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CAPITULO DOS Tengo que idear cuestionamientos relacionados con los hechos que de voz en voz y de versión en versión y de tiempo en tiempo se le atribuyen al que será mi entrevistado sin que haya pruebas de que en realidad tuvo algo que ver, que los haya causado o incitado. Que por un lado lo provoquen, que lo sulfuren, que lo lleven al deslinde airado y a la denuncia, pero que, por otro, lleguen a motivar en él un acto de redención y de exteriorización de sus sentimientos -que creo todos tenemos la idea no tiene-, que lo lleven a manifestar arrepentimiento, y que hasta asuma culpas y responsabilidades. Tendré que echar mano de algo muy relevante para engancharlo y presionarlo, para que dé respuestas de impacto y hasta escandalosas que puedan ser rebatidas por los suspicaces o los que se sientan aludidos, y que de esa forma se abra un gran debate. Algo muy bien pensado que lo ponga a la defensiva o a la ofensiva, algo que le arrebate gestos de sorpresa o de indignación, que lo lleve a maldecir, a arrellanarse en el sillón –si está sentado- o a caminar inquieto de un lado a otro –si se encuentra de pie- a mesarse la barba de chivo -si es que la tiene-, que lo perturbe y que lo haga hasta tartamudear. ¡Momento! ¡Basta de masturbaciones mentales! Esto es mucho esperar de un personaje que ha vivido siglos y siglos, y que, de seguro, se las sabe de todas, todas. Aunque, sin embargo, no debo descartar la posibilidad de que ocurran cosas inusitadas. Por ejemplo, que llegue a cometer un desliz, porque por muy Diablo que sea, debo hacer notar, es un hecho que la grabadora inhibe y turba y llega a causar tartamudez y provocar nerviosismo en muchos de los que se enfrentan a ella o, por el contrario, causarles una diarrea verbal, y como, por supuesto, voy a usar una cinta magnetofónica para que haya constancia de sus dichos y evitar aquello de que “yo no dije eso”, “imitaron mi voz”, “mis declaraciones las sacaron de contexto”, “a mí nadie me ha entrevistado” o que mis detractores me acusen de haber inventado la entrevista, poniendo en entredicho mi profesionalismo. Cualquier cosa puede pasar y no voy a descartar nada. En fin, lo que debo hacer es incitarlo para medir su reacción y dependiendo de ésta, seguirle así o bajarle, pues si se llega a sentir incómodo, como entrevistado estaría en su derecho de dar por terminadas las preguntas y respuestas en el momento que decida. Bien sé que en el estira y afloja que surge entre el que pregunta y el que contesta, está el meollo de una entrevista. El éxito lo determinan los cuestionamientos que se hagan y las réplicas que éstos motiven, pues en teoría, a preguntas inteligentes corresponden igual tipo de respuestas, pero como en la práctica eso no es regla, puede haber variaciones si de parte de alguno de los sujetos que están frente a frente no hay la misma motivación. Como consecuencia de lo anterior me di a la tarea de allegarme toda la información posible para tratar de conocerlo, de descubrir algo íntimo, hurgar en su historial y tener los elementos necesarios para presentarlo a los lectores de la forma más fidedigna posible. Hasta llegue a pensar que me podría encontrar con la sorpresa de que en lugar de ser él pudiera ser ella, y aunque no encontré información relativa a su sexualidad, tengo la idea de que todos lo imaginamos en masculino. Decidí hacer un cuestionario base, que sin tener que seguirlo al pie de la letra me sirva de guía. A un político acostumbrado a atender entrevistas de banqueta y a responder con demagogia, con ocurrencias, con lenguaje cantinflesco, y hasta con fanfarronería y pedantería, se le puede preguntar lo que sea. Al Diablo no. Con esa convicción elaboré las siguientes preguntas: ¿Existe usted, porque hay la idea entre los mortales de que es una invención arraigada en el imaginario colectivo? ¿Por qué atormenta y castiga a los miles de millones de pobladores del mundo con calamidades como el virus que hoy enferma y está matando a ancianos, cuya aspiración es concluir su existencia de la mejor manera posible, a adultos, que tienen la responsabilidad de una familia, a jóvenes, que están ansiosos por conocer la grandiosidad de la vida, y hasta a niños, cuya fragilidad los hace en alto grado vulnerables? ¿Cuál es la deuda que tiene pendiente de cobrar a la humanidad? ¿Es usted el símbolo de la maldad? Las leí y releí para determinar su pertinencia. Las analice para tratar de medir el alcance de las posibles respuestas, su contundencia y el impacto noticioso que podrían tener. La primera, la estimé conveniente para darle confianza. Que no me vea desde el principio como el enemigo, para que se suelte y hable con libertad e inclusive para invitarlo a ofrecer, como un agregado, información sobre su origen, sobre quién es y cómo es. La segunda, que implica una acusación directa sin prueba alguna, la estimo oportuna, he de decir, porque mi intención es provocarle una airada reacción de cólera que dé elementos para el color que incluiría al describir ese pasaje, pero también lleva la intención de darle la oportunidad de que con argumentos se libre de la responsabilidad y culpa que la humanidad le imputa, y que tenga la oportunidad de hacer patente que a pesar de lo que se diga y piense, es honorable. La tercera, tiene la intensión de encaminar la respuesta hacia una explicación de la relación que tiene con los seres humanos y viceversa, el papel que ellos juegan en sus planes y la importancia que les da para conseguir sus objetivos. La cuarta, es como una especie de tregua, como una acción de benevolencia que lleva implícito el beneficie de la duda. Especulé sobre las posibles respuestas que según mi lógica daría. Di por sentado que no negará su presencia entre los vivos, que no aceptará ser un personaje producto de la ficción, y que no pondrá en duda las menciones y referencias que se hacen de su presencia en diferentes momentos de la historia de la humanidad, pues ello iría contra su prestigio. De igual forma asumí -aunque consideré la posibilidad de que adopte una actitud burlona y despreocupada para exponer que no le importa lo que se piense de él-, que su primera reacción no podría ser otra que de arrebato, que se haría manifiesta en su voz, con tono alto, en su rostro, con el entrecejo fruncido, en su cuerpo, echado hacia adelante con el brazo levantado -ya el derecho o el izquierdo-, la mano con cuatro dedos empuñados y el índice erguido, y con sus ojos, fulgurosos al momento de soltar: ¿Qué si existo? ¡Jajaja! ¡Jajaja! ¡Nada más eso me faltaba! ¿Acaso es una broma? ¿Quién te crees para osar preguntar eso? ¡Claro que existo! Tan existo –me espetaría- que estoy en la boca y el pensamiento de todos, sean buenas o malas personas, y estoy en los buenos y en los malos momentos. Si no, cómo se explica que aunque nadie me ha visto, la gran mayoría me tiene en mente y me mencionan al referirse a aspectos triviales de su vida diaria. Cuando algo les sorprende dicen ¡qué diablos!, cuando no pueden explicarse un suceso preguntan ¿qué diablos pasa?, si desconocen algo, ¿qué diablos es eso?, después de la delicia desbordante del acto sexual, suspiran y lanzan un ¡diablos!, si están molestos con alguien, lo mandan al diablo, a causa de un desastre natural o provocado, expresan ¡todo se fue al diablo!, cuando de experiencia se trata, más sabe el diablo por viejo que por diablo, si un niño es juguetón e inquieto, dicen que es un diablillo, los antisociales mandan al diablo a las visitas, cuando alguien correr despavorido, va como alma que lleva el diablo, por lo que pasa desapercibo, de repente ni el diablo se da cuenta, a quien no tiene dinero, lo califican de pobre diablo, cuando hay cólera excesiva, tiene ojos de diablo, cuando hay enojo, se le metió el diablo, cuando hay desorientación, dónde diablos me encuentro, cuando no se cree algo, al diablo con ese cuento, cuando un niño se portan mal, lo asustan con que se le va a aparecer el diablo, cuando se quiere hacer algo imprudente, no tientes al diablo, cuando no se encuentra algo, dónde diablos lo dejé, y así… un sinfín de dichos más, además de los refranes que se han inventado como el de dios propicia el beso y el diablo lo demás, el diablo sólo tienta a aquel con quien ya cuenta, el hombre es fuego y la mujer estopa, viene el diablo y sopla, el hombre propone, Dios dispone y el diablo descompone, si a este mundo vino y no toma vino, a qué diablos vino, y el rencor, la soberbia y la vanidad afirman que son pecados del diablo. Estoy presente desde la aparición de la humanidad. El Evangelio es la mayor prueba que hay sobre mi existencia. No las fábulas de que echan mano las religiones para atemorizar a los feligreses, no las mentiras de que a mí se debe la maldad que hay en cada persona, y no la creencia de que soy la principal fuerza motora que está detrás de todos los actos de malevolencia registrados a lo largo de la historia. No acepto que digan que soy como el monóxido de carbono: invisible y muy peligroso, ni que se me compare con Sancho ni que por no verme se crea que no existo, que soy un invento. Si se acepta la existencia de Dios, también se debe aceptar que existo yo, el Diablo, porque somos como el Yin y el Yang, y estamos presentes como el cielo y la tierra, como el día y la noche, como el bien y el mal, como la vida y la muerte. Veraz. Muchos millones de cristianos crecen y mueren con apego en la religión del miedo. Miedo al infierno de las llamas eternas a donde se dice y cree van a ir a parar quienes en vida fueron malos e hicieron mal a otros, que no existe, pero que lo introdujo en la Biblia la religión católica a raíz de que Dante Alighieri lo describió en la Divina Comedia. Y cuando el miedo se apodera de las personas, según Freud, se transforma en fobia. El miedo es el recurso utilizado siempre por instituciones autocráticas que buscan imponer sus dogmas a sangre y fuego, a fin de inducir a las personas a cambiar la libertad por la seguridad. Y cuando se deja de lado la libertad se abandona la conciencia crítica, se calla uno ante los desmanes del poder, endulzado este por el atractivo de una supuesta protección superior. Así pasó en la iglesia de la Inquisición, en la dictadura estalinista y en el régimen nazi. Así sucede en la xenofobia yanqui, en el terrorismo islámico y en los segmentos religiosos que me dan más valor a mí que a Dios, y que prometen librar a sus fieles de los males a través de exorcismos, curas milagrosas y otras panaceas con que engañan a los incautos. En nombre de una acción misionera, millones de indígenas fueron exterminados durante la colonización de América. En nombre de la pureza Aria, el nazismo erigió campos de exterminio. En nombre del socialismo, Stalin segó la vida a más de 20 millones de campesinos. En nombre de la defensa de la democracia, el gobierno de los Estados Unidos siembra guerras y, en un pasado reciente, implantó en América Latina crueles dictaduras. Convencer a los fieles de que desechen los recursos científicos, como la medicina, y se desprendan de una parte del ingreso familiar para sostener supuestos heraldos de la divinidad, es engaño y es explotación. La religión del miedo alardea de que sólo ella es la verdadera. Las demás son heréticas, impías, idólatras o demoníacas. De ese modo considera enemigo a todo aquel que no reza con su libro sagrado, y hasta discrimina a los adeptos de otras tradiciones religiosas y sataniza a los homosexuales y a los ateos. La modernidad conquistó el Estado laico y separó el poder político del poder religioso. Sin embargo hay poderes políticos travestidos de poder religioso, como la convicción yanqui del “destino manifiesto”, así como también hay poderes religiosos que se articulan para obtener espacios políticos. Hasta el mercado se deja impregnar del fetiche religioso al tratar de convencernos de que debemos tener fe en su “mano invisible” y dar culto al dinero. Como afirmó el papa Francisco el 5 de junio del 2013, si hay niños que no tienen qué comer y algunos sin ropas que mueren de frío en la calle, no es noticia, pero la disminución de diez puntos en la Bolsa de Valores constituye una tragedia. Una religión que no practica la tolerancia ni respeta la diversidad y que se niega a amar al que no reza su credo, sirve para ser echada al fuego. Una religión que no respeta el derecho de los pobres y excluidos es, como dicen que dijo el Jesús de la religión cristiana, un sepulcro blanqueado. Y cuando esa religión llena de bellas palabras los oídos de los fieles, mientras llena sus bolsillos en flagrante defraudación, no pasa de ser una cueva de ladrones. El criterio para evaluar una verdadera religión no es lo que ella dice de sí misma, sino aquel en el que los fieles se empeñan para que todos tengan vida y vida abundante y que abrazan la justicia como fuente de paz. Y así como Dios no quiere ser servido y amado en libros sagrados, templos, dogmas y preceptos, sino por aquel que fue creado a su imagen y semejanza, el ser humano, especialmente en aquellos que padecen hambre, sed, enfermedad, abandono y opresión, yo no quiero que me señalen como si fuera un renegado, desleal y malévolo, porque no tengo poder para hacer mala a una persona buena. Es un hecho real que si se instala a una persona buena en un lugar considerado malo, ésta acaba siendo corrompida, por lo que la línea entre el bien y el mal es casi imperceptible. Si un niño disfruta maltratar a un animal, ese es un signo de maldad desde el nacimiento, la forma de vida de las personas durante su existencia es determinante para que una persona sea propensa a la maldad y a cometer actos perversos. Según la ciencia, las personas extremadamente malas no padecen enfermedad alguna y su comportamiento corresponde a la forma en que está organizado el cerebro y a que hay decenas de genes que son los responsables del comportamiento anómalo de quienes, por ejemplo, entran en el perfil de un psicópata. Éstas son personas extremadamente egoístas, aplican criterios utilitarios y muestran desinterés por los demás, distinguen perfectamente entre el bien y el mal, suelen ser inteligentes y manipuladores, y cuando descubren las debilidades de los otros se aprovechan de ellas, la pasan bien haciendo sufrir a los demás y les gusta la violencia, son insensibles a los signos de dolor de los otros, no tienen miedo y no les preocupa que puedan recibir un castigo, carecen de remordimiento o sentimiento de culpa. Así es que ¿cómo puede haber duda de mi existencia? Lo que pasa es que, como ya lo mencioné, la religión necesita del miedo para mantenerse y atraer fieles, creó el cuento de que yo, el Diablo, soy el ser maligno al que deben rechazar y temer por ser enemigo de Dios, el promotor del pecado y el encargado de propagar el mal. Soy un recurso del que no puede prescindir y del que se echa mano porque no lo puedo impedir. Me pregunto, ¿qué harían sin mí? ¿Qué sería de sus miserables vidas? En resumidas cuentas, y en sentido estricto, te diré, soy… un chivo expiatorio.
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Rafael CienfuegosRafael Cienfuegos Calderón cursó la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y se inició como reportero en 1978. Se ha desempeñado como tal en el periodismo escrito, principalmente, y ha incursionado en medios electrónicos (Canal Once Tv) y en noticieros de radio como colaborador. Archives
May 2026
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