intimidante, la voz que da miedo al escucharla y una sonrisa mórbida que pone nervioso a cualquiera. La figura del Diablo en el séptimo arte ha sido fundamental para el adecuado desarrollo de varias historias sin importar a qué género pertenezcan, pues ese diabólico personaje ha hecho de las suyas por igual en el cine de terror, el fantástico, el de ciencia ficción, los thrillers e incluso en la comedia y la animación. Gracias a renombrados cineastas –sugieren los críticos- se nos ha revelado su apariencia, advirtiéndonos, a través de filmes, curiosamente de culto, sobre la malevolencia de El Ángel Caído o El Príncipe de las Tinieblas que se instaló gratamente en la obscuridad de las salas de cine desde las primeras proyecciones. A Jacques Tourner, maestro de la atmósfera, los productores de Una cita con el Diablo (1957), le obligaron a insertar una gigantesca criatura que personificaba al demonio; Stanley Donen, desde la divertida sátira Un Fausto Moderno (1967), narra la historia de un “pobre diablo” en la Inglaterra pop; la casa Hammer en Una tumba en la eternidad (1967), mostraba que el Demonio llega más allá de la estratosfera y puede manifestarse en forma de invasión extraterrestre; Román Polanski, con El bebé de Rosemary (1968), sorprendió evitando el truco fácil de evidenciar al bebé de Satanás, y sólo dejaba ver una cuna de velos negros; el considerado más grande director de todos los tiempos, el polaco Andrzej Zulawski, en su segunda película, llamada precisamente El Diablo (1972), presentó una Polonia invadida en 1793 por los ejércitos prusianos, en un relato fáustico, donde privaba la delación, el asesinato, la traición y la desolación; en la excesiva y provocadora cinta Los Demonios (1971), de Ken Russell, el chamuco prefirió omitir toda su iconografía, creada por los artistas plásticos de la cristiandad, para introducirse en la vida monacal sustentada en los eventos ocurridos en Loudun, para enseguida, poseer púberes en El exorcista (1973), o de plano apoderarse de inocentes cuerpos de niños representando al Anticristo en el ambiente del poder político mundial en La Profecía (1976). Con el paso del tiempo las tramas fueron cambiando y se llegó al grado de que la maldad ya no tuvo a su enemigo perenne a mano, la bondad. A decir de algunos, al final del milenio las historias empezaron a presentar al hombre sumido en un cinismo tal que era imposible identificarlo como un ser bueno. Entonces, el Diablo decidió pasarse del lado del enemigo para comportarse generosamente violento contra, por ejemplo, el mal comportamiento juvenil, alejándose de la representación del bestiario bíblico, adquiriendo personificación de psicópata, demente o asesino serial, en filmes como: Pesadilla en la calle del infierno, Halloween, Viernes 13. Ya con el gore (el cine de terror gráficamente descarado), El Señor de las Sombras no tenía mucho que hacer; la representación mítica de la sangre, agresivamente expulsada, adquiría formas de ritual, o el sacrificio del cuerpo alcanzaba la espiritualidad a través del desmembramiento, desollamiento, linchamiento, mutilación, alteración biogenética y otras aberraciones. La llegada de la alta tecnología modificó la forma de hacer cine y en el caso específico de las películas relacionadas con el Diablo, degeneró en El Despertar del Diablo (1982) y Corazón Satánico (1987). La producción cinematográfica mexicana no se quedó atrás, lo mismo que los productores de historietas. Para muestra está El Fistol del Diablo, en la que un enigmático personaje identificado como Lucero el elegante (Roberto Cañedo) otorgaba el mencionado fistol a un anhelante individuo, que obtenía así, poder y placeres, aunque al final, termina terriblemente castigado con la muerte. Como consideré que tenía todo el tiempo del mundo para hacer todo lo que tenía qué hacer y lo que quisiera hacer, aunque muchas cosas las iba posponiendo por hueva, porque como dijera en una de sus rolas el maese Alex Lora, que rico es no hacer nada y después de no hacer nada descansar, enlisté los títulos de películas que me propuse ver, tras haber leído la síntesis de las mismas. Y, comencé con The Devil’s Advocate, porque como escribió uno de sus críticos: ¿Qué puede dar más miedo que el diablo?, tal vez un abogado, sobre todo si es uno como John Milton, el exitoso y carismático CEO de una importante firma de abogados que se encuentra en Nueva York. Este personaje también es cínico, temperamental y un experto en convencer a los demás para que lo ayuden en sus planes, y la vanidad es su mayor pecado. Y, le siguió Angel Heart. Aquí el maligno es representado de manera más sofisticada, siempre vistiendo un elegante traje color negro y con el cabello arreglado al igual que su barba, aunque con unas uñas largas que desentonan en su estética. Su nombre es Louis Cyphre, cuya adecuada pronunciación es Lui-Zaifer, que pareciera que suena a Lucifer, lo cual debería ser una pista para saber de quién se trata realmente. Y, Constantine. Mirada perdida, actitud cínica y retadora, voz de loco y cierta elegancia en su forma de vestir; las anteriores son las características que definen a Lu, quien llega desde el mismísimo infierno sólo para poder llevarse él mismo el alma de uno de sus mayores enemigos. Y, The Prophecy. Antes de ser uno de los héroes más grandes de la Tierra Media, Viggo Mortensen interpretó a un Lucifer que se burla de todo y de todos, no respeta la autoridad e inspira temor en aquellos que tienen la mala suerte de encontrarse con él. Es alguien siniestro que nunca muestra arrepentimiento por ninguna de sus acciones y es tan malo que pone a temblar de miedo a los demonios que le acompañan. Y, The Witches of Eastwick. Daryl Van Horne disfruta en exceso de todos los placeres que ofrece la vida mortal, incluyendo comida, bebida y, obviamente, bellas mujeres dispuestas a hacer todo lo que él les pida. Este Diablo es un auténtico playboy y al ver lo bien que la pasa, entendemos por qué le gusta estar en la Tierra. Y, Crossroads. Al Diablo siempre se le ha relacionado con diferentes géneros musicales, incluyendo al blues y a varios de sus intérpretes. Hay leyendas urbanas de músicos que han tenido encuentros cercanos con el Diablo y que han vendido sus almas a cambio de talento musical, lo cual es algo que se muestra en esta cinta en la que el ser maligno demuestra tener un buen oído y que es todo un melómano. Y, Legend. Tim Curry fue transformado en un enorme ser diabólico que es capaz de causarle miedo a más de uno sólo con su imponente presencia. El actor se convierte en “La oscuridad” y nos ofrece una versión clásica del Diablo, esa que suele presentarse en muchos casos con largos cuernos y una piel roja. Y, Tenacious d in the Pick of Destiny. El Diablo sabe rockear y eso queda claro en esta cinta. Un par de aspirantes a rock stars buscan una plumilla para tocar guitarra que fue hecha con un colmillo de Satanás para desatar todo su poder, pero antes deberán enfrentarse a él en un duelo de rock para decidir el futuro de la humanidad. Y, The Lords of Salem. Alejándose de la imagen imponente con cuernos y todo lo demás, Rob Zombie presenta un ser grotesco y aterrador que no tiene un gran tamaño, pero cuya maldad puede causar muchas pesadillas. Y, de entre las cintas más recientes incluí la comedia Bedazzled (Al diablo con el Diablo), con la interpretación de la guaperrima Elizabeth Hurley. El Diablo a veces llega en una forma que definitivamente causará tentación, así que es lógico que se trata de una hermosa y sexy mujer que convence al intérprete masculino para que acepte cambiar su alma por una serie de deseos, los cuales no son lo que él espera y con los que lo engaña para tenerlo a su merced. Y, también The Devil Wears Prada (El Diablo viste a la moda) con la elegante Meryl Streep y la frescura de la atractiva Anne Hathawey. Una aspirante a periodista recién graduada de la universidad obtiene un trabajo por el cual un millón de chicas matarían: el de asistente personal junior de una fría editora en jefe que controla el mundo de la moda desde la revista Runway. Miranda es una mujer que proyecta una imagen incondescendiente y con una característica especial, hace bien su trabajo, y espera que sus asistentes no solo la complazcan, sino que lleguen a adelantarse a lo que quiere para poder calificarlas como eficientes. De esta manera, el Diablo, que empezaba a serme una carga, me entretendría y sería un grato divertimento. CAPITULO TRES Mi escepticismo se hizo presente inmediatamente después del silencio a que me llevaron esas últimas cuatro palabras ideadas, con una breve pausa de por medio, sobre ese personaje al que consideramos victimario, no víctima: Soy… un chivo expiatorio. El impacto de tal posibilidad fue tal que quedé sin habla. Y aunque mi reacción natural e inmediata –dada mi forma de ser- tendría que haberse hecho manifiesta a través de la coloquial expresión ¡hay güey!, o en una de júbilo como ¡chingón, chingón, chingoncísimo!, dado que el primer elemento periodístico de la entrevista estaría en que “el Diablo denuncia que lo incriminan y difaman”, juzgue insólito que él, el Diablo, del que pensamos carece de escrúpulos, de sentimientos y de decencia, que nos parece un incorrecto y antihumano malandrín, se pudiera expresar en tono de lamento. También dudé, porque me percaté de que en esa fugaz e instantánea fantasía no vislumbre visos de indignación, salvó, también de su parte, un silencio de no más de tres segundos, pero nada de rabia contenida ni músculos contraídos en su cara. Aunque, si he de ser franco, debo aceptar que me faltó confianza para valorar esa cuasi autorevelación como verdad. ¿Difamado? ¿Señalado con desvergüenza y sin miramientos por los puritanos e hipócritas que poblamos el mundo? ¿Será? Esa desconfianza, sin lugar a dudas, fue una falla de mi parte. Como entrevistador no me corresponde creer o no lo que exponga un entrevistado, menos juzgarlo, sea cual sea su forma de ser, sea como sea su forma de pensar y sea quien sea, por lo que de él se diga o por cómo vea las cosas y las interpreta. En ese imaginado encuentro con el Diablo, me veo respirando hondo, y al tiempo de ir soltando lentamente el aire, dirigir la mirada en busca de sus ojos con la intención de que nos veamos directo y de frente al cuestionarle: Si lo que dice es verdad, si se considera un chivo expiatorio ¿por qué no se defiende públicamente? De bote pronto pensé que tendría por respuesta un desplante como “no soy partidario de la fama”, complementado con algo así como “me gusta la privacidad”, y rematado con “no voy a alimentar la morbosidad”. Metido en el papel de avezado entrevistador insistiría: ¿Es esa la verdadera causa o lo dice para salir al paso? ¿Tiene por qué o para qué mentir? En respuesta a eso le podría escuchar decir que no le importa lo que digamos ni lo que creamos que es ni como lo describimos ni lo que pensamos de él; que si es el origen del mal, el promotor de los pecados, el creador de todos los vicios, el que traicionó a Dios, el responsable de las desgracias; que si libertino, juerguista, disoluto, depravado sexual, que si su piel es roja como el fuego y anda impúdicamente desnudo, que si tiene cuernos y cola con punta de flecha, que si usa tridente, que si su hogar es el infierno, que si su trabajo es incitar el pecado, que si también se puede hacer presente en la imagen de un mozo elegante y presumido y hasta personificarse en una sexi fémina que atrae, engaña, y envilece a los hombres. Que en conclusión, todo eso es mezquino. Sin dar tregua a mí alucine acometería-: Entonces ¿por qué su reticencia a mostrarse? ¿No será que se evade o que quiere confundirnos. Que quiera hacernos creer que sí existe, que no es ficción ni un mito, empero sin dejar de ser una incógnita, negándose a que lo conozcamos cual es para no ser escudriñado ni analizado? ¿Qué tiene que esconder? ¿Así conviene a sus intereses? Ese asedio, comprendí, lo podría llevar a espetar en tono irritado; ¡Qué monserga! Existo -diría reiterativamente, pero con voz calmada y pausada, como la que se emplea cuando se quiere explicar algo a un niño- porque ustedes me mencionan, porque estoy en sus mentes, en los buenos y malos momentos. No tengo que hacer nada para ganármelos. Ustedes acuden a mí. Son tan miserables y llevan una vida tan llena de perjuicios y miedos que necesitan en quién creer, por eso idean ídolos y los entronizan para rendirles pleitesía, serles devotos y hasta llegan a amarlos e incrustarlos en sus creencias, comportamientos y formas de vida, para sentir que les dan lo que como humanos no son capaces de darse recíprocamente, para hablar a solas con ellos creyendo que son escuchados, para sentirse acogidos y protegidos, para que algún día los favorezca, los libre de los pensamientos impropios, les perdone sus errores, los haga buenos y merecedores de una mejor vida después de la muerte, más un largo etcétera, etcétera, etcétera de deseos y esperanzas. Además, y, sobre todo, para tener ante quién redimirse. Ídolos de esos de los que en las religiones hay muchos. Hembras y machos que juegan ese papel y a los que ustedes, la raza humana, que se supone es pensante, los acogen y les rinden culto. Mira. Por si no lo sabes, hasta el que se asume como máximo representante de la religión católica, el que tiene su residencia en un lugar denominado Estado Vaticano, el que habita una edificación portentosa y de mucho lujo, al que tratan como un rey o un jeque, y que en las grandes ocasiones porta y luce un anillo, joya única en el mundo tanto por su valor monetario como por lo que representa, se ha ocupado de mí. Publicaciones han dado cuenta de que el papa Francisco, afirmó que Satanás –o sea, yo, el Diablo, con ese otro nombre que suelen darme- “existe”. A su decir, no soy algo simbólico o difuso, sino una persona real, de carne y hueso, que se puede encontrar cada día pero no vestido con disfraz rojo ni con cuernos ni parecido a un chivo ni muy feo. Soy el conocido de cualquier mortal al que se puede identificar si se descubren tres trucos de los que –señala- suelo echar mano. El primero, es que soy muy educado y muy hablador, es decir, un encantador charlatán. El segundo, que soy muy inteligente, porque con mucha facilidad puedo embaucar a cualquiera. Y el tercero, que soy muy pesado, porque aunque se alejen de mí, vuelvo una y otra vez. Educado, charlatán y pesado. Así me describió. Y si para el que se dice representante de Dios ante los más de dos mil 100 millones de creyentes que según tiene registrados en sus estadísticas la religión católica, no hay duda de que existo, ¿por qué hay mortales que son tan descreídos? También puedo decir que se han escrito muchos textos, inclusive hasta de corte académico que han motivado investigaciones para ubicarme en el mundo, desde épocas antiguas a la actualidad, con el propósito de determinar mi lugar en la sociedad contemporánea, y también para plantear la significación del mal desde la perspectiva de la teoría social. Hay quienes plantean la tesis de que yo, el Diablo, he desaparecido de la sociedad moderna, y hay otros que explicando la genealogía reciente me consideran como un objeto de consumo globalizado cuya influencia, a diferencia del mundo medieval, se ha acotado a sólo ciertos sectores. La gran mayoría tienen en común, que ponen en duda mi existencia o de plano afirman que no existo. Aun así, inexplicablemente, se insiste en que soy la personificación del mal que el hombre hace manifiesto día con día y me hacen responsable de todos los sucesos atroces que han ocurrido. Sin embargo, un ser común y corriente como la gran mayoría de quienes pueblan la tierra, escribió algo que me parece honesto y plausible, que me conmovió. Se crea o no, sinceramente, hasta me enterneció. ¡Sí!, al grado que derramé lágrimas sentidas. Mi turbación durante la lectura fue tal que me detuve a pensar qué podía hacer para convencer a la gente de que no soy lo que piensa o cree. ¿Por qué? Porque ya no quiero ser señalado ni denigrado ni utilizado de pretexto por aquellos que son disolutos. ¿Para qué? Para dejar de ser objeto de sus burlas, para que me tomen en serio y para dejar de ser el malo de la película. -Tras una breve pausa, resonó en mis oídos una estruendosa carcajada. ¡Jajajaja! ¡Jajajaja! ¡Jajajaja! ¡Te la creíste! No cabe duda que soy el rey del engaño. Caíste como el tonto que eres, igual que muchos que tras hacer fechorías creen ingenuamente que con arrepentirse y mirar al cielo lograrán que su dios -sea quien sea-, los perdone. Pero… ¡No te molestes! Ya en serio, te voy a narrar, si la mente no me falla, lo más apegado posible de qué tratan las elucubraciones que escribió el hombre común que te menciono. Más o menos va así… El hombre, debido a sus limitaciones racionales, busca culpar a alguien por sus errores cometidos. Yo creo que Dios es nuestro creador y creo en un dios como ser supremo, mi religión me lleva a creer en mi dios, pero cada religión tiene su ser supremo. Este ser es siempre el mismo, solo que con distintos nombres y personificaciones. En ese ser creo, confío y espero. Creo que él nos puso en este lugar, un mundo libre, para ser hombres libres. Nos da la vida y las herramientas para que nos desenvolvamos solos en un mundo de humanos, no de dioses. De humanos con defectos y virtudes, de humanos con errores y aciertos, de humanos con buenas y malas intenciones, de humanos excelentes y humanos monstruosos, de humanos con todos los vicios y deficiencias que tenemos por ser humanos y no dioses. Dios nos da la posibilidad de elegir entre lo que nos enseña como buen camino y lo que nos muestra como mal camino, mal camino para llegar hacia él, no para padecer de un infierno imaginario, mal camino que nos demora en el camino a la luz, no que nos lleva hacia la oscuridad. Él deja que nosotros mismos nos demos cuenta, probemos y nos sintamos más a gusto donde mejor nos plazca. Si buscar la paz y sabiduría entre cuatro muros nos hace encontrarla más rápido y ser más fuertes y mejores personas, él no lo va a contradecir ni a ver mal, como tampoco va a ver mal a quien no encuentra paz o sabiduría allí, pero actúa de una manera benevolente y digna, piensa y actúa como una buena persona. No es mejor un cristiano que un budista, no es mi dios el Dios superior, ni el principal, no es más persona que yo o es más atendido por Dios un evangelista o un mormón. Simplemente es más humano, más hombre y está más cercano a dios, quien obra conscientemente, procurando el bien y sin hacerle mal o daño a los demás, intentando vivir la vida sin ponerle piedras en el camino al resto. Dios no sabe nuestro destino, sino que lo deja al azar del mismo hombre y la naturaleza, la cual él también creo, con las mismas bases que los hombres, con la libertad de hacer lo que la evolución dicte. El hombre está a prueba en la tierra, que es el campo de entrenamiento para saber si somos dignos de acompañar a Dios en su morada, o si debemos volver a empezar una y mil veces hasta comprender el porqué de la vida, aceptar nuestros defectos y tratar de corregirlos en vida, en esta vida o en otra vida. Es por ello que no debemos preguntarnos donde esta Dios durante las guerras, en la muerte de un ser querido, en las catástrofes o ante algún accidente, no es su culpa. Él no puede estar en cada uno de los malos actos o de los errores de los seres humanos, ya que la vida no tendría sentido si Dios nos corrigiese permanentemente y nos ayudara físicamente a no cometer errores. Y el escribiente se cuestionaba si por ser un ser justo, debería estar en todos y cada uno de los errores y peligros de los hombres, y en su autorespuesta se dijo que eso haría la vida aburrida y sin sentido. La humanidad no tendría razón de ser si no existiese el destino incierto, la muerte y las catástrofes. Como humanidad, como conjunto no seríamos nada, no valdría la pena vivir, ni luchar, ni pensar, ni existir. Culpamos a Dios cuando sufrimos y dudamos de su existencia cuando en realidad somos absolutamente libres de hacer lo que queramos, sin importarnos su presencia o ausencia. El mundo es libre y organizado al azar, Dios está entre nosotros pero sin actuar, sin participar, sin meterse. No está ni en los buenos actos, ni en los malos. Él solo contempla, nos mira, nos observa, como un gran maestro que deja que el alumno se desempeñe solo, como una fiera que enseña a cazar a sus crías, como un padre que deja que sus hijos intenten caminar solos, sin importar si se caen y lastiman un poco o no. Dios nos mira, pero no se mete, no interactúa. Está presente, pero no interviene. Nos deja a merced de la fe y la esperanza, para que hagamos uso de ellas a nuestro gusto y le apliquemos los fundamentos que más nos plazcan a los giros de la vida. Y volviendo a su teoría principal, él afirmó que el Diablo, yo, no existe. Por qué, porque Dios jamás hubiese creado un ser que pueda intervenir en la vida de las personas de manera negativa, cuando él mismo no se mete, deja todo al azar y solo pretende vernos gloriosos en esta competencia. No hubiese permitido que alguien pueda trascender en un mundo ausente de dios cuando lo que quiere es que nos desenvolvamos solos, libres, usando la razón y el corazón como estandarte, sin más que la vida por delante. –Aquí viene lo mejor. ¡Pon atención! El Diablo es la personificación que el hombre necesita para sentir que todo lo malo tiene un motivo divino, supremo, poderoso y altanero que va más allá de la razón, cuando en realidad el origen de todos los males es el hombre mismo, incluso es culpable de muchas de las catástrofes naturales. Es el hombre mismo el que se va a extinguir por su propia culpa, no por Dios, no por la naturaleza y mucho menos por un ser absurdo e inconsistente como yo, tu entrevistado. Escribió de mí que no soy responsable de nada porque –insistió- no existo y cada ser es libre de hacer lo que quieras porque Dios así lo quiso. Todo lo bueno que logren va a ser por cada cual, y todo lo malo va a ser por culpa propia, no del Diablo. No hay que buscar más personificar a alguien a quien reprochar, dejemos ya de ser tan orgullosos y entendamos el poder del ser humano y el don de la libertad que nos ha dado mi dios, tu dios, el dios de ellos y el dios de aquellos. Tan, tan. Plausible y admirable la franqueza del tipo. ¿No te lo parece? -Oí preguntarme al Diablo-. -Acto seguido, y en tono inquisidor, añadió-. Dime si lo anterior te motivó alguna reflexión, si estás o no de acuerdo con su sentir, porque quiero pensar que tú eres creyente católico, apostólico y romano. -Rió burlón- ¿Crees en Dios o dudas de su existencia? ¿Crees en mí, o no? No pongas esa cara de compungencia. -Ahora se carcajeó-. En mi interior me sentí azorado, sacado de onda y creo que hasta encabronado por encontrarme ahora en el papel de entrevistado. -Para mis adentros me dije: a mí corresponde hacer los cuestionamientos y no voy a permitir que se inviertan los papeles. -Insistió-. ¿No te afectó en nada? ¡Respóndeme! No te preocupes. ¡Nada cambia! Tú sigues manejando la entrevista. No lo dudes ni pienses, como lo acabas de hacer, porque no es así. -¿Cómo supo lo que pensé?-. Yo únicamente quiero oírte decir en qué concepto me tienes y en qué concepto tienes a Dios, aunque, la verdad, ya lo sé. Lo juzguen verdad o no, esa es mi gran ventaja. Yo me entero de todo lo que pasa por la mente de todos, sé lo que van a hacer, lo que piensan, y lo que van a decir y decidir sobre cualquier asunto, y lo que va a ocurrir en consecuencia. Hay te va un ejemplo. Sé que fue por mero interés que me elegiste para la entrevista. Tu apetito de fama, tu deseo de ser reconocido por tus colegas como el mejor periodista antes de retirarte, y tu delirio de grandeza, aunado al anhelo de recibir un premio, ¿quizá el Pulitzer?, por la entrevista jamás hecha, son los motivos por los que pretendes usarme, por ser quien soy, lo que soy, como soy y lo que represento, y, debo reconocer, elegiste bien, porque, en efecto, modestia aparte, soy único. Así es que sé sincero –asediábame el Diablo-. Habla con libertad. Me sentí acorralado y temí que ante mi mutismo y por no poder decir algo, se enojara y diera por terminada la entrevista, lo que sería un fracaso profesional. Cerré los ojos y en mi mente lo visualice. Cuando los abrí me impresionó ver sus grandes pupilas, esféricas y ardientes, fijas en las mías, muy cerca. Tartamudee antes de poder hilar palabra. Te diré –tuve que hacer un espacio para carraspear, pues tenía la garganta reseca y una sed urgente-. ¿Qué me ibas a decir? –Acometió aprovechando mi visible estado de turbación-. -Solté dos falsos tosidos-. Sí. -Fue lo único que pude empezar a decir porque me interrumpió-. No, no, no, no, no. No digas nada. Mejor, déjame adivinar. Eres católico dado que tus padres te bautizaron, pero no ejerces como lo manda tú religión. Crees no creer en Dios porque no rezas ni asistes a los lugares donde le rinden culto ni tienes santo de tu devoción, pero sí crees en algo superior que está en tu mente y no lo puedes describir, si es un hombre, un animal o una cosa, pero todas las mañanas y las noches le diriges oraciones para que te proteja, lo mismo que a tus familiares y seres queridos. Y lo tienes a él más presente que a mí, aunque me hayas escogido para la exclusiva de la que derivará un relato que has decidido por adelantado titular Mi entrevista con el Diablo. ¿Me equivoco en algo? En ese momento sentí correr por mi espalda un sudor frío, gracias al cual me desenganché de la falsa trama en que me había sumergido. Volví a la realidad con una sensación de intranquilidad. No sé cuantos minutos habrán pasado antes de que me empezara a sentir bien, empero, de una manera que no me pude explicar, la agitación por sentirme acosado duró tres días más. CAPITULO DOS Tengo que idear cuestionamientos relacionados con los hechos que de voz en voz y de versión en versión y de tiempo en tiempo se le atribuyen al que será mi entrevistado sin que haya pruebas de que en realidad tuvo algo que ver, que los haya causado o incitado. Que por un lado lo provoquen, que lo sulfuren, que lo lleven al deslinde airado y a la denuncia, pero que, por otro, lleguen a motivar en él un acto de redención y de exteriorización de sus sentimientos -que creo todos tenemos la idea no tiene-, que lo lleven a manifestar arrepentimiento, y que hasta asuma culpas y responsabilidades. Tendré que echar mano de algo muy relevante para engancharlo y presionarlo, para que dé respuestas de impacto y hasta escandalosas que puedan ser rebatidas por los suspicaces o los que se sientan aludidos, y que de esa forma se abra un gran debate. Algo muy bien pensado que lo ponga a la defensiva o a la ofensiva, algo que le arrebate gestos de sorpresa o de indignación, que lo lleve a maldecir, a arrellanarse en el sillón –si está sentado- o a caminar inquieto de un lado a otro –si se encuentra de pie- a mesarse la barba de chivo -si es que la tiene-, que lo perturbe y que lo haga hasta tartamudear. ¡Momento! ¡Basta de masturbaciones mentales! Esto es mucho esperar de un personaje que ha vivido siglos y siglos, y que, de seguro, se las sabe de todas, todas. Aunque, sin embargo, no debo descartar la posibilidad de que ocurran cosas inusitadas. Por ejemplo, que llegue a cometer un desliz, porque por muy Diablo que sea, debo hacer notar, es un hecho que la grabadora inhibe y turba y llega a causar tartamudez y provocar nerviosismo en muchos de los que se enfrentan a ella o, por el contrario, causarles una diarrea verbal, y como, por supuesto, voy a usar una cinta magnetofónica para que haya constancia de sus dichos y evitar aquello de que “yo no dije eso”, “imitaron mi voz”, “mis declaraciones las sacaron de contexto”, “a mí nadie me ha entrevistado” o que mis detractores me acusen de haber inventado la entrevista, poniendo en entredicho mi profesionalismo. Cualquier cosa puede pasar y no voy a descartar nada. En fin, lo que debo hacer es incitarlo para medir su reacción y dependiendo de ésta, seguirle así o bajarle, pues si se llega a sentir incómodo, como entrevistado estaría en su derecho de dar por terminadas las preguntas y respuestas en el momento que decida. Bien sé que en el estira y afloja que surge entre el que pregunta y el que contesta, está el meollo de una entrevista. El éxito lo determinan los cuestionamientos que se hagan y las réplicas que éstos motiven, pues en teoría, a preguntas inteligentes corresponden igual tipo de respuestas, pero como en la práctica eso no es regla, puede haber variaciones si de parte de alguno de los sujetos que están frente a frente no hay la misma motivación. Como consecuencia de lo anterior me di a la tarea de allegarme toda la información posible para tratar de conocerlo, de descubrir algo íntimo, hurgar en su historial y tener los elementos necesarios para presentarlo a los lectores de la forma más fidedigna posible. Hasta llegue a pensar que me podría encontrar con la sorpresa de que en lugar de ser él pudiera ser ella, y aunque no encontré información relativa a su sexualidad, tengo la idea de que todos lo imaginamos en masculino. Decidí hacer un cuestionario base, que sin tener que seguirlo al pie de la letra me sirva de guía. A un político acostumbrado a atender entrevistas de banqueta y a responder con demagogia, con ocurrencias, con lenguaje cantinflesco, y hasta con fanfarronería y pedantería, se le puede preguntar lo que sea. Al Diablo no. Con esa convicción elaboré las siguientes preguntas: ¿Existe usted, porque hay la idea entre los mortales de que es una invención arraigada en el imaginario colectivo? ¿Por qué atormenta y castiga a los miles de millones de pobladores del mundo con calamidades como el virus que hoy enferma y está matando a ancianos, cuya aspiración es concluir su existencia de la mejor manera posible, a adultos, que tienen la responsabilidad de una familia, a jóvenes, que están ansiosos por conocer la grandiosidad de la vida, y hasta a niños, cuya fragilidad los hace en alto grado vulnerables? ¿Cuál es la deuda que tiene pendiente de cobrar a la humanidad? ¿Es usted el símbolo de la maldad? Las leí y releí para determinar su pertinencia. Las analice para tratar de medir el alcance de las posibles respuestas, su contundencia y el impacto noticioso que podrían tener. La primera, la estimé conveniente para darle confianza. Que no me vea desde el principio como el enemigo, para que se suelte y hable con libertad e inclusive para invitarlo a ofrecer, como un agregado, información sobre su origen, sobre quién es y cómo es. La segunda, que implica una acusación directa sin prueba alguna, la estimo oportuna, he de decir, porque mi intención es provocarle una airada reacción de cólera que dé elementos para el color que incluiría al describir ese pasaje, pero también lleva la intención de darle la oportunidad de que con argumentos se libre de la responsabilidad y culpa que la humanidad le imputa, y que tenga la oportunidad de hacer patente que a pesar de lo que se diga y piense, es honorable. La tercera, tiene la intensión de encaminar la respuesta hacia una explicación de la relación que tiene con los seres humanos y viceversa, el papel que ellos juegan en sus planes y la importancia que les da para conseguir sus objetivos. La cuarta, es como una especie de tregua, como una acción de benevolencia que lleva implícito el beneficie de la duda. Especulé sobre las posibles respuestas que según mi lógica daría. Di por sentado que no negará su presencia entre los vivos, que no aceptará ser un personaje producto de la ficción, y que no pondrá en duda las menciones y referencias que se hacen de su presencia en diferentes momentos de la historia de la humanidad, pues ello iría contra su prestigio. De igual forma asumí -aunque consideré la posibilidad de que adopte una actitud burlona y despreocupada para exponer que no le importa lo que se piense de él-, que su primera reacción no podría ser otra que de arrebato, que se haría manifiesta en su voz, con tono alto, en su rostro, con el entrecejo fruncido, en su cuerpo, echado hacia adelante con el brazo levantado -ya el derecho o el izquierdo-, la mano con cuatro dedos empuñados y el índice erguido, y con sus ojos, fulgurosos al momento de soltar: ¿Qué si existo? ¡Jajaja! ¡Jajaja! ¡Nada más eso me faltaba! ¿Acaso es una broma? ¿Quién te crees para osar preguntar eso? ¡Claro que existo! Tan existo –me espetaría- que estoy en la boca y el pensamiento de todos, sean buenas o malas personas, y estoy en los buenos y en los malos momentos. Si no, cómo se explica que aunque nadie me ha visto, la gran mayoría me tiene en mente y me mencionan al referirse a aspectos triviales de su vida diaria. Cuando algo les sorprende dicen ¡qué diablos!, cuando no pueden explicarse un suceso preguntan ¿qué diablos pasa?, si desconocen algo, ¿qué diablos es eso?, después de la delicia desbordante del acto sexual, suspiran y lanzan un ¡diablos!, si están molestos con alguien, lo mandan al diablo, a causa de un desastre natural o provocado, expresan ¡todo se fue al diablo!, cuando de experiencia se trata, más sabe el diablo por viejo que por diablo, si un niño es juguetón e inquieto, dicen que es un diablillo, los antisociales mandan al diablo a las visitas, cuando alguien correr despavorido, va como alma que lleva el diablo, por lo que pasa desapercibo, de repente ni el diablo se da cuenta, a quien no tiene dinero, lo califican de pobre diablo, cuando hay cólera excesiva, tiene ojos de diablo, cuando hay enojo, se le metió el diablo, cuando hay desorientación, dónde diablos me encuentro, cuando no se cree algo, al diablo con ese cuento, cuando un niño se portan mal, lo asustan con que se le va a aparecer el diablo, cuando se quiere hacer algo imprudente, no tientes al diablo, cuando no se encuentra algo, dónde diablos lo dejé, y así… un sinfín de dichos más, además de los refranes que se han inventado como el de dios propicia el beso y el diablo lo demás, el diablo sólo tienta a aquel con quien ya cuenta, el hombre es fuego y la mujer estopa, viene el diablo y sopla, el hombre propone, Dios dispone y el diablo descompone, si a este mundo vino y no toma vino, a qué diablos vino, y el rencor, la soberbia y la vanidad afirman que son pecados del diablo. Estoy presente desde la aparición de la humanidad. El Evangelio es la mayor prueba que hay sobre mi existencia. No las fábulas de que echan mano las religiones para atemorizar a los feligreses, no las mentiras de que a mí se debe la maldad que hay en cada persona, y no la creencia de que soy la principal fuerza motora que está detrás de todos los actos de malevolencia registrados a lo largo de la historia. No acepto que digan que soy como el monóxido de carbono: invisible y muy peligroso, ni que se me compare con Sancho ni que por no verme se crea que no existo, que soy un invento. Si se acepta la existencia de Dios, también se debe aceptar que existo yo, el Diablo, porque somos como el Yin y el Yang, y estamos presentes como el cielo y la tierra, como el día y la noche, como el bien y el mal, como la vida y la muerte. Veraz. Muchos millones de cristianos crecen y mueren con apego en la religión del miedo. Miedo al infierno de las llamas eternas a donde se dice y cree van a ir a parar quienes en vida fueron malos e hicieron mal a otros, que no existe, pero que lo introdujo en la Biblia la religión católica a raíz de que Dante Alighieri lo describió en la Divina Comedia. Y cuando el miedo se apodera de las personas, según Freud, se transforma en fobia. El miedo es el recurso utilizado siempre por instituciones autocráticas que buscan imponer sus dogmas a sangre y fuego, a fin de inducir a las personas a cambiar la libertad por la seguridad. Y cuando se deja de lado la libertad se abandona la conciencia crítica, se calla uno ante los desmanes del poder, endulzado este por el atractivo de una supuesta protección superior. Así pasó en la iglesia de la Inquisición, en la dictadura estalinista y en el régimen nazi. Así sucede en la xenofobia yanqui, en el terrorismo islámico y en los segmentos religiosos que me dan más valor a mí que a Dios, y que prometen librar a sus fieles de los males a través de exorcismos, curas milagrosas y otras panaceas con que engañan a los incautos. En nombre de una acción misionera, millones de indígenas fueron exterminados durante la colonización de América. En nombre de la pureza Aria, el nazismo erigió campos de exterminio. En nombre del socialismo, Stalin segó la vida a más de 20 millones de campesinos. En nombre de la defensa de la democracia, el gobierno de los Estados Unidos siembra guerras y, en un pasado reciente, implantó en América Latina crueles dictaduras. Convencer a los fieles de que desechen los recursos científicos, como la medicina, y se desprendan de una parte del ingreso familiar para sostener supuestos heraldos de la divinidad, es engaño y es explotación. La religión del miedo alardea de que sólo ella es la verdadera. Las demás son heréticas, impías, idólatras o demoníacas. De ese modo considera enemigo a todo aquel que no reza con su libro sagrado, y hasta discrimina a los adeptos de otras tradiciones religiosas y sataniza a los homosexuales y a los ateos. La modernidad conquistó el Estado laico y separó el poder político del poder religioso. Sin embargo hay poderes políticos travestidos de poder religioso, como la convicción yanqui del “destino manifiesto”, así como también hay poderes religiosos que se articulan para obtener espacios políticos. Hasta el mercado se deja impregnar del fetiche religioso al tratar de convencernos de que debemos tener fe en su “mano invisible” y dar culto al dinero. Como afirmó el papa Francisco el 5 de junio del 2013, si hay niños que no tienen qué comer y algunos sin ropas que mueren de frío en la calle, no es noticia, pero la disminución de diez puntos en la Bolsa de Valores constituye una tragedia. Una religión que no practica la tolerancia ni respeta la diversidad y que se niega a amar al que no reza su credo, sirve para ser echada al fuego. Una religión que no respeta el derecho de los pobres y excluidos es, como dicen que dijo el Jesús de la religión cristiana, un sepulcro blanqueado. Y cuando esa religión llena de bellas palabras los oídos de los fieles, mientras llena sus bolsillos en flagrante defraudación, no pasa de ser una cueva de ladrones. El criterio para evaluar una verdadera religión no es lo que ella dice de sí misma, sino aquel en el que los fieles se empeñan para que todos tengan vida y vida abundante y que abrazan la justicia como fuente de paz. Y así como Dios no quiere ser servido y amado en libros sagrados, templos, dogmas y preceptos, sino por aquel que fue creado a su imagen y semejanza, el ser humano, especialmente en aquellos que padecen hambre, sed, enfermedad, abandono y opresión, yo no quiero que me señalen como si fuera un renegado, desleal y malévolo, porque no tengo poder para hacer mala a una persona buena. Es un hecho real que si se instala a una persona buena en un lugar considerado malo, ésta acaba siendo corrompida, por lo que la línea entre el bien y el mal es casi imperceptible. Si un niño disfruta maltratar a un animal, ese es un signo de maldad desde el nacimiento, la forma de vida de las personas durante su existencia es determinante para que una persona sea propensa a la maldad y a cometer actos perversos. Según la ciencia, las personas extremadamente malas no padecen enfermedad alguna y su comportamiento corresponde a la forma en que está organizado el cerebro y a que hay decenas de genes que son los responsables del comportamiento anómalo de quienes, por ejemplo, entran en el perfil de un psicópata. Éstas son personas extremadamente egoístas, aplican criterios utilitarios y muestran desinterés por los demás, distinguen perfectamente entre el bien y el mal, suelen ser inteligentes y manipuladores, y cuando descubren las debilidades de los otros se aprovechan de ellas, la pasan bien haciendo sufrir a los demás y les gusta la violencia, son insensibles a los signos de dolor de los otros, no tienen miedo y no les preocupa que puedan recibir un castigo, carecen de remordimiento o sentimiento de culpa. Así es que ¿cómo puede haber duda de mi existencia? Lo que pasa es que, como ya lo mencioné, la religión necesita del miedo para mantenerse y atraer fieles, creó el cuento de que yo, el Diablo, soy el ser maligno al que deben rechazar y temer por ser enemigo de Dios, el promotor del pecado y el encargado de propagar el mal. Soy un recurso del que no puede prescindir y del que se echa mano porque no lo puedo impedir. Me pregunto, ¿qué harían sin mí? ¿Qué sería de sus miserables vidas? En resumidas cuentas, y en sentido estricto, te diré, soy… un chivo expiatorio. Mesiánica política exterior del Presidente
Rafael Cienfuegos Calderón Como si México fuera un país en jauja económica con un Producto Interno Bruto (PIB) que crece 5%, con incremento en la creación de empleos formales y mejora en los niveles de pobreza, el Presidente de la transformación va a transformar la vida de miles de guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, beliceños y haitianos, y más adelante cubanos y dominicanos, al financiar la implementación de dos programas que no han probado ser eficaces: Jóvenes Construyendo el Futuro y Sembrando Vida. A eso fue de gira el presidente mexicano a Centroamérica y el Caribe, a comprometerse, sin que haya traído nada –no hay información oficial- que beneficie significativamente al país. De esta manera el actual gobierno de México se convertirá en salvavidas de esos países, que ciertamente están más rezagados, al impulsar programas que generen (¿?) empleo para detener la migración hacia Estados Unidos. El 5 de mayo Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores, informó que los gobiernos de México y Guatemala acordaron que 25 mil guatemaltecos cotizarán ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) a partir de que el programa Sembrando Vida inicie en Chimaltenango; ese mismo día en El Salvador se informó que los programas Jóvenes Construyendo el Futuro y Sembrado Vida han cambiado el rostro de las zonas de extrema pobreza y que 20 mil jóvenes se han beneficiado de la ayuda mexicana. En ese país, según datos oficiales, hay 10 mil perceptores de Sembrando Vida y los 240 dólares de apoyo para cada uno son depositados por el gobierno de México mediante el Banco del Bienestar y según se ha prometido, la cantidad de beneficiarios se duplicará. Honduras tiene 10 mil inscritos en ambos programas y un presupuesto de 30 millones de dólares proveniente de México. Los gobiernos de Haití y Belice firmaron una carta compromiso para instrumentar Sembrando Vida en su territorio, el de Perú recibió a funcionarios mexicanos para aprender sobre la aplicación de los programas, y según ha dicho el gobierno mexicano, pronto Cuba y República Dominicana también podrán implementarlos (Viri Ríos, Milenio 09-05-2022). El presidente del cambio gasta dinero de los mexicanos para ayudar a pobladores de países “hermanos” y frenar la migración a través de una política mesiánica, pero es “pichicatero” al comprar medicamentos, apoyar a micro, pequeños y medianos empresarios y comerciantes afectados por la pandemia, dar más presupuesto a las escuelas de tiempo completo, a los programas de protección a mujeres violentadas, y no implementa programas no asistenciales que impidan la salida de mexicanos hacia Estados Unidos a causa de el alto costo de la vida, la sequía y, de manera cada vez más relevante, la inseguridad. De acuerdo con datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés), mientras se redujeron los “encuentros” con migrantes de Guatemala, El Salvador y Honduras entre 2019 y 2020, de 607 mil 774 a 96 mil 258, los de mexicanos aumentaron de 166 mil 458 a 253 mil 119. En 2021, casi se triplicó con 655 mil 594 “encuentros, y lo más probable es que siga en aumento, pues durante marzo pasado, la CBP reportó 87 mil 388 “encuentros” (2 mil 818 al día), contra 8 mil 387 con salvadoreños, 16 mil 63 con hondureños y 21 mil 355 con guatemaltecos (Pascal Beltrán del Río, Excélsior 10-05-2022). “La historia de la literatura es la de
una cadena de escribanos tratando de imitar lo que han amado en otros autores”. (Héctor Aguilar Camín). Lo que hoy vivimos comenzó en el pasado reciente y nadie lo vimos venir. Días antes del inicio del último año de la segunda década del siglo XXI, hizo inmaterial acto de aparición en el mundo y éste se detuvo. Sus habitantes nos vimos forzados al encierro y a cambiar la forma en que nos desenvolvíamos y convivíamos. Nos cambió la existencia. Se modificaron y cancelaron proyectos de vida. Desafortunadamente, cientos, miles, millones de personas murieron, mientras que muchos más de los miles de millones que poblamos el planeta, seguimos vivos y cuidándonos. Por seguridad o por precaución o por miedo ante el invisible y mortal peligro, o tal vez por los tres motivos, millones se convirtieron en nuevos pobres al verse forzados a dejar el trabajo del que obtenían el ingreso económico con que cubrían sus necesidades familiares más elementales, principalmente la alimentaria, y empezaron a padecer hambre; mientras que los que también por millones ya eran pobres y padecían graves privaciones, vieron acrecentar su miseria a causa de la nueva realidad. Hubo preocupación, pavor y paranoia. Contraer una simple gripe generó alarma y desasosiego. Lo mismo que pensar en el posible brote de alguna otra enfermedad extraña o exótica, que si se llega a convertir en plaga, como la que hoy padecemos colectivamente o la de hace poco más de una década, la influenza, que atacó a población de México, Estados Unidos y Canadá, fue un suplicio, pues implicaría un riesgo más para la integridad física, que vulneraría la salud y podría llegar a causar la muerte. La indolencia e irresponsabilidad que están presentes como resultado de la incredulidad de lo que ocurre, causo rechazo e indignación, pero más que nada intranquilidad. Hubo al principio millones de personas en prácticamente todos los países del mundo que asumieron una actitud valemadrista, de “eso es un invento”, “es una artimaña”, “es el medio para crear temor en la gente, y para que los gobiernos coarten libertades y cancelen derechos”. Desgraciada y desafortunadamente, aún hay quienes mantienen esa percepción no obstante las diarias evidencias de que no es nada de eso. La desconfianza cundió, posiblemente, porque se desconoce si se trata de un virus que surgió de manera natural o si es producto de un error, voluntario o involuntario, del trabajo científico en un laboratorio o hasta que se trate de una arma biológica, se especula, mientras que cada día ataca al cuerpo humano, lo enferma y lo aniquila. Hecho, que no se puede refutar. Se llegó a afirmar que es parte de un complot global orquestado para regular el número de la población ante el agotamiento vertiginoso de los recursos naturales, que fue creado por científicos que trabajando en la búsqueda de inmunizadores contra el sida, el cáncer u otras enfermedades cometieron un error, y hasta que se trata de un proyecto de negocio inescrupuloso de las grandes farmacéuticas mundiales que primero originan la enfermedad y luego producen el remedio con el que habrán de especular para aumentar el precio, logrando de esa manera incrementar sus millonarias utilidades económicas. Y sobre las vacunas, que cuando las hubo y estuvieron disponibles provocaron rebatiña entre las naciones para acapararlas, se llegó al colmo de lanzar la fantasiosa idea de que serían el medio para implantarnos un chip y mantenernos bajo control. En fin, no se aceptaba la triste y cruda realidad. El dúo paranoia-indolencia, creó una atmosfera aterradora que obligó a la gran mayoría de mortales al encierro en casa y a adoptar medidas de higiene que inclusive llegaron a rayar en la exageración; en tanto que otros, por fortuna los menos, optaron por el descuido con el riesgo de que si se infectan se verían obligados a guardarse pero temporalmente en un hospital o hasta permanentemente en un féretro. Por precaución o por miedo a lo desconocido ¿quién sabe?, lo cierto es que los más optamos por resguardarnos y buscar la forma de adecuar las diarias actividades a las condiciones que imponía el inesperado suceso, así como por privarnos de todo tipo de divertimento fuera e inventarnos nuevas formas de convivencia para pasar el tiempo. Las video-llamadas, que son un importante aporte de la tecnología de la información y comunicación, contribuyeron sobre manera a mantener contacto con familiares y amistades, empero, por necesidad, hubo que quemarse el coco para idear actividades que nos mantuvieran física y mentalmente ocupados, y a hacer trabajo de oficina en casa, en tanto que para los niños que dejaron de ir a la escuela, hubo que buscar entretenimientos que no fueran los de la televisión o los videojuegos, pasatiempos que no derivaran en el enajenamiento de la computadora y el celular ni que se convirtieran con el paso de los días en una costumbre que, por tanto, terminara desechándose por aburrimiento ante la falta de diversidad. ¡Y yo que estoy tan acostumbrado a andar de pata de perro! -Me decía resignado, a veces, y otras más, desesperado-. ¿Qué diablos haré hoy? Esa fue la pregunta matinal que me hice por mucho tiempo todos los días a partir de que salir y caminar las calles empezó a ser una necesidad, primero, y, luego, una exigencia, sin importar que eso me resultara asfixiante por el obligado uso del cubrebocas y el calor, más el polvo que levanta o arrastra el viento que se suelta impetuoso, y también molesto por los rayos del sol que se sienten quemantes en la piel, y, otras veces, hasta desagradable por la basura y los baches que afean las calles y que son huellas del constante tránsito de personas sucias y de vehículos. El malestar del tedio se hacía presente no obstante que disfruto estar en mi casa, que no es muy grande, pero tampoco pequeña, sí confortable y de aspecto agradable. La lectura, sentado en la mecedora del patio, que está ataviado con plantas que dan flores blancas, rosas, rojas y anaranjadas en macetas multicolores es, desde antes del encierro, una actividad que me deleita, más, si la hago ingiriendo una refrescante cerveza. Regar las plantas y los árboles del área comunal me resulta relajante, lo mismo que sembrar nuevas matas o trasplantar otras. Y a esas actividades que implican trabajo físico, sumé otras al crearme el hábito de revisar si hay algo que requiera arreglo o una mano de pintura, cosas que se tengan que acomodar para aprovechar mejor el espacio, pues los cachivaches nunca faltan en una casa. La computadora y el internet fueron aliados en la tarea de inventarme qué hacer para pasar los minutos y las horas, pero llega el momento en que me resultan limitados porque no tengo por costumbre clavarme mucho tiempo en el correo electrónico o el Facebook, afortunadamente no soy aficionado al Twitter; me mantienen ocupado en tanto no me aburra o encuentre algo que me parezca importante, que me sea de interés o que me distraiga, y lo mismo pasa con los portales de noticias de los periódicos que suelo consultar. Después, preciso pasar a otra cosa. ¿Pero a qué? No me parecía que hubiera muchas opciones. Sin embargo, un día cavilé sobre el interés que he tenido por escribir literatura desde mis años de estudiante de bachillerato pero que he mantenido reprimido, sin haberme cuestionado por qué, para sacar mis ansias locas y dar rienda suelta a mis fantasías y mis vivencias a través de relatos. Como resultado, di comienzo a una serie de escritos, a modo de prueba, para evaluar si medianamente tengo el conocimiento necesario para contar historias a través de la redacción de oraciones claras y bien elaboradas, sobre aspectos de la vida cotidiana de antes y después de que se apareciera el bicho que ha convertido la vida de muchos en un tormento. Y, sin ser presuntuoso, la verdad sea dicha, me autocalifique bien; me sentí a gusto después de leerlos. ¿Por qué no darme la oportunidad? Fue tal mi entusiasmo, que intenté verme como novelista, cuentista o narrador. ¡Vaya ligereza la mía! Quiero correr cuando no he aprendido a caminar. Me sentí ridículo. Soy de la opinión de que en la literatura, tanto como en cualquier arte, si no se tiene conocimiento, sensibilidad y capacidad creativa para decir, plasmar y transmitir con claridad y elegancia cosas que sean atrayentes, que valgan la pena y trasciendan, por mucho empeño que se ponga y por muchas ganas que se tengan, a lo único que se expone el suspirante a escritor es a fracasar, a hacer el ridículo y a recibir una tunda de críticas negativas, que en mi opinión, son un fulminante golpe a la dignidad, la estima y la vanidad de las personas. La alternativa que encontré después de varios días de estar pensando, y que me pareció más adecuada, fue la de aprovechar mi profesión de periodista para asumirme como el mejor y más avezado entrevistador. Valerme del conocimiento y la experiencia adquirida al cubrir eventos sobre diversos temas, conferencias de prensa, congresos, seminarios, asambleas, mítines políticos, procesos electorales, sesiones parlamentarias, marchas de protesta ciudadana, presentaciones de libros e inauguraciones de exposiciones, redactar las respectivas notas informativas, hacer crónicas de color y reportajes. Éstos últimos, que son en mi opinión lo mejor de lo mejor, permiten el explaye, la investigación, y el uso conjunto de los géneros periodísticos: nota informativa, entrevista y crónica, para tratar a profundidad y ampliamente temas de interés que puedan hacer posible que el reportero logre el supremo objetivo de conmover a la opinión pública y, de paso, mostrar las cualidades narrativas con que se cuenta. Me propuse realizar la entrevista jamás hecha hasta ahora. Enfrentar cara a cara, como en un encuentro de esgrima, al personaje que jamás se haya entrevistado, lanzarle preguntas directas, incisivas y provocadoras que no le den oportunidad de escabullirse con respuestas simples, y que se vea obligado a mostrar su sagacidad e inteligencia, como lo tendría que hacer yo también. Para ello, requiero –preví- un personaje célebre que sea ampliamente conocido, pero del que se desconozcan, a la vez, muchas cosas; sobre el que se especule o se invente, que goce de prestigio tanto bueno como malo, que rompa el molde en el ámbito de la política, la cultura, la ciencia o inclusive de la farándula, cuyas respuestas sean de interés y estén a la altura de lo que demandan y quieren saber los lectores. Y éstas, solo podrán obtenerse si las preguntas son claras, concisas y macizas. Pero de entre mis cavilaciones surgió la gran interrogante: ¿Quién podría ser el entrevistado? Ese que deslumbre, que aclare dudas o que escandalice con sus revelaciones, que tenga una o muchas opiniones sobre un tema específico, que sea capaz de transmitir confianza y duda al mismo tiempo, que a través de sus dichos pueda llegar a dar la sensación de que, inclusive, se trata de alguien afable. Que sea carismático y enigmático, que sea muy mentado, que desentrañe incógnitas, que ponga en tela de juicio ideas, dogmas y creencias políticas, religiosas y sociales, y que desenmascare a profetas, mesías y políticos que engañan y dicen medias verdades para cooptar a cuanto incauto se pueda. Pensé, sin embargo, que no hay nadie, definitivamente nadie, que reúna todas esas cualidades. O, más bien -me di cuenta-, yo no conozco a nadie así. Más que nada, porque son muchas las particularidades que le cuelgo al posible candidato. -¡Vaya problema! -Estimé, sin duda alguna, que de no elegir atinadamente podía echar a perder la realización de una entrevista exclusiva y única-. Pero como las horas me parece que transcurren con mucha lentitud y tardan una eternidad en pasar -a pesar de que varias de ellas las ocupo en elaborar la columna política que publica martes y jueves el periódico digital en el cual colaboro, en checar los portales de información de tres o cuatro diarios y leer a algunos opinologos, así como en la salida de casa única y exclusivamente para ir al supermercado con mi esposa, lo que me sirve de distracción y permite ver el comportamiento de la gente en la calle, mucha de ella descuidada a pesar de la presencia del virus, y en el ritual en que se ha convertido, al regreso, antes que nada, limpiar las suelas de los zapatos o tenis en el tapete con líquido desinfectante, lavarme las manos con agua y jabón, y aplicarles gel, y luego sanitizar todos los productos comprados-, durante no sé cuántos días no dejé de pensar en quién podría ser el personaje indicado. La cuestión se presentaba más que nada en la noche, al acostarme, hasta que por fin lograba dormirme. Aunque, a la mañana siguiente, sin falta, se hacía presente una vez que despertaba. En los días de la última semana del mes de agosto, tras haber realizado un minucioso análisis de mi situación de trabajador sin paga a causa de la descapitalización que provocó en miles de empresas el parón de actividades, tomé la determinación de acabar con mi vida… profesional de periodista con la realización de esa última entrevista, misma que me impuse como obligación y como un reto. Pero aún seguía sin saber a quién, que valiera la pena, para coronar los 43 años que he recorrido como reportero diarista en diversos medios de comunicación, además de mi paso por oficinas de prensa y el desempeño que tuve como enlace de algunos legisladores federales con los reporteros de periódicos, radio y televisión. Descarté, de entrada, a políticos de cualquier signo ideológico y partido por ser falsos y tener mala reputación, así como a representantes de organizaciones de la sociedad civil porque, a excepción de pocos, en su mayoría son oportunistas a los que mueve el interés personal por sobre las causas que dicen defender. Pensé buscar entre académicos e investigadores de las diferentes ciencias y especialidades, pero esa opción la deseché porque con ellos tendría que ceñirme a temas específicos y complicados; también pasó por mi mente gente del ámbito de las bellas artes, pero estimé que eso sería elitista; a lo que ni siquiera dediqué tiempo, en pensar quién, fue al medio del entretenimiento por considerarlo insustancial. Pero la necesidad de esa última entrevista me obsesionó al grado de sentirme inquieto y presionado. Me daba pesadez pensar de más, y como me exigí poner a prueba mi capacidad profesional e intelectual, mi carácter empeoró y empecé a padecer insomnio. En mi cabeza rondaba la misma idea. Necesito un personaje carismático y a la vez misterioso, popular pero del cual se tenga poca y difusa información, respetado y a la vez temido; alguien con quien pueda abordar temas históricos, de actualidad y del futuro incierto, de la vida y la muerte, de la verdad y la mentira, de la hipocresía y la honestidad, del bien y el mal, de la religión y los mitos; alguien con el suficiente buen humor como para burlarse de sí mismo, pero que a la vez tenga un alto grado de indignación para despotricar y descubrir a los falsos redentores que pretenden embaucar y hacer creer que el mundo en que vivimos es el Paraíso donde todo es felicidad, cuando en realidad, con nuestras acciones, lo sabemos, todos hemos contribuido y somos responsables del antro en que está convertido, en el que las muertes, la contaminación, el genocidio ecológico, las guerras, el terrorismo, la violencia, el hambre y la pobreza son cosa de todos los días. La idea me daba vueltas en la cabeza. Diariamente hacía búsquedas en internet para dar con quién pudiera reunir la mayor parte de los requisitos que quiero cubra el entrevistado. Para mí desfortuna, me di cuenta de que entre más empeño ponía, más divagaba y me perdía. Desconcertado y confuso, no sabía qué hacer. Me plantee renunciar; dejar de lado la tarea que me impuse de realizar una última entrevista antes de colgar los guantes, de dejar de tundir teclas y de despedirme de la arena del periodismo, que tantas satisfacciones me ha dado, que tanta presión emocional ejerció en mí, que me obligó a corregir errores personales y los propios de la profesión, y que me condujo a acentuar vicios y comportamientos negativos. Pero, también, consideré darme otro chance para hacer un último intento y encontrar al personaje con el que, al fin de cuantas y aunque cubra solo una parte de los requisitos idealizados, me sea posible hablar de cualquier cosa, en serio, en broma, ordenada o atropelladamente, sin dar límite de tiempo a las respuestas, meternos en todo con absoluta libertad, sin importar que ni él ni yo seamos todólogos, con tal de que arroje material para elaborar un texto en el que vaya mezclada parte de su biografía, los aspectos noticiosos que deriven de los tópicos que se aborden, y que la descripción de sus gestos y movimientos corporales sirvan para darle color a la crónica con que vestiría la entrevista. Me decidí por continuar. Y, para mi fortuna, la recompensa al denodado esfuerzo, llegó en la placidez de un sueño profundo. Al despertar una mañana resplandeciente y cálida gracias a la presencia del astro rey en lo alto del cielo, amanecí sabiendo que mi entrevistado sería el Diablo. Sí, el mismísimo Rey del Averno. O Satanás o Lucifer o Belcebú o Demonio o Luzbel o Belial o Príncipe de las Tinieblas o Ángel Caído o Rey de las Tinieblas, como también se le menciona. ¿Por qué? Porque a él se le atribuye, con razón o sin ella, la maldad que anida en el interior de cada una de las personas en sus múltiples expresiones y todas las calamidades que han ocurrido, la que padecemos hoy y muy seguramente las que puedan llegar a presentarse en el futuro. Además, por ser el ente que desde el inicio de la historia está presente y causa miedo, agitación y desasosiego colectivo, pero que, también, provoca buen humor en quienes lo consideran un invento de la mitología, una caricatura, un chiste. ¡El Diablo! Este sí que es todo un reto! -Me dije con el solo movimiento de lengua y labios, sin emitir sonido alguno-. En un momento de sosiego deje volar mi imaginación y visualice al Diablo como un Dandi refinado, sobrio y de fuerte personalidad, vistiendo traje negro de moda, chaleco a rayas verticales blancas y negras, moño guinda y zapatos de charol, cabello engominado peinado hacia atrás, barba recortada en delgada línea a lo largo de la mandíbula rematada en la punta de una barba de chivo en el mentón, sombrero de bombín en una mano, bastón en la otra, y sonrisa entre malévola y socarrona. Al retornar a la realidad solté un suspiro profundo y expresé, ahora en voz alta, ¡Vaya reto! ¡Solo a mí se me ocurre entrevistar al Diablo! ¿Será porque estoy perturbado o alucinado? ¡Puede ser! Aunque lo más seguro es que quién sabe. Recordé y apliqué para mi particular caso, la afirmación que le escuché a alguien, de que si Dios hizo al hombre a semejanza, no cabe duda de que Dios era un desequilibrado -lo que me dio mucha risa-. Pero no, no se trata de nada de eso. Estoy seguro. –El movimiento de la cabeza de izquierda a derecha, de manera constante, me convenció de que no estoy ni perturbado ni alucinado ni desequilibrado-. La decisión la tomé, luego de que desperté convencido de que el indicado era el Diablo, conscientemente y sin divagaciones, a sabiendas de que es un personaje al que se atribuyen poderes malignos, al que se señala como archienemigo de Dios y del que se dice es el Rey del Infierno, al que hay quienes lo comparamos socarronamente con Sancho, porque todos sabemos que existe aunque nunca lo hemos visto, al que se han dedicado poemas, novelas, cuentos, canciones, películas, y cuyo nombre está incluido en la gastronomía, del que se echa mano para espantar a los niños, y al que se supone innombrable, puesto que si se le invoca, hay el riesgo de perder el alma -lo que sea que ella sea-. Sin embargo, sí me pregunte en serio, más de una vez, ¿por qué el Diablo? Al buscar una respuesta me percaté de que el auto cuestionamiento era más bien para forzarme a idear lo que diría de manera concreta y certera cuando alguien me lo preguntara, pues tengo la idea de que el tema del Diablo puede despertar curiosidad e interés, pero también indignación y temor. En fin, después de un tiempo el por qué lo limité a porque me parece el personaje más interesante, seductor, inigualable y enigmático que hay. Y, lo mejor, porque nadie lo ha entrevistado. Podría ser la exclusiva que se pelearían los periódicos, las revistas y televisoras más importantes del orbe, y no se diga las publicaciones amarillistas; sin duda merecedora indiscutible del mayor reconocimiento en el medio periodístico del mundo mundial, como dicen los españoles. Aunque podría ocurrir también que sea rechazada y su publicación y difusión no se lleve a cabo si los editores evalúan que el entrevistado hace revelaciones comprometedoras que generarían conmoción, que se contraponen a hechos históricos que por siglos han prevalecido como verdaderos, que ponen en duda la credibilidad de las religiones al denunciar las atrocidades que han cometido para mantener el control de la gente, que encueran a gobernantes que abusan del poder y engañan al pueblo, o que, simplemente argumenten, que el Diablo no existe y, por tanto, la entrevista carece de veracidad. Que la inventé. Hice todo lo posible por desterrar de mi mente ese mal augurio. Con los ojos cerrados, me aplique el coco wash de “todo va a salir bien” que repetí y repetí y repetí. Más de repente… sin decir agua va… me asaltó una inquietante duda: ¿Qué le voy a preguntar? El circo político de la 4T y la oposición como piñata
Rafael Cienfuegos Calderón Con la reforma eléctrica que rechazaron 223 diputados de oposición “traidores a la patria” el Presidente tiene el primer acto del circo político con que entretendrá, distraerá y polarizará a la ciudadanía hasta la contienda electoral del 2024. El segundo acto del show está en proceso con la iniciativa de reforma electoral que requiere una mayoría que Morena no tiene en la Cámara de Diputados y que, de ser también votada en contra, será aprovechada en el discurso para atacar a los partidos de oposición y acusarlos igual que a sus legisladores de “traidores a la democracia”. El tercer acto del espectáculo tendrá como atractivo, si se rechaza, la anunciada reforma a la Guardia Nacional para incorporarla a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y que los soldados se encarguen de la seguridad pública, que servirá para hacer ruido y mantener la narrativa de que los “traidores a la paz” son enemigos del “pueblo. El presentador de los actos circenses dirá en el escenario de Palacio Nacional que si no baja el costo de la electricidad, si siguen los fraudes electorales y si crecen inseguridad y violencia, es por culpa de los que están en contra del cambio. La desaprobación de esas reformas a la Constitución, permitirán, no obstante, sacar raja política y será el pretexto para la confrontación. De la eléctrica, el Presidente espera dividendos en las cercanas elecciones para renovar gubernaturas en seis estados, en los que los candidatos morenos hacen campaña exhibiendo a los legisladores que señalan de “traidores a la patria”; de la electoral, que no se consensuó con Movimiento Ciudadano, PAN, PRI y PRD, que tiene hasta marzo de 2023 para aprobarse e implica riesgos para la democracia al pretender estatizar los procesos electorales que están en manos de la ciudadanía, se nutrirá la narrativa presidencial para vapulear y denostar al Instituto Nacional Electoral (INE) en la contienda por la gubernatura del Estado de México; y de la de seguridad, obtendrá la esencia del discurso para catapultar a quien elija para sucederlo en la presidencia por tratarse del mayor problema que preocupa a la población. El circo político de la 4T no solo sacará a flote la ausencia de espíritu democrático del presidente sino también su destreza para distraer a los electores del deterioro de su vida y bienestar por la inflación, la violencia e inseguridad, la pobreza, la falta de empleo formal y de crecimiento económico, y la poca o nula posibilidad que tiene para superarlo en los dos años y medio que le restan. El riesgo para el Presidente, su proyecto (¿?) y su partido, es que la oposición, convertida en la piñata de los actos circenses, deje de lado sus diferencias ideológicas y se unifique no únicamente para rechazar las reformas pendientes, la electoral y de seguridad, sino también para buscar y tener un candidato único que le permita ser competitiva en la elección del 24, lo que no es imposible después de que en el 2021 le restaron diputaciones a Morena y perdió la mayoría absoluta. Nacionalizar lo que constitucionalmente es de la nación
Rafael Cienfuegos Calderón La urgencia que impuso el Presidente para que se aprobara sin dilación la reforma a la Ley Minera que “nacionaliza” lo que el artículo 27 de la Constitución indica es propiedad de la nación, el litio, deja al descubierto cómo se hacen las cosas en el gobierno del cambio y la transformación. En menos de 48 horas Morena y sus partidos satélites en las cámaras de diputados y senadores sacaron adelante una reforma que no tiene más razón de ser que la de satisfacer a un presidente que aspira pasar a la historia como un nacionalizador y ser recordado por el litio, como Lázaro Cárdenas, por el petróleo, y Adolfo López Mateos, por la industria eléctrica, aunque en realidad no se haya nacionalizado nada. El Presidente tomó revancha luego de que fuera rechazada por los partidos de la oposición en bloque la reforma constitucional que presentó en materia eléctrica, empero los legisladores del oficialismo se exhibieron como “ignorantes” al aprobar una reforma de ley que declara al litio patrimonio nacional, siendo que el artículo 27 así lo estipula, y se evidenciaron como “borregos” por atender con la mayor prontitud la orden de sacarla adelante, como finalmente salió “haiga sido, como haiga sido”. La “supuesta” nacionalización tal vez tenga la intención de establecer que el litio será explotado única y exclusivamente por el Estado mediante una empresa paraestatal que se creará (en Morena se quemaron el coco y proponen que se llame AMLITIO), para la que no se sabe de dónde saldrá el dinero para que opere y lo mismo pasa con las inversiones que se necesitarán para instalar una nueva industria y hacerla crecer con niveles competitivos en el mercado mundial. En el país el proyecto de litio más notable con una inversión de 480 millones de dólares, es el de la empresa inglesa Bacanora Lithium y su socia china Ganfeng Lithium en Sonora, donde según un listado de Mining Technology se encuentra el yacimiento de arcilla más grande del mundo, con alrededor de 4.7 millones de toneladas. Hoy no se produce un solo gramo de litio en México, aunque su potencial es de 1.7 millones de toneladas, según el Servicio Geológico de Estados Unidos y existen 10 empresa con concesiones, de las que Bacanora es la más avanzados para extraer el mineral que se cree suplirá al petróleo y es básico para las pilas de los autos eléctricos. Pero el Presidente anunció que se revisarán las concesiones que están en curso porque “sospecha” que hubo corrupción en su otorgamiento y que, si es el caso, se cancelarán, aunque por ley, ninguna ley es retroactiva. Ante este panorama, si se excluye de la explotación del litio a los capitales nacional y extranjero por un nacionalismo ideologizado, ¿tendrá el gobierno los recursos para llevarla a cabo? Sobre los depósitos, Fernando Alanís, líder de la Cámara Minera de México, explicó a La Jornada (07-06-2021) que existen tres tipos de yacimientos en el mundo, cada uno con características diferentes y con distintas dificultades para extraer el mineral. Los tradicionales de roca, con alta concentración de litio y de fácil extracción, en Australia y Estados Unidos; están los salares, en Bolivia, Argentina y Chile, con concentración media de litio, pero de extracción sencilla basada en la evaporación; y los de arcilla, con una baja concentración de litio y alta dificultad para extraer. De este tipo son los que hay en México. El poder político tiene fecha de caducidad
Rafael Cienfuegos Calderón Un hecho indiscutible que no perciben los políticos es que su poder dura lo que dura un cargo de elección popular: presidente de la República, gobernador, presidente municipal, alcalde, diputado y senador, y que una vez terminado el sexenio o el trienio ese poder desaparece y dejan de ser omnipotentes. En cambio, un trabajador ordinario, un periodista, va a serlo hasta que su capacidad mental y física se lo permitan y solo dejará de ejercer su oficio o profesión cuando por decisión propia se jubile o en el momento en que sin querer muera. Por estas razones no se entiende la obsesión del Presidente promotor de la supuesta transformación de pelarse con periodistas, columnistas y medios de comunicación a los que tiene tirria, ataca y exhibe en las mañaneras con medias verdades y acusaciones de que carecen de profesionalismo y ética, de estar al servicio de mafias de poder que no lo quieren y están en contra de su gobierno, y de ser corruptos sin que para demostrarlo presente pruebas. Afirma que dan a conocer información falsa toda vez que “es mentira” que el Tren Maya vaya a dañar el ecosistema del sureste del país, que el nuevo aeropuerto Felipe Ángeles no sea de calidad internacional, que secretarios de Estado y gobernadores violaron la ley al promover la ratificación de mandato, que la ley eléctrica va en contra de la energía limpia, inhibe la inversión y genera un monopolio, o que su hijo tenga vida de millonario sin trabajar. Cuesta trabajo creerle al Presidente cuando dice tener otros datos sin que los dé a conocer, cuando afirma que lo difaman pese a que los hechos sean inobjetables, y cuando gráficamente presenta cantidades de dinero que dice reciben sus principales críticos de la prensa y las propiedades que supuestamente ostentan, puesto que la sección de los miércoles de la mañanera ¿Quién es quién en las mentiras?, es un espacio creado deliberadamente para desacreditar, denostar y linchar a los periodistas y medios que considera son sus enemigos por publicar información que incomoda y exhibir actos de corrupción que no se desmienten más que con palabras. El presidente del cambio puede seguir peleándose con la prensa aunque sepa que no va a ganar nada, a pesar de que su retórica es muy buena para explotar en lo inmediato escándalos y formar cortinas de humo para distraer la atención de la opinión pública de los graves problemas que hay en el país y no se atienden, porque en dos años y medio termina su sexenio y caduca el poder que ejercer de manera autoritaria hasta ahora. En caso contrario, los periodistas y los medios de comunicación seguirán informando del quehacer de todos los gobernantes en turno, sus decisiones y actos, y del adecuado o inadecuado actuar de los políticos en tanto no llegue su fecha de caducidad. Según datos de la ONG Artículo 19, el Presidente ha emitido mil 945 ataques a la prensa desde que inició su mandato. |
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Rafael CienfuegosRafael Cienfuegos Calderón cursó la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y se inició como reportero en 1978. Se ha desempeñado como tal en el periodismo escrito, principalmente, y ha incursionado en medios electrónicos (Canal Once Tv) y en noticieros de radio como colaborador. Archives
August 2025
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