CAPITULO TRES Mi escepticismo se hizo presente inmediatamente después del silencio a que me llevaron esas últimas cuatro palabras ideadas, con una breve pausa de por medio, sobre ese personaje al que consideramos victimario, no víctima: Soy… un chivo expiatorio. El impacto de tal posibilidad fue tal que quedé sin habla. Y aunque mi reacción natural e inmediata –dada mi forma de ser- tendría que haberse hecho manifiesta a través de la coloquial expresión ¡hay güey!, o en una de júbilo como ¡chingón, chingón, chingoncísimo!, dado que el primer elemento periodístico de la entrevista estaría en que “el Diablo denuncia que lo incriminan y difaman”, juzgue insólito que él, el Diablo, del que pensamos carece de escrúpulos, de sentimientos y de decencia, que nos parece un incorrecto y antihumano malandrín, se pudiera expresar en tono de lamento. También dudé, porque me percaté de que en esa fugaz e instantánea fantasía no vislumbre visos de indignación, salvó, también de su parte, un silencio de no más de tres segundos, pero nada de rabia contenida ni músculos contraídos en su cara. Aunque, si he de ser franco, debo aceptar que me faltó confianza para valorar esa cuasi autorevelación como verdad. ¿Difamado? ¿Señalado con desvergüenza y sin miramientos por los puritanos e hipócritas que poblamos el mundo? ¿Será? Esa desconfianza, sin lugar a dudas, fue una falla de mi parte. Como entrevistador no me corresponde creer o no lo que exponga un entrevistado, menos juzgarlo, sea cual sea su forma de ser, sea como sea su forma de pensar y sea quien sea, por lo que de él se diga o por cómo vea las cosas y las interpreta. En ese imaginado encuentro con el Diablo, me veo respirando hondo, y al tiempo de ir soltando lentamente el aire, dirigir la mirada en busca de sus ojos con la intención de que nos veamos directo y de frente al cuestionarle: Si lo que dice es verdad, si se considera un chivo expiatorio ¿por qué no se defiende públicamente? De bote pronto pensé que tendría por respuesta un desplante como “no soy partidario de la fama”, complementado con algo así como “me gusta la privacidad”, y rematado con “no voy a alimentar la morbosidad”. Metido en el papel de avezado entrevistador insistiría: ¿Es esa la verdadera causa o lo dice para salir al paso? ¿Tiene por qué o para qué mentir? En respuesta a eso le podría escuchar decir que no le importa lo que digamos ni lo que creamos que es ni como lo describimos ni lo que pensamos de él; que si es el origen del mal, el promotor de los pecados, el creador de todos los vicios, el que traicionó a Dios, el responsable de las desgracias; que si libertino, juerguista, disoluto, depravado sexual, que si su piel es roja como el fuego y anda impúdicamente desnudo, que si tiene cuernos y cola con punta de flecha, que si usa tridente, que si su hogar es el infierno, que si su trabajo es incitar el pecado, que si también se puede hacer presente en la imagen de un mozo elegante y presumido y hasta personificarse en una sexi fémina que atrae, engaña, y envilece a los hombres. Que en conclusión, todo eso es mezquino. Sin dar tregua a mí alucine acometería-: Entonces ¿por qué su reticencia a mostrarse? ¿No será que se evade o que quiere confundirnos. Que quiera hacernos creer que sí existe, que no es ficción ni un mito, empero sin dejar de ser una incógnita, negándose a que lo conozcamos cual es para no ser escudriñado ni analizado? ¿Qué tiene que esconder? ¿Así conviene a sus intereses? Ese asedio, comprendí, lo podría llevar a espetar en tono irritado; ¡Qué monserga! Existo -diría reiterativamente, pero con voz calmada y pausada, como la que se emplea cuando se quiere explicar algo a un niño- porque ustedes me mencionan, porque estoy en sus mentes, en los buenos y malos momentos. No tengo que hacer nada para ganármelos. Ustedes acuden a mí. Son tan miserables y llevan una vida tan llena de perjuicios y miedos que necesitan en quién creer, por eso idean ídolos y los entronizan para rendirles pleitesía, serles devotos y hasta llegan a amarlos e incrustarlos en sus creencias, comportamientos y formas de vida, para sentir que les dan lo que como humanos no son capaces de darse recíprocamente, para hablar a solas con ellos creyendo que son escuchados, para sentirse acogidos y protegidos, para que algún día los favorezca, los libre de los pensamientos impropios, les perdone sus errores, los haga buenos y merecedores de una mejor vida después de la muerte, más un largo etcétera, etcétera, etcétera de deseos y esperanzas. Además, y, sobre todo, para tener ante quién redimirse. Ídolos de esos de los que en las religiones hay muchos. Hembras y machos que juegan ese papel y a los que ustedes, la raza humana, que se supone es pensante, los acogen y les rinden culto. Mira. Por si no lo sabes, hasta el que se asume como máximo representante de la religión católica, el que tiene su residencia en un lugar denominado Estado Vaticano, el que habita una edificación portentosa y de mucho lujo, al que tratan como un rey o un jeque, y que en las grandes ocasiones porta y luce un anillo, joya única en el mundo tanto por su valor monetario como por lo que representa, se ha ocupado de mí. Publicaciones han dado cuenta de que el papa Francisco, afirmó que Satanás –o sea, yo, el Diablo, con ese otro nombre que suelen darme- “existe”. A su decir, no soy algo simbólico o difuso, sino una persona real, de carne y hueso, que se puede encontrar cada día pero no vestido con disfraz rojo ni con cuernos ni parecido a un chivo ni muy feo. Soy el conocido de cualquier mortal al que se puede identificar si se descubren tres trucos de los que –señala- suelo echar mano. El primero, es que soy muy educado y muy hablador, es decir, un encantador charlatán. El segundo, que soy muy inteligente, porque con mucha facilidad puedo embaucar a cualquiera. Y el tercero, que soy muy pesado, porque aunque se alejen de mí, vuelvo una y otra vez. Educado, charlatán y pesado. Así me describió. Y si para el que se dice representante de Dios ante los más de dos mil 100 millones de creyentes que según tiene registrados en sus estadísticas la religión católica, no hay duda de que existo, ¿por qué hay mortales que son tan descreídos? También puedo decir que se han escrito muchos textos, inclusive hasta de corte académico que han motivado investigaciones para ubicarme en el mundo, desde épocas antiguas a la actualidad, con el propósito de determinar mi lugar en la sociedad contemporánea, y también para plantear la significación del mal desde la perspectiva de la teoría social. Hay quienes plantean la tesis de que yo, el Diablo, he desaparecido de la sociedad moderna, y hay otros que explicando la genealogía reciente me consideran como un objeto de consumo globalizado cuya influencia, a diferencia del mundo medieval, se ha acotado a sólo ciertos sectores. La gran mayoría tienen en común, que ponen en duda mi existencia o de plano afirman que no existo. Aun así, inexplicablemente, se insiste en que soy la personificación del mal que el hombre hace manifiesto día con día y me hacen responsable de todos los sucesos atroces que han ocurrido. Sin embargo, un ser común y corriente como la gran mayoría de quienes pueblan la tierra, escribió algo que me parece honesto y plausible, que me conmovió. Se crea o no, sinceramente, hasta me enterneció. ¡Sí!, al grado que derramé lágrimas sentidas. Mi turbación durante la lectura fue tal que me detuve a pensar qué podía hacer para convencer a la gente de que no soy lo que piensa o cree. ¿Por qué? Porque ya no quiero ser señalado ni denigrado ni utilizado de pretexto por aquellos que son disolutos. ¿Para qué? Para dejar de ser objeto de sus burlas, para que me tomen en serio y para dejar de ser el malo de la película. -Tras una breve pausa, resonó en mis oídos una estruendosa carcajada. ¡Jajajaja! ¡Jajajaja! ¡Jajajaja! ¡Te la creíste! No cabe duda que soy el rey del engaño. Caíste como el tonto que eres, igual que muchos que tras hacer fechorías creen ingenuamente que con arrepentirse y mirar al cielo lograrán que su dios -sea quien sea-, los perdone. Pero… ¡No te molestes! Ya en serio, te voy a narrar, si la mente no me falla, lo más apegado posible de qué tratan las elucubraciones que escribió el hombre común que te menciono. Más o menos va así… El hombre, debido a sus limitaciones racionales, busca culpar a alguien por sus errores cometidos. Yo creo que Dios es nuestro creador y creo en un dios como ser supremo, mi religión me lleva a creer en mi dios, pero cada religión tiene su ser supremo. Este ser es siempre el mismo, solo que con distintos nombres y personificaciones. En ese ser creo, confío y espero. Creo que él nos puso en este lugar, un mundo libre, para ser hombres libres. Nos da la vida y las herramientas para que nos desenvolvamos solos en un mundo de humanos, no de dioses. De humanos con defectos y virtudes, de humanos con errores y aciertos, de humanos con buenas y malas intenciones, de humanos excelentes y humanos monstruosos, de humanos con todos los vicios y deficiencias que tenemos por ser humanos y no dioses. Dios nos da la posibilidad de elegir entre lo que nos enseña como buen camino y lo que nos muestra como mal camino, mal camino para llegar hacia él, no para padecer de un infierno imaginario, mal camino que nos demora en el camino a la luz, no que nos lleva hacia la oscuridad. Él deja que nosotros mismos nos demos cuenta, probemos y nos sintamos más a gusto donde mejor nos plazca. Si buscar la paz y sabiduría entre cuatro muros nos hace encontrarla más rápido y ser más fuertes y mejores personas, él no lo va a contradecir ni a ver mal, como tampoco va a ver mal a quien no encuentra paz o sabiduría allí, pero actúa de una manera benevolente y digna, piensa y actúa como una buena persona. No es mejor un cristiano que un budista, no es mi dios el Dios superior, ni el principal, no es más persona que yo o es más atendido por Dios un evangelista o un mormón. Simplemente es más humano, más hombre y está más cercano a dios, quien obra conscientemente, procurando el bien y sin hacerle mal o daño a los demás, intentando vivir la vida sin ponerle piedras en el camino al resto. Dios no sabe nuestro destino, sino que lo deja al azar del mismo hombre y la naturaleza, la cual él también creo, con las mismas bases que los hombres, con la libertad de hacer lo que la evolución dicte. El hombre está a prueba en la tierra, que es el campo de entrenamiento para saber si somos dignos de acompañar a Dios en su morada, o si debemos volver a empezar una y mil veces hasta comprender el porqué de la vida, aceptar nuestros defectos y tratar de corregirlos en vida, en esta vida o en otra vida. Es por ello que no debemos preguntarnos donde esta Dios durante las guerras, en la muerte de un ser querido, en las catástrofes o ante algún accidente, no es su culpa. Él no puede estar en cada uno de los malos actos o de los errores de los seres humanos, ya que la vida no tendría sentido si Dios nos corrigiese permanentemente y nos ayudara físicamente a no cometer errores. Y el escribiente se cuestionaba si por ser un ser justo, debería estar en todos y cada uno de los errores y peligros de los hombres, y en su autorespuesta se dijo que eso haría la vida aburrida y sin sentido. La humanidad no tendría razón de ser si no existiese el destino incierto, la muerte y las catástrofes. Como humanidad, como conjunto no seríamos nada, no valdría la pena vivir, ni luchar, ni pensar, ni existir. Culpamos a Dios cuando sufrimos y dudamos de su existencia cuando en realidad somos absolutamente libres de hacer lo que queramos, sin importarnos su presencia o ausencia. El mundo es libre y organizado al azar, Dios está entre nosotros pero sin actuar, sin participar, sin meterse. No está ni en los buenos actos, ni en los malos. Él solo contempla, nos mira, nos observa, como un gran maestro que deja que el alumno se desempeñe solo, como una fiera que enseña a cazar a sus crías, como un padre que deja que sus hijos intenten caminar solos, sin importar si se caen y lastiman un poco o no. Dios nos mira, pero no se mete, no interactúa. Está presente, pero no interviene. Nos deja a merced de la fe y la esperanza, para que hagamos uso de ellas a nuestro gusto y le apliquemos los fundamentos que más nos plazcan a los giros de la vida. Y volviendo a su teoría principal, él afirmó que el Diablo, yo, no existe. Por qué, porque Dios jamás hubiese creado un ser que pueda intervenir en la vida de las personas de manera negativa, cuando él mismo no se mete, deja todo al azar y solo pretende vernos gloriosos en esta competencia. No hubiese permitido que alguien pueda trascender en un mundo ausente de dios cuando lo que quiere es que nos desenvolvamos solos, libres, usando la razón y el corazón como estandarte, sin más que la vida por delante. –Aquí viene lo mejor. ¡Pon atención! El Diablo es la personificación que el hombre necesita para sentir que todo lo malo tiene un motivo divino, supremo, poderoso y altanero que va más allá de la razón, cuando en realidad el origen de todos los males es el hombre mismo, incluso es culpable de muchas de las catástrofes naturales. Es el hombre mismo el que se va a extinguir por su propia culpa, no por Dios, no por la naturaleza y mucho menos por un ser absurdo e inconsistente como yo, tu entrevistado. Escribió de mí que no soy responsable de nada porque –insistió- no existo y cada ser es libre de hacer lo que quieras porque Dios así lo quiso. Todo lo bueno que logren va a ser por cada cual, y todo lo malo va a ser por culpa propia, no del Diablo. No hay que buscar más personificar a alguien a quien reprochar, dejemos ya de ser tan orgullosos y entendamos el poder del ser humano y el don de la libertad que nos ha dado mi dios, tu dios, el dios de ellos y el dios de aquellos. Tan, tan. Plausible y admirable la franqueza del tipo. ¿No te lo parece? -Oí preguntarme al Diablo-. -Acto seguido, y en tono inquisidor, añadió-. Dime si lo anterior te motivó alguna reflexión, si estás o no de acuerdo con su sentir, porque quiero pensar que tú eres creyente católico, apostólico y romano. -Rió burlón- ¿Crees en Dios o dudas de su existencia? ¿Crees en mí, o no? No pongas esa cara de compungencia. -Ahora se carcajeó-. En mi interior me sentí azorado, sacado de onda y creo que hasta encabronado por encontrarme ahora en el papel de entrevistado. -Para mis adentros me dije: a mí corresponde hacer los cuestionamientos y no voy a permitir que se inviertan los papeles. -Insistió-. ¿No te afectó en nada? ¡Respóndeme! No te preocupes. ¡Nada cambia! Tú sigues manejando la entrevista. No lo dudes ni pienses, como lo acabas de hacer, porque no es así. -¿Cómo supo lo que pensé?-. Yo únicamente quiero oírte decir en qué concepto me tienes y en qué concepto tienes a Dios, aunque, la verdad, ya lo sé. Lo juzguen verdad o no, esa es mi gran ventaja. Yo me entero de todo lo que pasa por la mente de todos, sé lo que van a hacer, lo que piensan, y lo que van a decir y decidir sobre cualquier asunto, y lo que va a ocurrir en consecuencia. Hay te va un ejemplo. Sé que fue por mero interés que me elegiste para la entrevista. Tu apetito de fama, tu deseo de ser reconocido por tus colegas como el mejor periodista antes de retirarte, y tu delirio de grandeza, aunado al anhelo de recibir un premio, ¿quizá el Pulitzer?, por la entrevista jamás hecha, son los motivos por los que pretendes usarme, por ser quien soy, lo que soy, como soy y lo que represento, y, debo reconocer, elegiste bien, porque, en efecto, modestia aparte, soy único. Así es que sé sincero –asediábame el Diablo-. Habla con libertad. Me sentí acorralado y temí que ante mi mutismo y por no poder decir algo, se enojara y diera por terminada la entrevista, lo que sería un fracaso profesional. Cerré los ojos y en mi mente lo visualice. Cuando los abrí me impresionó ver sus grandes pupilas, esféricas y ardientes, fijas en las mías, muy cerca. Tartamudee antes de poder hilar palabra. Te diré –tuve que hacer un espacio para carraspear, pues tenía la garganta reseca y una sed urgente-. ¿Qué me ibas a decir? –Acometió aprovechando mi visible estado de turbación-. -Solté dos falsos tosidos-. Sí. -Fue lo único que pude empezar a decir porque me interrumpió-. No, no, no, no, no. No digas nada. Mejor, déjame adivinar. Eres católico dado que tus padres te bautizaron, pero no ejerces como lo manda tú religión. Crees no creer en Dios porque no rezas ni asistes a los lugares donde le rinden culto ni tienes santo de tu devoción, pero sí crees en algo superior que está en tu mente y no lo puedes describir, si es un hombre, un animal o una cosa, pero todas las mañanas y las noches le diriges oraciones para que te proteja, lo mismo que a tus familiares y seres queridos. Y lo tienes a él más presente que a mí, aunque me hayas escogido para la exclusiva de la que derivará un relato que has decidido por adelantado titular Mi entrevista con el Diablo. ¿Me equivoco en algo? En ese momento sentí correr por mi espalda un sudor frío, gracias al cual me desenganché de la falsa trama en que me había sumergido. Volví a la realidad con una sensación de intranquilidad. No sé cuantos minutos habrán pasado antes de que me empezara a sentir bien, empero, de una manera que no me pude explicar, la agitación por sentirme acosado duró tres días más.
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Rafael CienfuegosRafael Cienfuegos Calderón cursó la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y se inició como reportero en 1978. Se ha desempeñado como tal en el periodismo escrito, principalmente, y ha incursionado en medios electrónicos (Canal Once Tv) y en noticieros de radio como colaborador. Archives
August 2025
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