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CAPITULO CUATRO
Llegó el noveno mes de convivencia con la plaga que a diario suma enfermos por contagio y muertos, y el valemadrismo iba igualmente en aumento en todo el mundo. No se veía la luz al final del túnel. Pasaban los días las semanas y los meses y nada ocurría que pudiera apaciguar la angustia y el miedo afincado en muchos, más que nada en los creyentes que ruegan a Dios su protección para que los libre del contagio, pero también en aquellos que no dudan que lo que está ocurriendo es obra del poder maligno del Diablo, y surgen especulaciones sobre que mientras Dios se esfuerza por hacer que todos sintamos su protección y cubijo, seamos buenos, respetuosos y benévolos, nos veamos como hermanos, nos demos un trato cordial y nos cuidemos los unos a los otros, el Diablo hace lo posible por echarlo todo a perder, porque prevalezca la desgracia, la maldad, el encono, la envidia, la violencia, la desconfianza, el resentimiento, la indiferencia, el descuido y la despreocupación. Y aunque todo esto –pensaba primero de vez en vez y luego con regular frecuencia - se trata de creencias metafísicas y hasta esotéricas en estos tiempos de incertidumbre en los que la ciencia está a prueba y enfrenta el reto de vencer la naturaleza de un virus mortífero y desconocido que asecha en todas partes y se desconoce su origen, es posible que, sin embargo, tenga su razón de ser en el miedo. Afortunadamente, no nos hemos vuelto colectivamente paranoicos. Aunque, he de decirte, en las noticias es cada vez más frecuente encontrar reportes de los problemas de ansiedad, de depresión, de desesperación y de otros trastornos mentales que afectan ya a millones de personas a causa del encierro, la falta de convivencia social y de dinero por el desempleo –comenté a mi hija que radica en Estados Unidos, donde, por ciento, la gente se las está viendo igual o más negras que nosotros aquí, ¡vaya consuelo!, durante una conversación telefónica con la que nos pusimos al día-. Sí, es una cosa de locos –la escuché decir por el auricular-. Así es, pero, además, acá, no se allá en los unatesestates, el problema de la violencia intrafamiliar en la que mujeres e infantes son las víctimas está a la orden del día y va en aumento. Y para no asustarte mejor no te digo nada de la inseguridad pública que se vive en todo el país con masacres, homicidios de odio y los que se cometen con saña, en el caso particular de los feminicidios, y los miles de robos, como si con la peste no nos fuera suficiente; ni de la indiferencia del Presidente que ignorantemente compara la enfermedad de covid con una simple gripa y que dice irresponsablemente que el cubrebocas no sirve de nada; o de las deficiencias de la supuesta estrategia de salud para enfrentar la emergencia sanitaria, y de las burradas y mentiras que a diario dice el responsable de llevarla a cabo. No, ya párale pop´s. Por eso no me gusta oír ni ver las noticias de lo que ocurre en México. Eso está bien hija. Por salud mental. Oye, y cómo vez que tengo en mente realizar una entrevista con el Diablo. ¿Ya te lo había dicho? O ¿No? ¡No inventes! ¡No lo sabía! Pues sí. Y en eso estoy metido ahora. Ya te pondré al tanto de los avances. ¿Acaso estás ido? –Preguntó y soltó una risotada que me contagió, y a la que me sumé con agrado-. Puede ser. Pero estoy entusiasmado con el proyecto. Idearlo me permite abstraerme de las mentiras que a diario se dicen con insistencia sobre la situación en que nos encontramos a causa del virus y que nos quieren vender como verdades, como si fuéramos estúpidos y no viéramos la realidad, porque si aquí las cosas no están bien toda vez que al Día de Muertos de este 2020 la peste ya ha matado a 91 mil 895 personas, menos lo están en el mundo, con un conteo de más de un millón 200 mil fallecimientos. Por eso trato de inventarme cualquier cosa para hacer, pero ante las pocas opciones que encuentro, mi mente, casi en automático, recurre al tema de la entrevista y eso me empieza a preocupar porque el martes pasado en un tiempo que me di para meditar, llegué a la conclusión de que la pretendida entrevista con el Diablo me estaba obsesionando. Hay días, y es en serio, en los que me despierto pensando en ese encuentro, en cómo va a ser, en dónde y cuándo, en cuál será mi actitud, y la de él una vez que estemos frente a frente, en qué tendré que decir por saludo, si mucho gusto señor Diablo, o es un placer conocerlo señor Diablo, o si simplemente buenos días, buenas tardes o buenas noches, según sea la hora del encuentro. La cosa es que la entrevista la empiezo a asumir como el mayor reto de mi carrera profesional, y a causa de la presión, comencé a preocuparme y a impacientarme. He dejado de hacer cosas, como el poco ejercicio que por costumbre vengo haciendo desde hace tiempo por 20 o 30 minutos dos o tres veces a la semana. Pero es porque creo que el Diablo no es cualquier entrevistado y si como dicen hasta entre los perros hay razas, en este caso se trata de un ejemplar sin igual, de muy alta calidad, por lo que no puedo tomármelo a la ligera. Y, así las cosas, la mayor parte del tiempo lo ocupo en prepararme lo mejor posible para estar a la altura. Además de que a cualquier hora del día mentalmente trato de dar forma a algunas posibles preguntas, a las que ¿qué crees?, acabo dándoles respuesta yo mismo, de acuerdo a mi forma de pensar, pero que pongo en boca del Diablo. Como resultado de esa obsesión que me resistía a aceptar, hice búsquedas en internet de lo que hay sobre el Diablo, y encontré obras que se dice fueron atacadas y de las que se pedía inclusive su prohibición por ser nocivas a las buenas almas. De esa manera di con “Paraíso perdido”, poema narrativo de John Milton (1608-1674), publicado en 1667, al que se considera un clásico de la literatura inglesa que dio origen a un tópico literario que se ha difundido ampliamente en la literatura universal. La información indica que está dividido en doce libros y sobrepasa los 10 mil versos escritos sin rima. Que es una epopeya acerca del tema bíblico de la caída de Adán y Eva, y trata, fundamentalmente, sobre el problema del mal y el sufrimiento en el sentido de responder a la pregunta de por qué un Dios bueno y todo poderoso permite la maldad y el sufrimiento cuando le sería fácil evitarlos. Milton comienza por responder a través de una descripción psicológica de los principales protagonistas del poema, si Dios, Adán, Eva y el Diablo, revelan el mensaje esperanzador que se esconde tras la pérdida del paraíso original. En el poema, el cielo y el infierno representan estados de ánimo antes que espacios físicos. La obra comienza en el infierno, descrito mediante referencias a la permanente insatisfacción y desesperación de sus habitantes, desde donde Satanás, definido por el sufrimiento, decide vengarse de Dios de forma indirecta, esto es, a través de los seres recién creados que viven en un estado de felicidad permanente. Encontré que algunos estudiosos consideran a John Milton el primer literato que acaso reivindicara la majestad del ángel caído y que, posteriormente, tras de él hubo quienes se lanzaron a las inmensidades celestes o a las tenebrosas regiones de la tierra en búsqueda de lo que consideran una fuerza revolucionaria y libertaria, la quintaesencia de la rebeldía, en tanto que otros lo dignifican, lo acicalan, lo domestican casi, o lo reducen, aminorando su importancia, enclavándolo indistintamente entre ensoñaciones o neurosis de otros protagonistas, o lo alejan, dibujándolo como un ser indiferente a todas nuestras cotidianas miserias. Hay quienes se han ocupado de la idea de que los pobladores europeos del siglo XVI pensaban que Satanás (y no solo él sino los 7 mil 409 demonios a las órdenes de 72 príncipes infernales, calculados por Jean Wier en su “De praestigiis daemonum”), podía adquirir cualquier forma, convertirse en animal, en mujer o en hombre, en un ser tentador y horrible a la vez, en alguien que puede transformar los minerales en oro, destruir cosechas, asesinar, volar por los cielos, reptar en el subsuelo, hacer jóvenes los cuerpos decrépitos, adivinar el futuro, engañar, crear ilusiones, que entra en los cadáveres sepultados en tierra no consagrada, y que se esconde en toda clase de vicios como el alcoholismo, la usura o el sexo dentro o fuera del matrimonio. Otro, fue un tratado que aborda lo que ocurría tanto en el terreno religioso-político como en el campo de lo social. En el primero, bajo la influencia de una multiplicación de sectas heréticas y del Concilio de Basilea (1431-1445), se centra buena parte de la atención en el ríspido debate teológico de si el poder de la Iglesia debía residir en el Papa o si debía darse preeminencia al Concilio Ecuménico; en tanto que en el segundo se resalta que en medio de una población afectada por enfermedades y pestes cada vez más recurrentes, y que sufría, lo que imperaba era una visión siniestra del futuro. Ese turbulento escenario, donde facciones de hombres trataban de imponer su tipo de fe y donde entraban en conflicto las ideas más tradicionalistas con las más novedosas que ya respiraba el Renacimiento, serviría para que Satán o el Diablo y sus huestes infernales dejara de ser un enemigo borroso y se convirtiera en una fuerza irrefrenable que prometía los peores horrores en este y el otro mundo. De ahí que de ese torrencial maligno a que pasara a tomar posesión de los cuerpos de los hombres y de las mujeres, sobre todo, había naturalmente solo un paso. El miedo de la Iglesia a la herejía real y verdadera se metamorfosearía en el arquetipo del mal, en una febril construcción que obsesionaría durante toda la centuria siguiente a través de la invención de las brujas demoníacas. Por eso, no fue casualidad que en medio de ese creciente frenesí, el papa Sixto IV promulgara, en 1478, una bula en la cual se establecía el Santo Oficio, y que nueve años más tarde, los monjes dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger publicaran el célebre “Malleus Maleficarum” (El martillo de las brujas), obra de consulta obligada –se dice- para cualquier inquisidor que se considerara de respeto, y que versaba sobre la brujería, sus hechizos y las formas de detectar, enjuiciar y destruir a las brujas. Desde su año de aparición hasta 1669, el librito sumaría, según cálculos, 34 ediciones. Así, y en concordancia con las peores visiones infernales, para el final del siglo XVI, la lumbre de las hogueras ya se había regado por buena parte de Europa. El largo paréntesis demoníaco solo comenzaría a cerrarse hasta la segunda mitad del siglo XVII, no solo porque el dinamismo del comercio impulsaría una mayor prosperidad en el continente, lo que reduciría en buena medida la visión pesimista de los siglos anteriores, sino también porque otras esferas (la filosofía, la ciencia, la medicina) empezarían a disputar la hegemonía de la Iglesia. Bajo ese influjo, el Satán o Diablo totalizador y ubicuo volvería a fragmentarse y a difuminarse lentamente de la vida pública, quedando en manos de las iglesias o de círculos especializados como los ocultistas o esotéricos. Sin embargo, en muchos rincones del mundo, el daño de esa construcción religioso-cultural permanece como una mácula irremediable. Robert Muchembled, historiador y profesor en las universidades de Paris-Nord y de Michigan, antiguo miembro del Institute for Advanced Study, de Princenton, y autor de más de veinte obras traducidas a diversas lenguas, argumenta en “Una historia del Diablo”, que en el despertar de la cristiandad, la idea de Lucifer, fragmentada como estaba y obligada a disputar terreno con un sinfín de seres fantásticos y personajes de leyenda adscritos al folklor o a las creencias paganas que subsistieron durante largo tiempo en el Imperio Romano, permanecería prácticamente adormecida a lo largo de los primeros mil años de la historia de la Iglesia. Sin embargo, un personaje con tanto potencial no debería pasar desapercibido. Su impulso vendría por parte de las exégesis y de las élites eclesiales. En “Historia de la fealdad”, Umberto Eco señala que uno de esos primeros empujones lo daría el “Apocalypsin, Libri Duodecim” (776 d.C) del beato de Liébana, con un intrincado comentario al Apocalipsis de Juan, del cual se harían numerosas copias que empezarían a circular por Europa hacia el siglo X y XI. Su contenido y sus ilustraciones harían que el terror al fin del mundo permeara desde entonces en el imaginario de la época. Siguiendo a Jean Delumeau, en “El miedo en Occidente”, los estudiosos concluyen que otro de esos impulsos definitivos vendría del “Elucidarium”, una suerte de catecismo escrito a inicios del siglo XII por un sacerdote alemán de nombre Honorio de Autún en el que se sistematizaba por primera vez todos los elementos demonológicos, dispersos hasta entonces en los escritos cristianos y en otras fuentes, desde los inicios de la Iglesia. Hacia el siglo XIV, la espeluznante sombra del Diablo comenzaba a ser ya algo de lo que había que cuidarse. “La divina comedia” de Dante Alighieri, que murió en 1321, marcaría simbólicamente ese momento de transición. Contrario a lo que se ha fijado en el imaginario colectivo de nuestra época, la avasalladora presencia de la Bestia –el Diablo- irrumpiría con toda su fuerza no en la oscuridad de la Edad Media, sino justo cuando el occidente se disponía a entrar en la modernidad. Jean Muchembled argumentó que ese nuevo demonio, mucho más temible que el de cualquier otra época anterior del cristianismo comenzaría su angustiante y definitivo vuelo bajo ciertas condiciones precisas en el corredor de Europa central que une la península itálica con el norte de Europa, conformado entonces por el Sacro Imperio Romano Germánico (las actuales Holanda, Bélgica, Alemania, Suiza y partes de Francia e Italia), así como por los ducados de Borgoña y Savoya. Pasaban los días y yo en mi enajene. Como relojito despierto diario a las 10 y media de la mañana y paso los siguientes 30 minutos despabilándome en la cama, en poner el cuerpo recto y duro, estirando los brazos por encima de la cabeza con los dedos de las manos extendidos y las piernas con los dedos de los pies en punta, como haciendo la figura del número uno, como ejercicio de relajación, y luego me acurruco en posición fetal. La sensación que siento me conforta. Me levanto, me enfundo en una camiseta y un short para así dirigirme al baño, donde me lavo la boca, la cara y me peino para estar listo para bajar e ir a la cocina a prepararme el desayuno. Al terminar de degustar un pan de dulce con café recién molido, ya al final, me doy a la tarea de lavar plato, taza, cubiertos, sartén y tarja, limpiar la barra, barrer y trapear el piso, todo ello por la costumbre que nos inculcaron mis padres a mí, a mis hermanas y hermanos, mas no porque sea un mandilón, y porque desde siempre, mi esposa y yo nos hemos impuesto dividir el quehacer de la casa. Posteriormente inicio el ritual de adentrarme al estudio, prender el estéreo para escuchar música y la computadora, abrir el internet, checar los correos y revisar los portales de noticias que son de mi interés; después, me tomo el tiempo necesario para definir el tema de la columna que una vez redactada envío al periódico digital, publicó en mi cuenta de Facebook y la hago llegar a los amigos y conocidos vía correo electrónico. De las dos de la tarde a las siete con 45 minutos u ocho de la noche, me la paso leyendo todo lo que encuentre acerca del Diablo, ya por casualidad o porque se me ocurre algo en concreto. Así, las siguientes cinco crónicas breves llamaron mi atención porque –según sus autores- después de leer las obras, se llega a sentir la presencia del Maligno, el mismísimo Diablo. “Los cantos de Maldoror” (1869), Conde de Lautréamont. Este es para algunos críticos el texto más oscuro de la lista. Se supone que la advertencia lanzada en apenas las primeras líneas de la obra debería ser suficiente para disuadir de continuar adentrándonos en el: “No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos podrán saborear sin peligro ese fruto amargo”. Por lo tanto, se recomienda a las almas tímidas, antes de avanzar por semejantes caminos inexplorados, dirigir hacia atrás sus pasos. Se dice que quien se atreve, avanza y continúa ingresando en la oscuridad, como siguiendo una voz, escuchando la diabólica imprecación de ese vampiro en abierta oposición a Dios. Un macabro himno que solo empezaría a cobrar valor a principios del siglo XX, cuando las vanguardias artísticas y sobre todo el surrealismo lo descubrirían. “Las letanías de Satán” (1857), Charles Baudelaire. Es una de las más virulentas especies contenidas en el ramo de “Las flores del mal”. Esas letanías dan cierre al capítulo denominado Revuelta, donde el poeta se enfrenta a la divinidad y pretende echarla abajo. Dentro de la tradición iniciada por John Milton y continuada por una serie de autores de los movimientos románticos y decadentistas, Baudelaire describe un demonio majestuoso en su belleza y magnánimo en su piedad. “Los versos satánicos” (1988), Salman Rushdie. Tiene como protagonistas a dos personajes hindús: Gibreel Farishta, el actor más famoso de Bollywood, y Saladin Chamcha, conocido como el Hombre de las Mil Voces por su capacidad para el doblaje y amante de la cultura británica por encima de todas las cosas. Ambos personajes se conocen a bordo de una aeronave que vuela a Bostan, el cual explota sobre el Canal de la Mancha a causa de un atentado terrorista. Gibreel Farishta y Saladin Chamcha, abrazados el uno al otro, empiezan una demencial caída sobre las costas de Inglaterra y en el descenso, uno se transformaría en el arcángel Gabriel y el otro en Shaitan, el Diablo cristiano en clave islámica. Desde ahí, sus pasados y presentes se imbricarían con otras historias formando un excepcional mosaico armado de luces y sombras, colores, texturas, voces, ciudades, desiertos, y en los trasfondos del portentoso caleidoscopio aparece la imagen del profeta Mahoud (Mahoma) recibiendo la revelación coránica de Gabriel. Parte de los pasajes del libro condenaron a Rushdie a ocultarse luego de que el Ayatolá de Irán, Ruhollah Khomeini, lo condenara a muerte al ponerle precio a su cabeza. “Lo que el Diablo me dijo” (1906), Giovanni Papini. Escritor, polemista y filósofo italiano, Papini despoja al Diablo, en este pequeño relato, de todo su angustioso aspecto de los siglos anteriores para presentarlo como un burgués bien vestido, educado y sensible. El Demonio se presenta además como un ser más lejano, que pierde, la mayoría del tiempo, su interés en la humanidad. Aun así, en medio de su pedantería, ese pequeño Lucifer le revela al autor, en un rincón de Florencia, la clave de la caída y la pérdida del paraíso. El punto, argumenta Lucifer, fue haber comido solo una pequeña parte del fruto prohibido, cuando debimos haber comido absolutamente todos los frutos de ese árbol. De ahí su sugerente invitación a conquistar toda la sabiduría para transformarnos en dioses. “Un señor muy viejo con unas alas enormes” (1955), Gabriel García Márquez. Un ángel caído es siempre un demonio. ¿O no? Esa ambigüedad es lo que vuelve a este cuento una pieza interesante. Eso y la total abstracción del diablo-ángel, su indolencia, su postura como fuera de este mundo. Asistimos aquí a la antítesis del ángel caído de la exégesis cristiana. El lector llega a sentir conmoción al ver a ese ser recluido en un gallinero inmundo, empapado y asoleado, enfermo, exhibido como un vulgar monstruo de feria, pero también cierta simpatía cuando por fin alza vuelo y se convierte en un punto imaginario. Tras la agotadora consulta quedé convencido de la gran ignorancia que hay de mi parte sobre los temas del bien y del mal, de la existencia o no de Dios y del Diablo, mi entrevistado electo, y de cómo ha sido interpretada a través de los siglos tanto por creyentes como por no creyentes. Conforme iba leyendo reseñas y crónicas me sentía cada vez más flotar en el mar de la ignorancia, pues la historia de esos tópicos es antiquísima. Pero resultó didáctico saber que desde siglos atrás la imagen que se tenía del Diablo tendía a ser fantástica, grotesca y folklórica, igual que como lo imaginamos ahora en este siglo XXI. Pasaron varios días después en los que, contrario a mi estado de ánimo anterior, me sentí tranquilo y motivado a buscar nuevas distracciones. Me aleje de la computadora y, por ende, del internet y las búsquedas diabólicas, aunque no logré sacar de mi mente la entrevista. Opte por ver películas, pues aunque no empedernido, me considero un cinéfilo abierto a los dramas, la acción, las comedias, la ficción, los comics hechos películas, la violencia y la guerra, y hasta al cine infantil. Llegué a ver en un día hasta cuatro, atascándome de palomitas o papas o cacahuates, de refresco o cerveza, y café con pan de dulce por la noche. La variedad era amplia e iba de La caída del halcón negro a Una esposa de mentira a Quédate conmigo a El último de los Moycanos a Rambo a Los vengadores a China town a Las sufragistas a Olé a El infierno a Misión imposible a Volver al futuro a El vuelo a Lulú a Una propuesta indecorosa a Atracción fatal, y así por el estilo. Pero mi tendencia cambió cuando días después encontré en la cartelera de Tv por cable que estaba programada, para mi fortuna o desfortuna, El abogado del Diablo, que ya había visto varias veces, empero la repetí para disfrutar las actuaciones de Al Pacino, Keanu Revees y Charlize Theron. Al otro día, a eso de las 12 y media, entre al estudio con el firme propósito de buscar en internet información sobre el papel del Diablo en el cine y me encontré con que hay en abundancia reseñas y crónicas que dan cuenta de lo más destacado, de acuerdo –claro está- al gusto del que las escribió. Esta me gustó por breve y aleccionadora: La figura del Diablo en el cine. Al tratarse de un personaje icónico en la sociedad y para la cultura en general, y tomando en cuenta su importancia por todo lo que representa en realidad, el Diablo ha estado presente en el cine desde sus inicios. Con el paso de los años y las películas, el ser maligno ha tenido distintos nombres, ha hecho muchas cosas horribles y ha sido representado de múltiples maneras, las cuales van de un tipo rudo, un sujeto cínico, una mujer sexy, una animación, un hombre seductor, un rock star o alguna otra forma que se le ocurra a alguien, a la ya clásica e icónica imagen en la que se le presenta en color rojo y con cuernos, sin olvidar la mirada maldita, una figura intimidante, la voz que da miedo al escucharla y una sonrisa mórbida que pone nervioso a cualquiera. La figura del Diablo en el séptimo arte ha sido fundamental para el adecuado desarrollo de varias historias sin importar a qué género pertenezcan, pues ese diabólico personaje ha hecho de las suyas por igual en el cine de terror, el fantástico, el de ciencia ficción, los thrillers e incluso en la comedia y la animación. Gracias a renombrados cineastas –sugieren los críticos- se nos ha revelado su apariencia, advirtiéndonos, a través de filmes, curiosamente de culto, sobre la malevolencia de El Ángel Caído o El Príncipe de las Tinieblas que se instaló gratamente en la obscuridad de las salas de cine desde las primeras proyecciones. A Jacques Tourner, maestro de la atmósfera, los productores de Una cita con el Diablo (1957), le obligaron a insertar una gigantesca criatura que personificaba al demonio; Stanley Donen, desde la divertida sátira Un Fausto Moderno (1967), narra la historia de un “pobre diablo” en la Inglaterra pop; la casa Hammer en Una tumba en la eternidad (1967), mostraba que el Demonio llega más allá de la estratosfera y puede manifestarse en forma de invasión extraterrestre; Román Polanski, con El bebé de Rosemary (1968), sorprendió evitando el truco fácil de evidenciar al bebé de Satanás, y sólo dejaba ver una cuna de velos negros; el considerado más grande director de todos los tiempos, el polaco Andrzej Zulawski, en su segunda película, llamada precisamente El Diablo (1972), presentó una Polonia invadida en 1793 por los ejércitos prusianos, en un relato fáustico, donde privaba la delación, el asesinato, la traición y la desolación; en la excesiva y provocadora cinta Los Demonios (1971), de Ken Russell, el chamuco prefirió omitir toda su iconografía, creada por los artistas plásticos de la cristiandad, para introducirse en la vida monacal sustentada en los eventos ocurridos en Loudun, para enseguida, poseer púberes en El exorcista (1973), o de plano apoderarse de inocentes cuerpos de niños representando al Anticristo en el ambiente del poder político mundial en La Profecía (1976). Con el paso del tiempo las tramas fueron cambiando y se llegó al grado de que la maldad ya no tuvo a su enemigo perenne a mano, la bondad. A decir de algunos, al final del milenio las historias empezaron a presentar al hombre sumido en un cinismo tal que era imposible identificarlo como un ser bueno. Entonces, el Diablo decidió pasarse del lado del enemigo para comportarse generosamente violento contra, por ejemplo, el mal comportamiento juvenil, alejándose de la representación del bestiario bíblico, adquiriendo personificación de psicópata, demente o asesino serial, en filmes como: Pesadilla en la calle del infierno, Halloween, Viernes 13. Ya con el gore (el cine de terror gráficamente descarado), El Señor de las Sombras no tenía mucho que hacer; la representación mítica de la sangre, agresivamente expulsada, adquiría formas de ritual, o el sacrificio del cuerpo alcanzaba la espiritualidad a través del desmembramiento, desollamiento, linchamiento, mutilación, alteración biogenética y otras aberraciones. La llegada de la alta tecnología modificó la forma de hacer cine y en el caso específico de las películas relacionadas con el Diablo, degeneró en El Despertar del Diablo (1982) y Corazón Satánico (1987). La producción cinematográfica mexicana no se quedó atrás, lo mismo que los productores de historietas. Para muestra está El Fistol del Diablo, en la que un enigmático personaje identificado como Lucero el elegante (Roberto Cañedo) otorgaba el mencionado fistol a un anhelante individuo, que obtenía así, poder y placeres, aunque al final, termina terriblemente castigado con la muerte. Como consideré que tenía todo el tiempo del mundo para hacer todo lo que tenía qué hacer y lo que quisiera hacer, aunque muchas cosas las iba posponiendo por hueva, porque como dijera en una de sus rolas el maese Alex Lora, que rico es no hacer nada y después de no hacer nada descansar, enlisté los títulos de películas que me propuse ver, tras haber leído la síntesis de las mismas. Y, comencé con The Devil’s Advocate, porque como escribió uno de sus críticos: ¿Qué puede dar más miedo que el diablo?, tal vez un abogado, sobre todo si es uno como John Milton, el exitoso y carismático CEO de una importante firma de abogados que se encuentra en Nueva York. Este personaje también es cínico, temperamental y un experto en convencer a los demás para que lo ayuden en sus planes, y la vanidad es su mayor pecado. Y, le siguió Angel Heart. Aquí el maligno es representado de manera más sofisticada, siempre vistiendo un elegante traje color negro y con el cabello arreglado al igual que su barba, aunque con unas uñas largas que desentonan en su estética. Su nombre es Louis Cyphre, cuya adecuada pronunciación es Lui-Zaifer, que pareciera que suena a Lucifer, lo cual debería ser una pista para saber de quién se trata realmente. Y, Constantine. Mirada perdida, actitud cínica y retadora, voz de loco y cierta elegancia en su forma de vestir; las anteriores son las características que definen a Lu, quien llega desde el mismísimo infierno sólo para poder llevarse él mismo el alma de uno de sus mayores enemigos. Y, The Prophecy. Antes de ser uno de los héroes más grandes de la Tierra Media, Viggo Mortensen interpretó a un Lucifer que se burla de todo y de todos, no respeta la autoridad e inspira temor en aquellos que tienen la mala suerte de encontrarse con él. Es alguien siniestro que nunca muestra arrepentimiento por ninguna de sus acciones y es tan malo que pone a temblar de miedo a los demonios que le acompañan. Y, The Witches of Eastwick. Daryl Van Horne disfruta en exceso de todos los placeres que ofrece la vida mortal, incluyendo comida, bebida y, obviamente, bellas mujeres dispuestas a hacer todo lo que él les pida. Este Diablo es un auténtico playboy y al ver lo bien que la pasa, entendemos por qué le gusta estar en la Tierra. Y, Crossroads. Al Diablo siempre se le ha relacionado con diferentes géneros musicales, incluyendo al blues y a varios de sus intérpretes. Hay leyendas urbanas de músicos que han tenido encuentros cercanos con el Diablo y que han vendido sus almas a cambio de talento musical, lo cual es algo que se muestra en esta cinta en la que el ser maligno demuestra tener un buen oído y que es todo un melómano. Y, Legend. Tim Curry fue transformado en un enorme ser diabólico que es capaz de causarle miedo a más de uno sólo con su imponente presencia. El actor se convierte en “La oscuridad” y nos ofrece una versión clásica del Diablo, esa que suele presentarse en muchos casos con largos cuernos y una piel roja. Y, Tenacious d in the Pick of Destiny. El Diablo sabe rockear y eso queda claro en esta cinta. Un par de aspirantes a rock stars buscan una plumilla para tocar guitarra que fue hecha con un colmillo de Satanás para desatar todo su poder, pero antes deberán enfrentarse a él en un duelo de rock para decidir el futuro de la humanidad. Y, The Lords of Salem. Alejándose de la imagen imponente con cuernos y todo lo demás, Rob Zombie presenta un ser grotesco y aterrador que no tiene un gran tamaño, pero cuya maldad puede causar muchas pesadillas. Y, de entre las cintas más recientes incluí la comedia Bedazzled (Al diablo con el Diablo), con la interpretación de la guaperrima Elizabeth Hurley. El Diablo a veces llega en una forma que definitivamente causará tentación, así que es lógico que se trata de una hermosa y sexy mujer que convence al intérprete masculino para que acepte cambiar su alma por una serie de deseos, los cuales no son lo que él espera y con los que lo engaña para tenerlo a su merced. Y, también The Devil Wears Prada (El Diablo viste a la moda) con la elegante Meryl Streep y la frescura de la atractiva Anne Hathawey. Una aspirante a periodista recién graduada de la universidad obtiene un trabajo por el cual un millón de chicas matarían: el de asistente personal junior de una fría editora en jefe que controla el mundo de la moda desde la revista Runway. Miranda es una mujer que proyecta una imagen incondescendiente y con una característica especial, hace bien su trabajo, y espera que sus asistentes no solo la complazcan, sino que lleguen a adelantarse a lo que quiere para poder calificarlas como eficientes. De esta manera, el Diablo, que empezaba a serme una carga, me entretendría y sería un grato divertimento.
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Rafael CienfuegosRafael Cienfuegos Calderón cursó la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y se inició como reportero en 1978. Se ha desempeñado como tal en el periodismo escrito, principalmente, y ha incursionado en medios electrónicos (Canal Once Tv) y en noticieros de radio como colaborador. Archives
August 2025
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