APRENDIENDO A VIVIR (II) El olor a tabaco quemado de los cigarrillos se volvió característico para Él. Dependiendo de la marca y si eran con filtro o sin filtro era la intensidad que percibía, más picante uno que otro e inclusive dulzón, en el caso de los mentolados o los de marca Mapleton de olor a vainilla que se volvieron moda entre los chavos de 17 o 18 años que acudían a todas las fiestas que se organizaban en la colonia. Pero había otro olor, como el de la palma de petate cuando se quema, de ahí el sentido de la expresión “vamos a darnos un patatazo” que muchas ocasiones escuchó y que se refería a fumar cannabis, con el que nuevamente se topó de manera frecuente luego de la primera vez que lo percibió cuando tenía ocho o nueve años. Él lo aspiró y reconoció siguiendo las nubecillas que en la noche se hacen perceptibles con la luz artificial, mismas que lo llevaron a identificar su procedencia. Tres conocidos de donde vivía estaban reunidos junto a un árbol de bajo tamaño. Él vio que uno fumaba y jalaba de manera profunda para aspiran la mayor cantidad de humo, con los labios en trompa, una, dos, tres veces seguidas y retenerlo, para, posteriormente, expulsarlo lentamente, y luego pasar el pitillo a uno de sus acompañantes, que fumó del mismo modo y éste, a su vez, lo corrió al otro. Él se percató de que el cigarro que fumaban lo agarraban de manera distinta, no entre los dedos medio e índice, sino con la punta del índice y el pulgar, y que en lugar de colocar la punta entre los labios y cerrarlos para jalar el humo, lo ponían al borde de estos y manteniéndolos entreabiertos sorbían. Cuando vieron que Él los observaba, el fumador en turno levantó la mano derecha y mostrándole el pequeño trozo de cigarro que mantenía entre los dedos, lo llamó: ven quieres un “toque”. Él, sorprendido, lo único que atinó a hacer fue dar media vuelta y correr en sentido contrario a ellos. El lunes siguiente contó a Carlos, su vecino y amigo con quien iba a la misma secundaria en segundo año, aunque en diferente grupo, sobre los tres chavos que vio fumando algo que parecía cigarro, pero que no era cigarro porque el olor era diferente. Quienes eran –quiso saber Carlos-. Uno era Rodrigo, al que apodan el chango, el hermano de Rosita y la Lulú, otro, Raúl, el Chato, el flaco de cabello rubio largo y bigote, y el tercero no sé cómo se llama pero le dicen Pantera, porque está bien moreno y tiene ojos vivaces, que no tiene mucho que vive en el cuarto que está en el terreno baldío de la otra calle. Ellos, dice mi primo que son los marihuanos -dijo Carlos-. Los ¿qué? -Preguntó sorprendido Él-. Los que fuman marihuana o mota, como también se conoce. Eso que dices que parece cigarro pero que no huele a cigarro, porque no es tabaco sino una hierba que traen de Oaxaca y Guerrero, y que produce alucinaciones porque es una droga. Y tú ¿cómo sabes eso? Mi primo nos explicó eso la otra vez a su hermano Efrén, a Israel, el hijo del señor Pancho y a mí, porque escucho que nos preguntábamos a qué huele un día que pasaron caminando frente a nuestra casa y se iban marihuaneando. A esos pinches viciosos –nos espetó como advertencia- los va a agarrar la policía y los va a meter al tambo porque es delito fumar marihuana. Así es que ya saben y no hagan pendejadas, como ellos, nos dijo. Los vecinos y vecinas se escandalizaban porque empezaron a proliferar más marihuanos, muchos eran desconocidos, y temían que pudieran enviciar a los jóvenes de la colonia y dar mal ejemplo a los niños, o que pudieran agredir e insultar a sus hijas cuando iban a la tienda, al pan o de ida o regreso de la escuela, inclusive, que pudieran asaltar a alguien, en la noche, al bajar del camión de regreso a casa. Hay que denunciarlos a la policía para que se los lleve de aquí, proponían algunas señoras, pero si los policías les sacan dinero para dejarlos libres, denunciarlos no tiene caso, argumentaba don Pancho, el papá de Israel. Entonces ¿tenemos que soportarlos? -Cuestionó la señora Juana-. Pero si no se meten con nadie, siempre están tranquilos, hacen más desmadre los que se emborrachan en la esquina y se mean en los postes sin importar que haya gente pasando –comento Ascensión el mecánico- y de ellos nadie se queja porque en ocasiones está entre ellos algún familiar. O tú Chon -se oyó una voz acusadora- sí. O yo. Total, de esto que se comentó entre vecinos un domingo en torno al carrito del vendedor de raspados, no se hizo nada. Él y Carlos, junto con Manuel y Adrián comenzaron a ir a las fiestas de XV años de las conocidas de la colonia, a las que asistían, además, sin ser invitados ni ser bien recibidos, quienes se sospechaba eran fumadores de marihuana, al igual que los que se sabía acostumbraban tomar cerveza afuera de la tienda de la esquina, y con ellos empezaron a hacer migas atraídos por lo bien que, a pesar de todo, los trataban las chavas. De ellos recibieron los primeros cigarros que fumaron juntos, con ellos tomaron sus primeras cervezas y cubas de ron Bacardi blanco y por ellos, conocieron a sus primeras novias desmadrosas con las que anduvieron. Por el Chato, que era uno de los más marihuanos, Él supo de los atracos y abusos que cometían los policías judiciales con todo aquel que caía en sus manos y portaba hierba. Además de quedarse con ella los despojaban de sus pertenencias: un reloj, un anillo, una cadena y, por supuesto, todo el dinero que trajeran. Como el Chato, muchos otros quedaban marcados y no se podían librar de los judas que los extorsionaban, golpeaban y amenazaban. El Chato, quien a pesar de ser adicto a la cannabis y bebedor, era buen tipo y trabajador, padeció persecución, madrinas, privación provisional de la libertad y encarcelamiento. Cada quincena a la salida del trabajo era sorprendido por los policías judiciales que lo vigilaban y a empellones y jalones de greñas lo subían a la patrulla negra sin placas y con una pequeña antena en el toldo, para limpiarlo. Y cuando traía menos dinero o no traía, lo llevaban a la delegación acusado de faltas a la moral, lo presionaban a comunicarse con algún familiar para que llevara dinero y lo dejaran salir, lo cual nunca hizo aunque tuviera que pasar unos días encerrado. Sin embargo, no aprendió la lección y siempre, aunque fuera un “churro” ya preparado en su sabana o un “guatito” de yerba, portaba algo que lo delataba y hacía víctima de los judas caza drogadictos, porque aunque la marihuana es una planta, se incluye en la lista de alucinógenos en la que figuran la cocaína, los ácidos y otros que requieren de procesos químicos para elaborarlos. En las décadas de los 60sy 70s las drogas más potentes eran el LSD, el siclopal, el seconal y las anfetaminas que se podían conseguir en las farmacias sin receta médica, y su consumo se expandió entre los jóvenes de todas las clases sociales por la influencia del hipismo y el movimiento mundial denominado de contracultura. Pero estaban además, como en la actualidad, el thinner y el pegamento que sin problemas se adquiere en una tlapalería, y son altamente agresivos y sumamente dañinos para el cuerpo humano. El caso es que a pesar de todo el Chato se libró del encierro de años en un reclusorio dado que siempre, por ser buen trabajador, traía dinero con el cual comprar a los corruptos judiciales que pululaban por todas partes. Pero aunque cambiara de trabajo, era presa fácil por la facha de vicioso que lo caracterizaba. Y como él muchos otros jóvenes que Él conoció y eran afectos a la marihuana, no perdieron su libertad a cambio de madrizas y extorsiones. De otra forma, el número de quienes están en los reclusorios acusados de narcomenudeo por portar más de los cinco gramos de mariguana permitidos, serían muchos cientos más. Además del Chato, el Chango y la Pantera, Él conoció más adelante a muchos cuates, unos de su edad, otros más mayores, que eran adictos al toque de mota al ritmo de alguna rola del llamado rock pesado -estruendoso, rítmico y alucinante-, muy propicio para los momentos de elevación. Con ellos convivía casi a diario, un rato por la tarde-noche y los fines de semana cuando iban a alguna tocada, pero a pesar de los ofrecimientos y la insistencia para que le llegara a un toque, siempre lo rechazó. Así nunca vas a conocer de qué se trata y tampoco vas a saber lo que se siente. Tómalo como una experiencia de vida. Un toque y ya. Si no te gusta pues hay quedó. No es para que tengas miedo, escuchaba Él que le decían. Su novia y las amigas de ambos, le cuestionaban que se juntara con esos marihuanos y no se diga sus padres, pero Él no les hacía caso. Consideraba innecesario tratar de explicarles que son buena onda estén fumados o no, y a su papá, cuando le advertía que si un día lo agarraban los policías junto con esos mal vivientes no metería las manos para sacarlo de la cárcel, Él únicamente expresaba que eso no pasaría. Y así fue. Nunca tuvo un problema semejante. A las fiestas o los encuentros de la banda, en ocasiones alguno ya llegaba “pacheco” o “pasado”. La sonrisita estúpida y los ojos inyectados los delataba. Cuando no era así, salían a la calle o se separaban para ir a dar el rol y regresaban muy sonrientes. Y aun en ese estado, le entraban al ron o al brandy combinado con coca cola, y bailaban y echaban desmadre soltando sonoras carcajadas. Pero no eran agresivos ni irrespetuosos. Una noche de sábado después de dejar a su novia, encontró la esquina desierta. No había nadie de los cuates. Dónde estarán -se preguntó Él-. Volteó para un lado y otro y nada. Sacó la cajetilla de cigarros, prendió uno y empezó a fumar recargada la espalda en la pared y con la pierna derecha doblada, apoyando la suela del zapato también en la pared. Vio entrar gente a la tienda e identificó a Martha. ¿Cómo estás? –le pregunto-. Bien. ¿Y, tú? Aquí de a perro. ¿Quién sabe dónde se metieron los cuates? Creo que están en la casa de Enrique. Como hoy no salió fiesta y no están sus papás. Allá ha de estar mi hermano. Oye, gracias por la información. Voy a ver qué onda. Nos vemos. Caminó las dos calles y al llegar al lugar chiflo. Nada. La música del Deep Purple sonaba a alto nivel. Cogió una piedra y golpeó con ella la lámina del portón. Instantes después la puerta se abrió y apareció Enrique, quien lo saludó con un ¿qué onda cuñado? Pásale. En la sala se encontraba Esteban, a quien saludó de mano y con la expresión ¿qué onda? Observó que en la mesa había cervezas caguamas, vasos de plástico, refrescos, cigarros y una botella de tequila José Cuervo. Sírvete lo que quieras o si quieres un toque, sube a la azotea. Allá están Tomás, Ángel y Félix, que trajo un huato de mota de Guerrero y dice que es de la “Golden”, con todo y cocos. La expurgaron, prepararon un churro y subieron a quemarlo. ¿Sí? Sí. Llégale –le propuso Enrique-. Date nada más las tres. Soplaba aire fresco. Era octubre. Al encontrarse en la azotea con los demás les dijo, órale. Nada más un tren. Si güey. Está bien. Te vas a sentir chido, y con los discos que vamos a oír, te vas a elevar padre –dijo Félix-. Fumó el cigarro de mota ensalivado que le pasó Tomás e imitándolos en la forma de tomarlo con las puntas de los dedos índice y pulgar y parando la trompa con los labios entreabiertos, jaló una, dos, tres veces y retuvo el humo lo más que pudo. Pásamelo -pidió Félix-. ¿Qué tal? –Le preguntó Félix antes de empezar a fumar-. Está fuerte, pero no siento nada. Aún no. Es normal, pero con otra fumada vas a ponerte al tiro –explicó Ángel-. Cuando bajaron de la azotea y entraron a la sala, todos voltearon a verlos y Carlos preguntó, qué, ¿Si le llegó? Sí, respondieron los tres acompañantes del Él, quienes lo miraban y se reían. Prepárate para el alucine que vas a tener escuchando In a gadda da vida. Nada más espera a que ponga el disco, cuñado. Instantes después de las bocinas de la consola salieron las notas iniciales del órgano, el golpeteo de las baquetas en la batería y el rasgueo de bajo y el requintear de la guitarra al mismo tiempo, produciendo un impactante sonido que se amplificó con aumento de volumen del aparto estereofónico. A partir del momento en que se acomodó en el sillón, Él no se sentía él. Sus movimientos eran como en cámara lenta. Se sentía mareado pero no del modo en que se padece un mareo normal. Estaba alelado y confuso. Se sentía fuera de onda en lugar de sentirse en onda. La música la escuchaba como lejana y no lograba llevar el ritmo de la rola a pesar de que este es lento, y todo movimiento de sus acompañantes llamaba su atención. Darse cuenta estos de la forma en que movía la cabeza y volteaba y miraba constantemente de un lado a otro como queriendo atrapar algo con la vista, fue el acabose para Él, pues lo agarraron de cotorreo. Empezaron a lanzarse unos a otros la caja de cerillos, dejaban caer una corcholata, se hacían señales con las manos, se reían, se acercaban y con movimiento mudo de bocas le hacían creer que le hablaban y decían algo sin que Él comprendiera qué o escuchara. Tenía la boca seca y empezó a sentir la sensación de sed. Se incorporó para servirse refresco y Félix le ofreció un vaso, mismo que no podía coger porque lo movía de un lado a otro. Ora pendejo, dame el vaso –dijo Él torpemente-. Pues agárralo. Pues no lo muevas. Se percató de que su hablar era lento y la lengua la sentía como hinchada. Mira, aquí está, frente de ti. Ja, ja, ja, ja. Estás bien pacheco. Todos se reían escandalosamente y Él se sintió contagiado. Como un autómata también se rió estúpidamente. Comenzó por sonreír, luego se reía y al final terminó carcajeándose también. Mírate, pareces un idiota, le dijo Tomás, al tiempo que lo señalaba y de que Él, en su confusión, no sabía ni qué onda ni se daba cuenta de lo que hacía. Por fin, Enrique sirvió coca cola en un vaso y lo puso literalmente entre los dedos de su mano. Él bebió con avidez. Pidió otro y se quedó sentado, sintiendo como lo invadía un sopor que acompañado por la música, no obstante el alto volumen, lo invitaba a dormir. El tiempo transcurría y Él no tenía idea de cuánto había pasado ni de la hora que era. Las voces ya le eran más perceptibles y logró entender algo de lo que platicaban Ángel y Félix, relacionado con un trabajo para hacer demostraciones de medicamentos en provincia, por lo que había que viajar a poblados que se encontraban hasta la chingada. Enrique y Tomás mencionaban a Olga, una chica guapa de buen ver a la que se querían tirar. Tras una laguna de tiempo, vio a Esteban que ya se había jeteado y estaba acurrucado en la esquina del sillón largo, y a Enrique, que estaba sirviendo unos tragos. Escuchó a este preguntarle si quería un tequila, una cerveza o refresco. No, contestó Él. No quiero nada. Me siento hastiado.
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Rafael CienfuegosRafael Cienfuegos Calderón cursó la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y se inició como reportero en 1978. Se ha desempeñado como tal en el periodismo escrito, principalmente, y ha incursionado en medios electrónicos (Canal Once Tv) y en noticieros de radio como colaborador. Archives
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